Gander, el pueblo canadiense que acogió a los refugiados del 11-S

Cientos de ciudadanos anónimos de la pequeña ciudad de la costa Este canadiense dieron cobijo a miles de pasajeros de los vuelos transoceánicos que se quedaron bloqueados en su aeropuerto tras el atentado contra los Torres Gemelas de Nueva York.

Gander, Halifax
Los vecinos de la pequeña localidad canadiense de Gander fueron los héroes anónimos del 11 de septiembre de 2001.

Se cumplen 18 años del atentado terrorista contra las Torres Gemelas en Nueva York. Durante aquella jornada del 11 de septiembre de 2001 los ojos de todo el mundo se quedaron fijados y extasiados en las imágenes de los rascacielos ardiendo. Y después en las densas y grandiosas columnas de humo y polvo que cubrieron el vació dejado tras el derrumbe de los dos colosos.

Como consecuencia del atentado cometido por terroristas islámicos y ante el temor a que hubiera nuevos aviones comerciales convertidos en misiles a punto de impactar en nuevos objetivos, el gobierno de los Estados Unidos decidió cerrar su espacio aéreo.

Miles de vuelos intercontinentales fueron cancelados y otros tantos tuvieron que cambiar su destino y aterrizar en aeropuertos próximos mientras se garantizaba la seguridad de las rutas comerciales. En medio de un caos que removió los cimientos del orden mundial hubo que tomar decisiones tan rápidas y desesperadas como audaces.

A esa operación improvisada sobre la marcha, pues era la primera vez que Estados Unidos era atacada en su propio suelo desde los bombardeos de Pearl Harbor en diciembre de 1941, se le denominó Yellow Ribbon.

¿Cuál fue su primera consecuencia? Las autoridades aéreas norteamericanas decidieron que los 4.546 vuelos que en esos momentos se encontraban ocupando el espacio aéreo aterrizaran en el aeropuerto más cercano.

Más de 500 vuelos trasatlánticos y 90 transpacíficos estaban en el aire y 238 no podían regresar a su continente de origen pues no tenían el combustible suficiente para emprender el retorno. Sólo tenían una opción: aterrizar en Canadá.

Gander
Los colegios de Gander fueron cerrados durante esos días y reconvertidos en alojamientos para los pasajeros.

En pocas horas el gobierno canadiense tuvo que gestionar el aterrizaje forzoso de cerca de 250 aviones de gran fuselaje. Y tenía que ser en aeropuertos que se encontraran lejos de las grandes ciudades del país pues en aquellas horas se temía que los objetivos de los terroristas estuvieran de manera simultánea en otras grandes urbes del mundo. Por lo tanto, se descartaron opciones logísticamente más sencillas como Vancouver, Toronto o Montreal.


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A media mañana el espacio aéreo canadiense también se cerró, lo que suponía que ningún vuelo comercial podía despegar del país. Más de 40.000 pasajeros se quedaron en un limbo sin saber cuáles eran las razones de la cancelación de los vuelos y, lo peor, cuánto tiempo iban a verse obligados a permanecer en suelo canadiense.

Las autoridades del país optaron por los aeropuertos de Halifax y Gander, en la costa este del país. Al primero fueron desviados 47 vuelos y al segundo 38. Esta segunda alternativa generó grandes dudas pues la ciudad, de apenas 10.000 habitantes, no tenía ni la capacidad ni los recursos ni las infraestructuras para acoger de repente a 6.700 personas.

El pequeño aeropuerto de Gander era en 2001 apenas una terminal que soportaba no más de diez vuelos diarios. En los años 70 había tenido mucha actividad debido a que fue escala de respostaje para miles de aviones de gran fuselaje que venían de Europa. Por eso su pista de aterrizaje estaba preparada para volver a recibir grandes aparatos. Esa fue la clave para que las autoridades canadienses se decantaran por esta controvertida alternativa.

La pequeña ciudad de Gander, recóndita y discreta, se transformó en el corazón de otro drama en aquel 11 de septiembre de 2001; los terroristas habían derribado las Torres Gemelas en Nueva York pero como un efecto mariposa los daños colaterales se extendieron por todo el mundo de manera inmediata y dramática.

Gander recibió a miles de ciudadanos desnortados, estupefactos y temerosos. En esas primeras horas había mucho miedo, muchos rumores pero muy pocas certezas.

Gander recibió a miles de ciudadanos desnortados, estupefactos y temerosos. En esas primeras horas había mucho miedo, muchos rumores pero muy pocas certezas. Y en el pequeño pueblo canadiense se concentraron en unos minutos todos los miedos de una sociedad que estaba asistiendo al derrumbe no solo de unos edificios emblemáticos en Nueva York sino también de una época.

Gander era un caos. El pueblo de 10.000 habitantes vio multiplicado su población por siete en cuestión de horas. No había camas hoteleras para todos (apenas 500 en 75 kilómetros a la redonda), ni alimentos ni servicios básicos para atender a esa marabunta humana.

Cuando las autoridades hicieron un llamamiento desesperado por radio para que los ciudadanos acudieran a ayudar a los pasajeros, el talante canadiense desbordó todas las previsiones y comenzó a escribir una de las historias solidarias más bellas e inspiradoras del siglo que acababa de empezar.

Los pasajeros tuvieron que permanecer por razones de seguridad más de 24 horas dentro de los aviones en unas condiciones absolutamente precarias. A ello se unía la falta de información, la imposibilidad de comunicarse con sus familiares y la angustiosa incertidumbre sobre lo que estaba pasando realmente en el mundo.

Cuando, agotados y sin sus equipajes, por fin pudieron bajar de los aviones fueron informados de que tendrían que pasar al menos 48 horas en ese desconocido lugar de la costa este canadiense que eran incapaces siquiera de fijar en un mapa.

Los vecinos de Gander y de los pueblos cercanos improvisaron un operativo de apoyo destinado a cubrir las necesidades básicas de los pasajeros: necesitaban ducharse, alimentarse, ropa de recambio y un catre donde dormir.

Gander
El celebrado musical “Come from Away” está basado en varias historias vividas por los pasajeros durante aquellas jornadas de inquietud en Gander.

Miles de familias de la localidad acogieron a los viajeros en sus casas y les brindaron todo lo que tenían para hacerles más llevadera su estancia. Esa ola de solidaridad no se limitó a los ciudadanos anónimos sino que varias empresas y comerciantes de la zona aportaron sus servicios para que los forzados visitantes pudieron poner en orden sus emociones y sus necesidades básicas.

Se instalaron locutorios gratuitos, se prestó apoyo médico y psicológico, se ofrecieron intérpretes para facilitar la comunicación de algunos pasajeros que no hablaban inglés y los colegios fueron cerrados para convertirlos en improvisados alojamientos. Finalmente cientos de ciudadanos alimentaron a esas personas cada día.

Pronto entendieron también que la comodidad de los pasajeros del avión no pasaba solo por estar bien alimentados y resguardados.

Era necesario mitigar la tensión emocional a la que estaban sometidos y para ello decidieron organizar una serie de actividades lúdicas para que su estancia en Gander al menos fuera un buen recuerdo el día que cogieran nuevamente sus aviones. Se trataba de que se sintieran como en casa en todos los sentidos. Excursiones, actuaciones musicales y teatrillos cumpusieron la terapia grupal que los vecinos de Gander improvisaron para convertir aquel infierno en algo cálido y agradable.

Lo consiguieron. Cuando a los tres días los pasajeros volvieron a sus aviones sólo tenían espacio en sus conversaciones para compartir las bellas experiencias compartidas con los vecinos de aquel pequeño pueblo canadiense, que hicieron de su generosidad sin límite un ejemplo y una inspiración.

En agradecimiento, uno de los pasajeros decidió abrir un fondo colectivo para pagar la universidad de los estudiantes de Gander. Esperaba recaudar miles de dólares. Recaudó millón y medio. De las experiencias de aquellas días han surgido varios libros y obras de teatro, entre los que destaca el celebrado musical Come From Away, galardonado con numerosos premios en todo el mundo.

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Journalist, entrepreneur, writer and Spanish publisher with more than twenty-five years of experience in the field of communications: radio, print and digital. He is a founding member of Lattin Magazine and co-founder of XQuadra Media, a Toronto-based communications startup dedicated to developing creative and strategic content. He has been Editor-in-Chief of PanamericanWorld, a bilinual online information platform created in Toronto with the aim of establishing links between Canada and the Americas. In 1996, he co-founded the communication company Pirineum Multimedia in Spain, dedicated to the development of communication strategies, management of communication projects for private and public companies, web development, cultural events and publishing and advertising production. He specializes in editorial management and is the author, co-author and coordinator of more than twenty books and travel guides.