Foto: William Chen / Wikimedia Commons (cc)

Iba a inaugurar este espacio al que tan amablemente he sido invitada hablando de lo que significó celebrar el pasado Día de Canadá para mí, una inmigrante más que ha tenido la enorme fortuna de reinventarse en estas tierras y encontrar en ellas un nuevo hogar. Iba a formular las preguntas que tengo para quienes, en este tiempo de reclamar voces perdidas y reafirmar identidades, han protestado en contra de la celebración titulada Canada150, argumentando que este país ha sido posible solo gracias al genocidio de sus pueblos originarios y, por lo tanto, el aniversario de la confederación no es digno de festejarse. Y digo preguntas con toda honestidad porque, como mexicana, soy fruto de un genocidio semejante y del sometimiento de pueblos indígenas que todavía hoy alcanza niveles brutales. Sin embargo, eso nunca ha sido obstáculo para que mi país entero haga grandes fiestas al conmemorar nuestra (en muchos sentidos, todavía inconclusas) independencia y revolución. Entonces quisiera entender, si es que tantos en Canadá definen a este como un país erigido violencia mediante en tierras que en realidad no le pertenecen, en dónde quedamos los inmigrantes que hemos ido poblándolo y entregándole nuestras energías e ilusiones. Porque al venir tantos de nosotros de tierras que han sido usurpadas y saqueadas, esta rabia no nos es (o no nos debiera ser) ajena. Y quizá deberíamos cuestionar también la legitimidad de nuestros propios países de origen, aunque sea como argumento para hacer más urgente la impartición de justicia social a nuestros pueblos originarios.

Pero quizá porque nuestros lugares de origen no han prosperado como Canadá, y para nosotros esta tierra nevada ha sido una generosa página en blanco donde escribir nuestra propia historia a partir de un nuevo comienzo, hemos sentido con particular fuerza el deseo de festejarle este cumpleaños a nuestra joven segunda patria, aunque entendamos el dolor y la necesidad de equidad que están detrás de estas protestas por Canada150. Sea como sea, éste es un país generoso en oportunidades y cientos de miles vamos a estarle por siempre agradecidos por habernos abierto las puertas.

Iba a escribir acerca de todo esto con mayor detalle y profundidad pero, confieso, en este verano que se acaba el conflicto que está más cerca de mi corazón está bullendo a muchos kilómetros de distancia, en una tierra que fue parcialmente mía durante la niñez y que ahora se está jugando la vida luchando por un nuevo futuro: Venezuela. El Día de Canadá es el primero de julio, y el 5 de julio es el Día Nacional de Venezuela. No solo eso, sino que el 24 de julio es el aniversario del natalicio de ese gran hombre que fue Simón Bolívar. Julio es un mes de fiesta para los venezolanos y, en mi memoria, un período de grandes festejos llenos de arepas, pabellón criollo, tequeños y ron (aunque, si mi memoria no me falla, muchos venezolanos prefieren whisky en las rocas).

Este año, sin embargo, en medio de la crisis sin precedentes que atraviesa esta nación, para millones de venezolanos no solo no hubo festejos sino que ha sido un verano de lucha continuada, de seguirse aferrando a la esperanza de que el destino de un país puede decidirlo su pueblo con el clamor de su voz arrecha e indignada. No hay comida, no hay medicinas, no hay rutas abiertas para la ayuda humanitaria internacional que se requiere urgentemente, y nada más poner las palabras “Venezuela” y “ayuda humanitaria” en el mismo renglón resulta un choque para quienes conocimos este bello país en sus tiempos de bonanza.

Venezuela, donde me esperaban los brazos de mi abuela. Donde comía fresas frescas en la casita de la Colonia Tovar (espacio mágico en que tantos polacos borraron sus rencillas con los alemanes y se unieron en la creación de un oasis europeo en la montaña a dos horas de Caracas). Donde la playa nos unía al mundo, las ostras se comían recién salidas del mar, y el sol no prometía nada más que un futuro lleno de luz. Caracas, el valle cuyo gran parque alberga una carabela, símbolo simultáneo del comienzo y final de nuestros pueblos; donde la pastelería Tívoli preparaba a diario el postre favorito de mi madre (“montañitas de chocolate”), y donde ella dio sus primeros conciertos al piano a los cinco años y luego engalanó varias veces su principal teatro, el Teresa Carreño, con la música de sus manos; la ciudad donde mis abuelos reconstruyeron su vida tras escapar de la guerra y yo llegaba cada verano a comer paletas Tío Rico (y chocolates Toronto, sin imaginar que alguna vez viviría en la ciudad que les dio el nombre), y a dejarme arrullar por sus melódicas chicharras cada noche, ese coro emblemático que ahora me estremece cuando lo escucho como telón de fondo de los videos nocturnos que esas amazonas increíbles, María Corina Machado y Lilian Tintori, suben a twitter para compartir sus informes sobre la lucha actual. Venezuela, que pasó de ser un país de reinas de belleza a uno de guerreras que encabezan multitudes valientes exigiendo libertad. Venezuela, donde los estudiantes están siendo acribillados como lo han sido tantas veces en mi México lindo y querido, tan solo por exigir el futuro mejor que les debemos y merecen.

Este verano ha tenido un sabor agridulce porque estoy, quizá hoy más punzantemente que nunca, consciente del privilegio que significa vivir aquí, en Canadá. Porque me siento muy agradecida por lo mucho que he aprendido de este país y su gente, y las oportunidades que he recibido, pero al mismo tiempo soy capaz de comprender a quienes condenan el 150 aniversario. Y en medio de todo esto, tengo el corazón apesadumbrado por la situación tan crítica y tan injusta que enfrenta el pueblo venezolano, cuyo sufrimiento vemos transmitirse en vivo todos los días, con los peligros y el número de muertos en constante aumento. La impotencia le imprime un peso desconocido, sofocante, al alma.

Es por eso que quiero aprovechar esta oportunidad para expresar en voz alta y por escrito lo que siento. Se acaba el verano y yo te abrazo, Venezuela, como se abraza a quien está herido, pero también como se abraza a quien se admira, porque estos meses de lucha has sentado un gran ejemplo de entereza, bravura e integridad para todos los latinoamericanos, Te abrazo, Canadá, como se abraza a quien se le debe la segunda oportunidad que ha cambiado la vida, con lealtad y gratitud, amando tus virtudes y dispuesta a poner mi granito de arena para aminorar tus defectos. Soy orgullosa hija de la hermosa tierra del tequila y el mariachi (una tierra que enfrenta hace tiempo, también, sus propias batallas), pero no dejo de sentirme hermana de la espuma, de la garza, de las rosas. Y en este año en que Canadá celebra ciento cincuenta años de vida, en este verano en que la nieve parece un sueño distante y la bandera de la hoja de maple ondea en lo alto con orgullo, me parto en dos y extiendo el alma hacia el bravo pueblo que el yugo lanzó. ¡Abajo, cadenas! Que su encomiable y valiente lucha rinda frutos pronto, que la justicia impere y vuelvan a Venezuela la libertad y el bienestar que su gente anhela y merece.