Andrés Manuel López Obrador, en agosto de 2017. Foto: Presidencia de El Salvador

Por Javier Lafuente

El político más conocido de México resulta ser toda una incógnita. Después de años de exposición pública, de meses de interpretar y juzgar sus silencios y respuestas ambiguas, la sensación de la inevitabilidad de su victoria ha despertado tanto entusiasmo como incertidumbre. La creencia de que el peligro para México es seguir con los desorbitados niveles de violencia, la corrupción y la impunidad choca con las dudas que genera el posible triunfo y la forma en que gobernaría Andrés Manuel López Obrador.

Este domingo se pone fin a tres meses de campaña electoral, un proceso anticlimático, absurdamente largo. En todo este tiempo, al que se suma una precampaña y una intercampaña -en total casi un año de promesas y buenas intenciones-, los candidatos no han logrado aterrizar una propuesta concreta, un plan definido para acabar, por ejemplo, con los dos males que azotan el país y que marcarán el próximo sexenio: la corrupción o reducir los niveles de violencia que desangran el país. En los tiempos del Brexit, del rechazo a un proceso de paz como el de Colombia, de la victoria de Donald Trump en Estados Unidos, México ha sido acaso el mayor exponente de que las emociones se imponen a lo racional.

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