Gioconda Belli: Adentrarse a las entrañas del volcán

La escritora nicaraguense, galardonda en 2020 con el Premio Azul que otorga el Festival Blue Metropolis, es uno de los grandes nombres de la nueva edición del gran evento literario que se celebrará de manera virtual entre el 24 de abril y el 2 de mayo. En esta conversación con la autora mexicana Martha Bátiz aborda temas como el feminismo, los procesos de creación literaria, el boom de las autoras latinoamericanas o el futuro de su país.

Giconda Belli
La escritora nicaragüense Gioconda Belli recibirá el «Premio Azul» con el que fue galardonada el pasado año. Foto: Blue Metropolis

Gioconda, en italiano, significa “sonriente”. Deriva del latín jucundus, que quiere decir “agradable” o “encantador”. No me puedo imaginar un mejor nombre para la deslumbrante mujer que me recibe en su casa de Managua, a casi seis mil kilómetros de distancia de Toronto, gracias a la magia de la tecnología. De no ser por la pandemia, esta entrevista se habría llevado a cabo en persona, pero en este capítulo de Los Supersónicos-Versión Apocalíptica en que nos está tocando vivir, ya es normal visitarse así, a través de la pantalla.

Asimismo, de no ser por la pandemia, esta entrevista se habría llevado a cabo el año pasado, cuando Gioconda Belli fue elegida para recibir el prestigioso Premio Azul que otorga Blue Metropolis/Metropolis bleu, el festival literario internacional de Montreal, patrocinado desde el 2013 por Ginny Stikeman, para reconocer a un autor o autora cuya obra literaria —sea en inglés, francés o español— aborde algún aspecto relevante de la cultura y la historia hispanas. La periodista y docente Ingrid Bejerman, que dirige la programación en español y portugués de este importante acontecimiento multicultural y multilingüe, ha hecho una labor incansable a lo largo de casi dos décadas para traer a los más grandes escritores españoles, portugueses, brasileños y latinoamericanos a Canadá. Bejerman tiene a su cargo la gestión del Azul y ha reunido a un jurado incluyendo a los más destacados gestores literarios de la lengua española en el planeta: la argentina Gabriela Adamo, la mexicana Laura Niembro, la nicaragüense Claudia Neira Bermúdez y el español Juan Cruz Ruiz.

El primero en obtener el galardón fue el narrador nicaragüense Sergio Ramírez, en 2013. Siete años después, en 2020, luego de pasar por Junot Díaz, Luis Alberto Urrea, Valeria Luiselli, Francisco Goldman, Leila Guerriero y Claudia Piñeiro, el Premio Azul volvió a Nicaragua, esta vez para celebrar el talento y la producción artística de Gioconda Belli, una mujer cuya esencia y trayectoria son tan vastas y profundas que es imposible referirse a ella usando solo una palabra. Intelectual, novelista, poeta, revolucionaria, activista política, exiliada, migrante, madre, esposa, feminista: Gioconda Belli es un volcán que cimbra el suelo que pisa y cuya luz ha iluminado el camino hacia una nueva forma de ser mujer, y escritora, en América Latina.

Una vez que la tengo sentada delante mío y logro sacudirme un poco los nervios y calmar mi emoción, inicio nuestra charla avisándole sobre lo que NO le voy a preguntar: cuándo y cómo empezó a escribir, por ejemplo, o cómo se volvió revolucionaria y luchó contra la dictadura de la dinastía Somoza en su país, o cómo logró escribir tanto y tan exitosamente y, a la vez, cumplir con su labor de madre y esposa. El lector que no conozca las respuestas a estas preguntas tiene a su alcance, en internet, decenas de entrevistas que empiezan hablando sobre esto. A mí me interesan otras cosas, y se lo digo con franqueza. Así comienza nuestro diálogo, que transcribo a continuación, invitando a quien pasee su mirada por estas líneas a imaginar que comparte la mesa con nosotras.

Me interesa preguntarte, para empezar, ya que esta entrevista se da en el marco del Premio Azul del Festival Blue Metrópolis de Montreal, que te otorgaron en 2020 pero, por la pandemia, no pudiste recibir en ese momento, ¿en qué piensas cuando oyes la palabra Canadá? ¿Cuál es tu relación con este país?

¿Qué significa Canadá para mí? Recuerdo que, cuando era niña, mi papá recibía, por alguna razón, unos libros preciosos sobre Canadá, libros de turismo en los que salían los guardias de la policía montada vestidos con esos trajes rojos, los bosques enormes, el lado más frío de Canadá, también, la parte más al norte, las poblaciones indígenas, entonces a mí me fascinó desde ese tiempo. Me pareció un país mágico, interesantísimo. Después fui, por primera vez a Canadá, al Festival de Literatura en Vancouver, hace muchos años, y me encantó.  Yo estaba en ese tiempo viviendo en Estados Unidos, y me acuerdo que el paso de la frontera en Estados Unidos para mí siempre era complicado porque, por muchos años, estuve en la lista negra de la migración, y me tenían que hacer un waiver cada vez que entraba al país. Cuando entré a Canadá me impresionó la apertura, la actitud diferente de la gente en migración. Y bueno, tengo amistades en Canadá, como Martha Chaves, que es una comediante nicaragüense que ha sido recibida amorosamente, y muchos otros nicaragüenses que viven y enraizan en Canadá. También tuve la oportunidad, como presidente del PEN Nicaragua, de estar en Québec City para un congreso, y viajé por el río San Lorenzo. Me pareció un lugar precioso. Es un país que tiene el Primer Ministro más guapo del mundo [al decir esto, una sonrisa pícara le ilumina el rostro]. Me encanta Margaret Atwood y otra gente que escribe allá y han sido héroes literarios míos.

Cuando entré a Canadá me impresionó la apertura, la actitud diferente de la gente en migración. Y bueno, tengo amistades en Canadá, como Martha Chaves, que es una comediante nicaragüense que ha sido recibida amorosamente, y muchos otros nicaragüenses que viven y enraizan en Canadá.

El Premio Azul se le dio hace unos años a Sergio Ramírez. ¿Qué significa para ti recibirlo ahora, y que contigo vuelva a Nicaragua?  

Yo había oído hablar mucho, desde hace años, del Festival. Muchos amigos internacionales míos han ido y han vuelto encantados, entonces sentí que era un abrazo, un abrazo fuerte en un momento de mi vida en que era importante —el año pasado, antes de la pandemia— asumir este oficio de escribir, que no es nada fácil. Los premios son importantísimos para nosotros los escritores. Hay muchos que dicen que no, que no les importan los premios, pero vivimos en un mundo tan competitivo y con tanta información, que para los escritores es muy importante que nos vean —porque no es fácil que nos vean, muchos menos cuando sos de países como Nicaragua, de Centroamérica—. Además nos ganamos la vida escribiendo, entonces también es un estímulo económico importante. La gente no se da cuenta de qué dificil es el oficio del escritor, qué difícil no solo desde el punto de vista de la soledad —aunque es una soledad linda, a mí me encanta escribir— sino también desde el punto de vista económico. Cuando ya uno decide ser escritor profesional, depende de sus libros, y los libros ganan poquísimo, a menos que sean best-sellers. Es difícil ganarse la vida escribiendo, implica muchos viajes porque hay que promocionar los libros, entonces es un trabajo. Y como en todo trabajo, cuando a uno le dan un premio siente que ha hecho un buen trabajo.

Anuncio del evento que se celebrará el próximo martes 27 de abril. La periodista Ingrid Bejerman conversará con Giconda Belli, «Premio Azul 2020» del Festival Blue Metropolis. Imagen: Festival Blue Metropolis

A mí me dijeron que “en Nicaragua todo mundo es poeta”. ¿Cuáles son los escritores nicaragüenses a los que tú regresas? Porque así como uno siempre vuelve a los sitios en que amó la vida, uno vuelve a los libros y a los escritores que ha amado.

Nicaragua es un país de poetas. La influencia de Rubén Darío se nota en eso, que tiene una explicación muy profunda: el hecho de que no tuvimos héroes. Sandino fue descubierto mucho después, estaba Somoza en el poder, entonces el único personaje del que nos podíamos sentir orgullosos era del gran poeta Rubén Darío, que inició el Modernismo. Hubo una epidemia de poesía desde entonces, es como el deporte nacional. En Nicaragua, aparte de la gente que ama la poesía, que es un fenómeno bien interesante, aquí te dicen “poeta” en la calle. Yo soy “la poeta Belli”.  Y así te conocen, ¿no? Ha habido una gran cantidad de poetas extraordinarios. La poesía nicaragüense fue fundamental para hacerme escritora, porque yo empecé como poeta: yo soy poeta y novelista.

Los que más me influyeron fueron, por ejemplo, Joaquín Pasos, que murió joven y fue de la generación de vanguardia, en los años cuarenta; José Coronel Urtecho,que fue mentor mío y es un escritor extraordinario de poesía, crónicas y de pequeños cuentos —y era un gran hablador, yo creo que no escribió tanto porque le gustaba mucho más hablar y conversar—; Carlos Martínez Rivas, que para mí es uno de los  grandes poetas de América Latina; Ernesto Cardenal. Carlos Martínez Rivas y Ernesto Cardenal son poetas a los que yo regreso. Fíjate que el arte de la narrativa no se desarrolló mucho en Nicaragua hasta años recientes, hace quince o veinte, y Sergio Ramírez es uno de los grandes escritores. Tiene cuentos magistrales. Rosario Aguilar es una mujer que me impresionó mucho de joven. Los menciono a ellos pero podría seguirme hablando de esto, porque son muchos, pero estos son los que siguen siendo parte de mi vida como escritora.

Nicaragua es un país de poetas. La influencia de Rubén Darío se nota en eso, que tiene una explicación muy profunda: el hecho de que no tuvimos héroes.

Ahora quisiera abordar tu labor artesanal como escritora. Cuéntame un poco sobre la diferencia de tu proceso creativo al escribir un poema o una novela.

Empecé a escribir poesía impulsada por un sentimiento repentino. Tenía 20 o 21 años, no fue una cosa que hice desde niña —aunque sí leía mucho de niña—. La poesía fue un rayo que me partió. De repente, un día yo empecé a ver una frase que se formaba —como los aviones que jalan rótulos en el aire— y tenía miedo de escribir, y un amigo me dijo “escribí, escribí, que tenés una responsabilidad histórica”. Sé que me lo dijo por broma, pero yo me lo tomé en serio y empecé a escribir poesía. Desde entonces, la poesía ha sido como un borbollón, algo que se acumula dentro de mí y de repente es como que sale un geyser de agua: ese es el poema para mí. No me pongo a escribir poesía: sale. Lo siento. En el caso de la novela, es un trabajo de arquitectura mucho más complejo, mucho más difícil. Yo tenía dentro de mí una novela, La mujer habitada, que fue como un sueño que tuve, y me costó mucho tiempo sentir que tenía la madurez para escribirla.  Cuando la empecé tuve que aprender en el camino, aprender a hacer investigación, a escribir, a hacer diálogos —leí mucho a Jane Austen, que es una maestra de los diálogos—. En las novelas se me viene una idea y entonces empiezo a trabajar. Me encantan las novelas donde tengo que hacer investigación. Acabo de terminar Las fiebres de la memoria, que es sobre un ancestro mío que era supuestamente un duque francés que vino a Nicaragua. Me fasciné con la historia, empecé a investigar y eso me llevó a escribir esta que es mi primera novela con un personaje masculino como protagonista. Pero también investigué mucho para El pergamino de la seducción, mi novela sobre Juana la Loca. Es un proceso que tarda años. La más corta novela que he escrito, la que me costó menos, requirió nueve meses de trabajo cotidiano, porque tuve la oportunidad de dedicarme enteramente a eso. 

Imagen correspondiente a la edición de 2018 de la Feria Internacional de Guadalajara (FIL), en la que Gioconda Belli participó en una lectura polifónica con todas las ganadoras del premio Sor Juana Inés de la Cruz. En la foto aparece también, entre otros, justo en el centro, Ingrid Bejerman, responsable de la programación en español y portugués del Festival Blue Metropolis; a la derecha el escritor español José Manuel Fajardo; Laura Niembro, directora de contenidos de FIL; y el cronista portugués Rui Cardoso Martins. A la izquierda de Bejerman se encuentra la periodista ecuatoriana, Sabrina Duque.

Quisiera ahondar un poco más en tu proceso creativo, porque esta entrevista la van a leer muchos escritores y tal vez, también, mucha gente que quiere escribir pero acaso no sabe por dónde empezar. Por ejemplo, en El pergamino de la seducción, que es una novela histórica, ¿de dónde surgió la estructura en la que juegas alternando presente y pasado? Estoy pensando en la novela como un tapiz o un bordado. Los lectores vemos el dibujo por delante, terminado, pero no los hilos anudados por detrás. ¿Cómo fuiste amarrando los hilos de esta novela?

La novela empezó con un ejercicio de describir el internado de monjas donde estuve interna, en España, de los 14 a los 16 años. Era un edificio lúgubre, gris. Había sido un palacio y yo quería describir el ambiente de ese lugar, qué sentía una muchacha al estar ahí. Y pocas páginas después, recordé una visita que hice con mi mamá al Escorial cuando yo tenía 14 años, y ahí me contaron la historia de Juana la Loca, la reina que “se volvió loca de amor”. Y yo, muy romántica, me quedé pensando en ella, en esa “reina que se volvió loca de amor”, y al estar escribiendo la novela me acordé y me puse a investigar, para ver si realmente era loca, porque ahora ya como mujer feminista me doy cuenta de que muchas de las locas del pasado eran locas según los hombres, no según la realidad. Me partió el alma y me fascinó la historia de Juana, porque era una de las princesas más cultas del Renacimiento que acabó siendo encerrada desde los 29 hasta los 79 años, cuando murió. Vivió una vida larga, fue madre de seis hijos que llegaron a ser reyes y reinas de Europa. Entonces decidí mezclar mi idea original de la muchacha joven en el convento con la reina, e inventar este personaje maquiavélico que la hace recordar para ver cómo se sentía una muchacha a esa edad enamorándose, y se me fue armando.

Yo realmente tengo una idea vaga de cómo hacer la novela: hasta que estoy escribiendo la voy armando. Llega un momento en que ya sé que la tengo. Hago muchos proyectos que escribo hasta la página 50. Me dejo ir, porque estar demasiado pendiente de la forma, de la estructura, te puede limitar.

Yo realmente tengo una idea vaga de cómo hacer la novela: hasta que estoy escribiendo la voy armando. Llega un momento en que ya sé que la tengo. Hago muchos proyectos que escribo hasta la página 50. Me dejo ir, porque estar demasiado pendiente de la forma, de la estructura, te puede limitar. Si se tiene una historia en la cabeza, yo pienso que este es el mejor consejo que le puedo dar a alguien que está escribiendo es que se deje ir, que vea a dónde lo lleva la historia. Y ya una vez que vea que esa historia va hacia alguna parte, y ya intuitivamente sepa o ya en su cabeza se arme la historia, entonces empezar a trabajar en la estructura. Yo hago biografías de todos mis personajes —uno tiene que saber cuál era el pasado de los personajes importantes, por qué son como son—, hago un mapa. Muchas veces no respeto ese mapa porque lo que me fascina de la novela es que siempre es un proceso de descubrimiento. Virginia Woolf tiene una cita que me fascina. Dice que la novela es como una isla envuelta en la niebla, y que uno tiene que hacer un puente para llegar a ella, y solo en la medida en que vas avanzando en el puente, empezás a ver que la niebla se disipa: en la medida en que te acercás a la novela. Yo así lo vivo.

La siguiente pregunta tiene que ver con la escritura también. Se dice que en este momento hay un “segundo boom literario latinoamericano”, pero ahora es de escritoras. ¿Qué piensas de estas escritoras nuevas? ¿Hay alguna que admires? ¿Qué te parece esta revancha de las escritoras, este romper cadenas para que se tome en serio esta obra y ya no se vea como “de mujeres” (y, por lo tanto, como algo que los hombres no lo leen)? Abordar los textos como literatura, como arte apto para todo tipo de lectores.

Yo he vivido dos booms. El de mi generación, donde atravesamos momentos difíciles porque fue un boom de lectoras, pero la crítica fue muy dura con nosotras, precisamente porque hablábamos del mundo de la mujer. Es algo que me ha parecido imperdonable por parte de los críticos: considerar que el mundo de la mujer es marginal. Esa era la premisa: el mundo de la mujer era marginal, y si la mujer escritora hablaba sobre ese mundo, su obra no merecía atención de la crítica, porque hablaba del mundo privado de la mujer. Pero las mujeres lectoras amaron esas novelas y las siguen amando. Porque es absurdo pensar que Hemingway es un escritor machista porque habla de la pesca, de la cacería y la guerra, pero en el caso de las escritoras sí, se dijo que ese mundo de la mujer era literatura light. Así dijeron. A Marcela Serrano, Angeles Mastretta, Laura Retrepo y a mí, que sí, claro, éramos famosas y las lectoras nos amaban, nos metieron en esta bolsa de literatura light. Ahora veo que estas mujeres jóvenes están rompiendo estos esquemas y me siento muy contenta. Lo que escriben son historias muy duras, de miedo. Acabo de leer a Fernanda Melchor. Temporada de huracanes es cruda, dura, es todo el mundo del narco, del crimen.

Todo comienzo es duro, como dicen, pero tenía que pasar que el mundo de la crítica se diera cuenta del aporte inmenso que hemos hecho las mujeres a la literatura. Y de lo difícil que es para la mujer, porque es más difícil para nosotras: uno tiene que estar lidiando con todo.

Otro nombre muy importante es el de Mariana Enríquez, que también tiene una escritura lascerante. Me gusta Samantha Schweblin. De Guadalupe Nettel leí recientemente La hija única, me gustó mucho. Leí a Pilar Quintana, Premio Alfaguara, y me gustó mucho su novela. Las estoy leyendo porque me interesa mucho cómo están escribiendo y me alegra enormemente que por fin la crítica les esté dando su lugar. Todo comienzo es duro, como dicen, pero tenía que pasar que el mundo de la crítica se diera cuenta del aporte inmenso que hemos hecho las mujeres a la literatura. Y de lo difícil que es para la mujer, porque es más difícil para nosotras: uno tiene que estar lidiando con todo. Por ejemplo, cuando estoy escribiendo en mi casa, me golpean la puerta, me preguntan “¿qué vamos a comer hoy?” o me avisan “que pasa el señor que vende tortillas”. Los hijos te interrumpen y vos como mujer no tenés casi derecho a decir “no, yo estoy escribiendo”, mientras que los escritores tienen una esposa que para todo lo que llega a interrupirlos. Yo siempre he dicho “quiero una esposa que me pare a todo mundo, que realmente respete lo que estoy haciendo yo”, porque esa es una realidad. Entonces es mucho más meritorio, pienso yo, y me alegro muchísimo de que la crítica por fin esté abriendo los ojos, dejando de tener esa mirada prejuiciada y machista sobre la literatura femenina.

Claro, una mirada que viene desde el siglo XIX, cuando las mujeres empezaban a escribir y, por ejemplo, Nathaniel Hawthorne estaba enojadísimo con las escritoras que vendían muchísimos más ejemplares de sus novelas que él, y decía que la obra de ellas se vendía tanto porque era de menor calidad que la suya e incluso las llamaba “mujeres garabateadoras”, no escritoras (scribbling women en inglés). Hablaste acerca de la literatura femenina reciente que se decanta hacia la literatura de terror, y ellas —Enríquez, Ampuero, Melchor— han dicho que es muy difícil no escribir de eso, si en el mundo de hoy estamos cercadas por el terror: el acoso sexual, la sexualización de las niñas, la violencia de que somos objeto las mujeres y que hasta hace poco estaba normalizada.

En mi literatura he hablado del abuso sexual desde antes de que surgiera el #MeToo, y he hablado del machismo y del comportamiento que impedía que las mujeres desarrollaran su potencial con plenitud. Eso para mí ha sido un tema importantísimo. Los niveles de violencia que tenemos actualmente son muy preocupantes, y es muy importante también hablar de ello, pero no me gusta victimizar solamente, no me gusta la mirada hacia la mujer como una víctima. Yo, en mi literatura por lo menos, he tratado de hacer ver el poder que tenemos las mujeres. Tengo una visión de que la mujer tiene un poder extraordinario, de que tenemos la obligación de romper esa dicotomía entre cuerpo y espíritu que nos impusieron, un paradigma que era, por un lado, Eva, la mala, la seductora, y por otro lado, la Virgen María. Tenías que escoger entre las dos y, si eras Eva, eras puta. Todo eso viene a partir de una realidad biológica. Esa realidad biológica, para mí, todavía no ha sido trabajada lo suficiente por nosotras mismas, las mujeres. En el acto de liberación tenemos que cambiar a la sociedad, y cambiar los roles. Mientras no cambiemos eso, no va a cambiar nuestra situación de abuso y violencia. ¿Cómo se hace eso? Mediante un programa especial de educación hacia la niñez.

Gioconda Belli. Foto: Daniel Mordzinski

Tengo una novela que se llama El país de las mujeres, donde planteo que los niños deben recibir clases de maternidad. Que la maternidad es algo compartido entre el hombre y la mujer, entonces los chavalitos desde niños reciben clases de psicología infantil, de cambiar pañales. Meter la maternidad y la paternidad como asignatura, porque es lo más importante que hacemos en la vida y nadie nos prepara para eso. Y es una responsabilidad que tiene un impacto enorme en la sociedad, y en el mundo laboral. Pienso que la pandemia va a cambiar el mundo laboral y tal vez eso va a ser bueno. Hay que ver cómo lo agarramos las mujeres, porque de nosotras va a depender. El mundo laboral está hecho para hombres que tienen esposas, no para que la mujer trabaje. No está hecho con facilidades, con centros de desarrollo infantil baratos. En los Estados Unidos hay, pero mis hijas viven ahí y no pueden pagar un centro de desarrollo infantil a menos que dediquen todo su sueldo para cubrir eso. Ese tipo de cosas también son importantes. Es importante que se conozca a las víctimas, que se hagan denuncias, pero tenemos que tener una visión de futuro, una visión de qué es lo que queremos. Porque, para mí, poner visiones en la mente de la gente, que es lo que hacemos los escritores, crea realidades [esto último lo enfatiza con entusiasmo]. Y esas realidades son las que me interesan a mí. Crear esas realidades positivas, esas realidades donde cambian las cosas.

Para cerrar, tengo dos preguntas más. La primera tiene que ver con tu amor por Nicaragua, que tan bien has plasmado en tus libros. Para los que no somos nicaragüenses, si vamos a Nicaragua, ¿cuál es el lugar al que no podemos dejar de ir?

Tienen que ir a un mirador que existe en un pequeño pueblo que se llama Catarina, donde se ve la laguna más bella del mundo y, atrás, el Lago de Nicaragua. Tienen que ir a Granada, que es una ciudad colonial fundada en 1534, la ciudad colonial más antigua de América continental (hubo otras en las islas, esta es la primera que se fundó en el continente). Yo tengo una relación simbiótica con este país, es parte de mi cuerpo. Nicaragua tiene volcanes, lagos, una naturaleza absolutamente tropical, lujuriosa, muy vital. La lluvia es maravillosa. En mayo salen todos los malinches, que son unos árboles como llamas del bosque (así les dicen en otros lados), que son rojos, así que parece que está en llamas la carretera cuando vas pasando. Ahorita están en flor los corteses, que son de un color amarillo huevo, bellísimos. Esa naturaleza es espectacular. El Lago de Nicaragua es el segundo lago más grande de América después del Titicaca, y es un lago impresionante que tiene 360 islitas minúsculas donde te sentís que estás en el paraíso terrenal, porque vas pasando de islita a islita.

La gente nicaragüense —no lo digo porque yo sea nicaragüense— es bien especial. Bien amorosa, bien cálida, alegre. Este es un país que ha tenido tanta tristeza, tantos sufrimientos.

Por otro lado, la gente nicaragüense —no lo digo porque yo sea nicaragüense— es bien especial. Bien amorosa, bien cálida, alegre. Este es un país que ha tenido tanta tristeza, tantos sufrimientos. Estamos en una dictadura otra vez, después de que derrotamos a la de Somoza, y una dictadura guiada por el líder de la revolución que derrotó a Somoza. Es ofuscante y triste, pero aún así la gente tiene alegría, la gente tiene sentido de futuro, de esperanza, porque aquí ya cumplimos un sueño. Nosotros cumplimos el sueño de botar una dictadura, y no es cualquier ser humano el que ve sus sueños cumplidos. ¡Eso para mí fue tan importante! Tenemos ese sentimiento de poder, y ese sentimiento de poder es algo que también nos hace especiales. Estoy convencida de que tarde o temprano vamos a salir también de esta dictadura. Es triste tener que pasar la vida de dictadura en dictadura, vamos a ver si por fin lo hacemos bien.  

El 23 de abril es el Día Internacional del Libro, pero también es el Día del Español en Toronto. Quisiera que le enviaras un mensaje a la comunidad hispanohablante de Canadá. ¿Qué nos puedes decir para alentar el uso del español y subrayar su importancia?

Viví casi veinte años en Estados Unidos, porque me casé con un norteamericano italiano. Una de las primeras cosas que debemos hacer las comunidades latinas es aprender de los sistemas en los que estamos viviendo, porque hemos tenido una experiencia tan mala en nuestros países que sabemos muy poco de lo que es la democracia, de lo que es la civilidad, y eso enriquece mucho. El español hay que protegerlo. ¿Por qué? Por nuestra alma. Yo creo que el alma sabe su propio idioma. El idioma nativo es un refugio. Yo pensaba, cuando vivía en Estados Unidos, que mi patria se había convertido en el español. Si no podía tener Nicaragua, tenía esa patria que era el español. Cuando yo me ponía a escribir en mi estudio, solita, ese idioma extraordinario que tenemos era mi patria. Recomiendo que lean en español, es la manera más importante y más cercana de mantener el idioma, de amarlo, porque las palabras de nuestros escritores son bellas. Hay que escoger bien lo que uno lee, pero también amar el idioma quiere decir practicarlo, conocerlo más a fondo, eso para mí es fundamental para que el español siga siendo ese pedacito del alma donde uno es auténticamente uno mismo. Creo que uno no es lo mismo en un idioma que en otro. Yo me siento que soy Gioconda en español, y cuando me cambio al inglés soy otra Gioconda. No sé ni bromear en inglés, me cuesta. Entonces todo eso que nos da el español no lo perdamos, cuidémoslo leyendo. No olvidemos que hay que venerar el libro.    

El español hay que protegerlo. ¿Por qué? Por nuestra alma. Yo creo que el alma sabe su propio idioma. El idioma nativo es un refugio.

Qué lástima, pienso al concluir la entrevista —una vez que me quedo sola frente a la pantalla de mi computadora, todavía sonriendo, sintiéndome entre nubes tras este encuentro con Gioconda Belli— que la crisis de salud mundial impidiera un encuentro en persona. Me quedé con ganas de abrazarla. Y el público que la escuche conversar en su entrevista con Ingrid Bejerman seguro se quedará con ganas de aplaudirle, de hacer cola para que les firme sus libros, de celebrar el privilegio de tener en nuestra literatura a esta tejedora de historias que es, además, guerrera en tantos frentes de la vida real y guerrera de la lengua. Queda, a manera de consuelo, esta noción de compartir con ella la misma patria —la del español— y la oportunidad de sumergirnos en sus libros, siempre la mejor forma de adentrarse en las entrañas del volcán.     


Gioconda Belli recibe el Premio Azul el martes, 27 de abril a las 15h de Montreal, durante la 23ª edición del festival literario internacional de Montreal, Blue Metropolis/Metropolis bleu. La ceremonia de premiación, seguida de una entrevista exclusiva por la periodista Ingrid Bejerman, en español y en inglés, es gratuita y se puede acompañar por el sitio web, www.bluemetropolis.org/prizes, y las redes sociales (Facebook y YouTube) del festival.

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