Carta urgente para una madre adoptiva

La popular cómica de origen nicaragüense Martha Chaves comparte en este sincero texto el impacto emocional que causó en ella el hallazgo de los restos de 215 niños en la antigua residencia escolar de Kamloops, en la Columbia Británica.

Martha Chaves
Foto: Guillaume Jaillet en Unsplash

Te confieso que al instante de llegar a tu casa me sentía como flor arrancada a punto de ser trasplantada en tu maceta extraña casi a la fuerza. O como gallina comprada, fuera de su corral y a punto de ser cocinada a la Coq au vin.

Nunca hubiera creído que me quedaría para siempre, por eso habrá sido que no me tomara mucho tiempo apresurarme a aclimatarme, a pesar de tu frialdad: creí que mi permanencia en tu casa era temporal, así que ni modo. Había que pasar bien el rato. A obligar a mis venas tropicales a enraizarse en la nueva situación. A acostumbrarme a vestirme en capas, llevar zapatos extras dondequiera que fuera. Además del abrigo, todos los accoutrements de rigueur. Bufanda, toque, mittens, otro sweater por si las moscas y un termo de café. Un bolsón para echar todo eso al entrar en un centro comercial, casa, o escuela porque la calefacción no te permite tenerlo encima.

Cuando mi familia me preguntaba por teléfono a larga distancia cómo es el frío yo contestaba que esperar por el autobús en febrero en Montreal era el infierno. El infierno es caliente, me respondían, y entonces entraba yo en mi cabeza en discusiones filosóficas conmigo misma acerca de crimen y castigo porque, si bien es cierto que las llamas te torturan, el hielo también, y el agua. Infierno puede serlo todo. Pero eso no viene al caso ahora.

Me tuve que quedar en tu casa para salvar mi vida. Mis progenitores huyeron a Guatemala y yo aquí en el limbo. De estudiante pasé a refugiada apátrida, a residente, a llevar orgullosamente tu nombre en mi pasaporte.

Me tuve que quedar en tu casa para salvar mi vida. Mis progenitores huyeron a Guatemala y yo aquí en el limbo. De estudiante pasé a refugiada apátrida, a residente, a llevar orgullosamente tu nombre en mi pasaporte.

Y bueno, el primer verano aquí y todos los cuarenta siguientes han sido como el sirope de maple en panqueques de cielo. Los conciertos, las caminatas junto al río San Lorenzo, el Lago Ontario, el río Ottawa, los tres lugares donde he vivido toda mi vida adulta. La bicicleta. Los festivales. La alegría de cohetes que me traen los cipreses en abril o las rojas hojas de arce en los otoños; los amores con que disfruté todo eso a través de los años.

En tus brazos me he sentido segura, libre, con permiso para que mi crisálida se abriera poco a poco y desembocara en la mariposa que siempre había sido.

Por décadas me he enorgullecido de que fueras mi madre adoptiva. Lo he proclamado a los cuatro vientos y en todos tus recovecos, en varias lenguas. En teatros, cines, bares, drive-inns, Legions, Rotary clubs, clubs sociales, golf clubs, from coast to coast, you name it. Hasta en el Medio Oriente donde viajé para hacer espectáculos para los Canadian Peacekeepers. Yo. Jactándome de ser tuya. Y fanfarroneando con mis amistades de allá que igual a la Mia Farrow o la Angelina Jolie vos sos una madre adoptiva que recoge, abraza y protege a hijos, hijas e hijes de todo credo, raza, color, tamaño, sombrero religioso y género.  Diciendo: la CN tower es la Torre de Babel pero sin que un dios celoso la obliterara ya que muchas lenguas se hablan en tu casa.   

Creí que era una experta en vos, en tu espíritu, en tus “dos soledades”. En tu idiosincrasia. Nada me hacía más feliz que sentirme superior a los vecinos del sur, y que darle gracias a todas las circunstancias que conspiraron para que yo acabara aquí y no en Miami, como muchos otros desarraigados de mi madre patria.

Pero Mamácanadá, ahora me siento en el medio de un gran conflicto.

Me he enterado del pasado tuyo que no me enseñaron para pasar el examen de ciudadanía. Las Residential Schools. Yo que creía que no eras para nada como el vecino Bully del Sur. Yo que presumía de tu estancia pacífica y del hecho que le das medicina a todos tus habitantes por igual. Yo que creía.

Me siento como pendeja por no haberlo sabido antes. Hasta el día que oí en las noticias.

«Una fosa común con los restos de 215 niños. Se trata de antiguos estudiantes de la Kamloops Indian Residential School en Columbia Británica, en el oeste de tu territorio, que cerró en 1978. El hallazgo fue anunciado este jueves por la jefa de la comunidad aborigen Tk’emlups te Secwepemc. El primer ministro Justin Trudeau lo calificó como un «doloroso recordatorio» de un “capítulo vergonzoso de tu historia”».

Mamácanadá, que desilusión. No es que no estuviera ahí el espectro del colonialismo permeándolo todo. Los apellidos en las calles, los edificios, las ciudades. No es que no supiera de la existencia de las reservaciones indígenas. Todo a la vista y paciencia, pero yo no quise verlo. Tal vez por autoprotección o por agradecimiento. ¿Cómo voy a decir yo que mi madre adoptiva, la que me dio refugio, como el Saturno de Goya, se ha devorado a sus primeros hijos? Encima, no eran TUS primeros hijos, sino los de la Isla Tortuga, a la que le arrancaste el caparazón y te adueñaste del cuerpo.

Y ¿qué puta son las Residential Schools?  Me fui a buscarlo. Por algo la manzana del conocimiento es el logo en mi laptop; la Internet, la serpiente. Ahora ya sé qué son las Residential School. He sido desterrada del paraíso de pronunciar tu nombre y creer que es incólume.

El Bully del Sur se ha estado riendo de vos en estos días: “¡Fosa común! ¿No era que el Canadá era calladito y educado, el vecino reservado que de tan amable para todo dice sorry? Lo mismo dicen de todos los serial killers: Era súper quieto y reservado. Bien educadito.  No se metía con nadie. Quién se hubiera imaginado que Jeffrey Dahmer era un caníbal salvaje. Matalascallando”.

Lo peor es que no puedo dejarte porque te necesito. La madre geográfica que me vio nacer ni siquiera sabe que existo. Que soy de ahí. Me siento sucia.

El Bully del Sur se ha estado riendo de vos en estos días: “¡Fosa común! ¿No era que el Canadá era calladito y educado, el vecino reservado que de tan amable para todo dice sorry? Lo mismo dicen de todos los serial killers: Era súper quieto y reservado. Bien educadito.  No se metía con nadie. Quién se hubiera imaginado que Jeffrey Dahmer era un caníbal salvaje. Matalascallando”.

Pero yo todavía te defiendo. En realidad, no sos solo vos. Son las fuerzas del mal que han hecho lo mismo en todos lados. Los que desde el polo Norte al Sur han usado la cruz como cuchillo. No sos vos nada más Mamacanadá.  El asesino en serie es quien per omnia secula seculorum se ha adueñado de Dios.

Claro, todavía pienso que también sos culpable y para que yo vuelva a hablar con orgullo de vos vas a tener que profundamente y con sinceridad, estar dispuesta a restituir. A decir Sorry. And mean it.

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