Por Roberto Lampa
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Mauricio Macri

El presidente de Argentina, Mauricio Macri. Foto: Presidencia de Rusia (CC)

Desde que asumió la presidencia el 10 de diciembre de 2015, Mauricio Macri ha modificado radicalmente los ejes de la política económica argentina. En apenas cuatro meses, la flamante administración impuso la liberalización del mercado cambiario (levantando por completo el limite a la compra mensual de  dólares), una fuerte desregulación del sector financiero (fin del límite del 10% a la tenencia de activos en dólares para los bancos privados), un viraje monetarista del Banco Central (que volvió a manejarse, de facto, como entidad autónoma cuyo único objetivo es la estabilidad de los precios, mediante metas anuales de inflación) y el pago, extremadamente oneroso, a los fondos buitre, condición necesaria para volver a endeudarse en los mercados financieros internacionales.

El objetivo declarado del gobierno era obtener una “lluvia de inversiones” directas del extranjero, impulsada por el renovado clima de confianza empresarial. Sin embargo, las reformas implementadas se han revelado un rotundo fracaso desde este particular punto de vista: no solo las inversiones del extranjero no han llegado, sino que la inversión doméstica se ha desplomado por la fuerte recesión económica de 2016 y la sucesiva caída del sector industrial, acelerada por la crisis de Brasil (principal socio económico de Argentina).

Semejante fracaso era ampliamente previsible leyendo cualquiera de los grandes medios económicos internacionales (Wall Street Journal, The Economist, Financial Times, etc.) que en los últimos meses de 2015 vaticinaban repetidamente una abrupta caída de las inversiones extranjeras en los mercados emergentes, en particular de América Latina, para 2016.

Sin embargo, lo que a primera vista aparece como un exceso de voluntarismo y provincialismo nos lleva a la verdadera cuestión: ¿es verosímil pensar que un gobierno compuesto por CEOs y altos funcionarios de grandes compañías internacionales como General Motors, Shell, JP Morgan, IBM, HSBC, Mondadori, LAN… haya podido caer en semejante, grosero, error? Es decir, ¿podía el gabinete económico de Macri desconocer el clima de negocios internacional, dadas sus profundas vinculaciones con destacadas empresas multinacionales?

Una respuesta negativa es posible si el conjunto de medidas tomadas en los primeros meses por la administración Macri se leen como la fase preparatoria de una estrategia que, detrás de la fachada de la “lluvia de inversiones”, apuntaba en realidad a una profunda restructuración de la economía argentina y a su financiarización acelerada.

El mecanismo de ‘carry trade’ ha determinado un gasto financiero muy fuerte, implicando una abundante oferta de dólares para pagar a los acreedores. Para hacer frente a esta necesidad, el gobierno argentino implementó en 2017 el blanqueo de capitales más grande de la historia reciente del capitalismo.

En una primera etapa, los síntomas más evidentes de ese supuesto objetivo fueron la masiva emisión de Letras del Banco Central (LEBACS) y el exorbitante crecimiento de sus tasas de rendimiento anual. Semejantes  activos representan la herramienta principal para el controvertido mecanismo conocido como carry trade. Descrito sencillamente, el procedimiento es el siguiente: los inversores del extranjero entran al país con dólares y los pasan a letras de crédito denominadas en pesos. Las letras se valorizan mediante muy altas tasas de interés (entre un 26,5% y un 38% anual, en los últimos dos años) y finalmente el inversor convierte nuevamente su capital inicial, más la ganancia financiera, a dólares.

Obviamente, el mecanismo de carry trade ha determinado un gasto financiero muy fuerte, implicando necesariamente una abundante oferta de divisa internacional de reserva, es decir dólares, para pagar a los acreedores. Para hacer frente a esta necesidad, el gobierno argentino implementó en 2017 el blanqueo de capitales más grande de la historia reciente del capitalismo, equivalente a 110 mil millones de dólares. Además, en el bienio 2016-2018 se ha emitido deuda soberana denominada en dólares por un total de 76.032 millones, lo cual ha convertido Argentina en el principal emisor de deuda entre los países emergentes.

El fermento financiero ha tenido consecuencias importantes sobre el sector inmobiliario, un fenómeno nada novedoso si pensamos en fenómenos recientes como el crecimiento de países como España vía burbuja financiera-inmobiliaria, previo a la crisis de 2008.

En 2016 el total de los préstamos hipotecarios sumó 4300 millones de dólares, llegando al nivel récord de 7200 millones en 2017. Sin embargo, el 42% de dichos préstamos es representado por una novedosa herramienta de crédito creada por la administración macrista: los así llamados préstamos hipotecarios UVA (es decir, denominados en Unidades de Valor Adquisitivo). Estos préstamos tienen una particularidad si los comparamos con un préstamo tradicional a tasa variable: la cuota mensual se actualiza no solo en base de la tasa de interés (y, por ende, del tipo de cambio) sino también en base del capital prestado. De esa manera, las primeras cuotas suelen ser sensiblemente más bajas respecto a un crédito hipotecario tradicional, lo cual permite a los tomadores de crédito de ingresos más bajos acceder a un monto más alto, dada la regla que impone cuotas no superiores al 25% del sueldo mensual.

Entusiasmados por la perspectiva de convertirse en dueños de su hogar y atraídos por las cuotas baratas (en particular, al lado de los muy caros alquileres), miles de argentinos han decidido sacar un crédito hipotecario UVA para comprar su vivienda.

No solo, sino que la misma tipología de crédito se ha extendido para la compra de autos, motos y hasta para cancelar deudas pre-existentes.

En consecuencia, las escrituras de compraventa de inmuebles aumentaron un 34,6% entre noviembre de 2016 y noviembre de 2017. También los precios en dólares del m2 en Buenos Aires crecieron en un 17,6% en el periodo 2015-17. Asimismo, el mercado de auto y moto llegó a un crecimiento récord del 25% y 17,6% respectivamente, entre enero de 2017 y enero de 2018.

Dicho de otra manera, por medio de una audaz arquitectura financiera el gobierno Macri logró dinamizar el sector financiero, inmobiliario y de consumo de los bienes durables, impulsando un crecimiento del PIBall 2,8% anual en 2017, a pesar de los recortes que afectaron tanto los trabajadores como los sectores productivos de la economía a lo largo del mismo periodo, en particular por la compresión salarial, la fuerte reducción de los subsidios a agua, luz y gas y el continuo aumento del precio de la gasolina.

Este inusual populismo financieroexplica también la victoria del oficialismo en las elecciones de medio término de octubre de 2017: a pesar de una reducción de sus ingresos, muchos argentinos se han beneficiado del acceso al crédito como herramienta para convertirse en dueños de su hogar o de bienes tradicionalmente muy caros en Argentina, como autos y motocicletas.

Sin embargo, para que semejante populismo financiero sea exitoso (por lo menos a lo largo de algunos años) es imprescindible un escenario económico caracterizado por la baja inflación y la relativa estabilidad del tipo de cambio.

En cambio, dada la fuerte inflación de 2016 (40,3%) y de 2017 (24,6%), la única manera de mantener estable el tipo de cambio ha sido por medio del mecanismo financiero del carry tradedescrito más arriba (es decir atrayendo un flujo de dólares especulativos mediante altos intereses) y del endeudamiento externo. De esa manera, se intentaba también requilibrar mediante la cuenta financiera y capital un déficit externo de la cuenta corriente sin antecedentes, equivalente al 4,6% del PIB en 2017.

Para que el populismo financiero sea exitoso es imprescindible un escenario económico caracterizado por la baja inflación y la relativa estabilidad del tipo de cambio.

Sin embargo, dos eventos han determinado el fin de este frágil equilibrio. En primer lugar, el 28 de diciembre de 2017 las autoridades económicas, preocupadas por el déficit externo, anunciaron un cambio en el objetivo de tasa de inflación para 2018, aumentándola hasta un 5%. Asimismo, el Banco Central empezó a disminuir paulatinamente el interés sobre las LEBACS, llegando a un 26,5% anual en marzo.

Muchos inversores corporativos han interpretado esas señales como el fin de la euforia financiera, dejando paulatinamente de renovar las LEBACS. Preocupado por las presiones sobre el tipo de cambio, el Banco Central ha entonces empezado a vender reservas, llegando a la preocupante suma de 6.800 millones de dólares en lo que va del año.

En segundo lugar, la apreciación del dólar en el escenario global y el aumento de la tasa de interés por parte de la Reserva Federal han motivado a muchos inversores institucionales a abandonar el mercado argentino para desplazarse hacia los mercados del hemisferio norte, sobre todo cuando el bono estadounidense a 10 años, el título refugio por excelencia, se ha situado ya en el 3%.

El jueves 4 de mayo ambos factores se han juntado, provocando una tormenta perfecta sobre la economía argentina: el tipo de cambio aumentó hasta los 23,5 pesos y el Banco Central tuvo que aumentar la tasa básica de interés hasta el 40%, introduciendo restricciones para la tenencia de dólares a los bancos privados. Por su parte, el ministerio de hacienda anunció metas fiscales más estrictas, es decir un inminente y prrevisiblemente brutal ajuste.

A pesar de esto, la situación no se ha estabilizado. Además, no hay que subestimar el efecto que la repentina devaluación del peso vaya a tener sobre los créditos UVA. El 26 de marzo de 2018 el valor de las cuotas de los prestamos UVA ya había igualado a las de los prestamos tradicionales y la perspectiva futura no es nada alentadora en términos de capacidad de pago.

Si además consideramos la reciente introducción, por parte del Banco Central, de una norma que autoriza a los bancos a deshacerse de las hipotecas, vendiendo sus carteras en el mercado financiero, vemos varias, preocupantes analogías con la dinámica de la crisis financiera de 2008 en EE UU.

Alarmados por el riesgo de una crisis terminal y una semana antes de una crucial subasta de LEBACS que se anuncia extremadamente arriesgada, el 8 de Mayo el presidente Macri ha finalmente anunciado en cadena nacional el pedido formal de préstamo al Fondo Monetario Internacional.

¿Alcanzará esto para que, después de Lehman Brothers, la próxima burbuja financiera no explote en el Rio de la Plata?


Roberto Lampa es profesor y economista, investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), Universidad de San Martín, Buenos Aires.