Los cuentos que componen “El año del cerdo”, de Francisco García González, tratan en su mayoría de Cuba.

En Cuba los años tienen nombre. Desde 1959 es asunto de Estado nombrarlos en relación al acontecimiento más destacado. 1959 es el Año de la Liberación, por el triunfo revolucionario; 1961, Año de la Educación, por la campaña de alfabetización; 1968, Año del Guerrillero Heroico, por la muerte de Ernesto “Che” Guevara en el octubre anterior; 1970, Año de los 10 Millones, por las toneladas de azúcar que intentaron producir. Y así por el estilo, con mucha mayúscula anglicista. However, en 2007 emigró la musa de los Años (no confundir con la musaraña) y el Parlamento dispuso que, a partir de entonces, el único acontecimiento destacable era el aniversario del primero. Así pues, usted quizás no lo supo pero el año pasado unos vivieron el Año 59 de la Revolución, mientras otros leímos El año del cerdo (Alexandria, 2017), de Francisco García González.

El año del cerdo son doce cuentos divididos en dos partes. La primera, La sombra del arcoíris, tiene siete colores que recorren esos Años y llegan al presente de un cubano añoso en Montreal. La segunda, Ucronías, son cinco viñetas extendidas hasta el hipotético Año 500 de los Comités de Defensa de la Revolución (o año 2460 para el resto de la humanidad), en un futuro donde las mujeres son exportadas, el canibalismo es racista y las balsas son espaciales.

Confieso que bostecé y pensé en Pedro Juan Gutiérrez al terminar el primer texto. Hola, abundancia genital. ¿Cómo anda, escasez material? Pase y siéntese, denuncia tácita. ¿Quiere un cafecito, ilusión perdida? Pero después del café, leí y releí con menos sueño hasta terminar el libro a las tantas de la madrugada. Me había equivocado. Aquello no trasladaba el realismo sucio de PJG. No eran ejercicios en estética de la miseria; eran cuentos de miseria ética en ejercicio. Digo más, en los mejores momentos, Francisco García es inquilino de las palabras y dueño de sus silencios. Parece fácil, es durísimo.

En la joven literatura cañadiense no escasean los dueños de palabras, autores con notable dominio del lenguaje, capaces de representar en lucido detalle lo bueno y lo malo, de reflejar al dedillo, digamos, la dulzura de un idilio o la soledad del exilio. Menos abundantes son quienes dominan los silencios, quienes dejan espacio a las proyecciones del lector, quienes hacen literatura en la elipsis. Esa es la clase de prosa que El año del cerdo propone. A primera vista muy sencilla, muy llana. Cero postureo, cero meta-neo-híper-inter-post-ultra. Sólo el viejo arte de narrar, de poner una palabra detrás de otra hasta lograr un texto mayor que la suma.

Un buen cuarto de esa plusvalía reside entre líneas. La otra parte, la mejor, radica en la transmisión del momento que los griegos llamaban anagnórisis, cuando un personaje trágico descubre su verdadera naturaleza y destino. Ahí está la magia centrípeta de Francisco García, en hacer al lector copartícipe del descubrimiento y, de alguna manera, covíctima de la tragedia.

Atención, sin embargo, con las líneas. Los cuentos tratan en su mayoría de Cuba, tan isla en literatura como en geografía, economía y política. Son doce, como los meses del Año, salpicados de referencias y alusiones isleñas. El año del cerdo no será esa molesta literatura “de cubanos para cubanos”, tan enfrascada en narrar su condición nacional que resulta inasequible desde otras, pero sí reclama cierto conocimiento previo. Y no, querido lector, no basta con haber disfrutado una semana de todo-incluido en Varadero. Para apreciar el entrelineado conviene saber algunas cosillas de cubanidad como, por ejemplo, que los años tienen nombre. Y ejercer la lógica del socialismo primigenio que habría llamado Año del Comandante en Jefe al 2017, por la muerte de Fidel Castro en el noviembre anterior. Y advertir que el título del libro nada tiene que ver con el zodiaco chino. A leer.