Donald Trump, este lunes, recibiendo en la Casa Blanca a Justin Trudeau, primer ministro de Canadá. Foto: Mandel Ngan / AFP

El primer encuentro entre el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, y el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, celebrado este lunes en Washington, ha sido un manual perfecto de buenas maneras y exquisita diplomacia. Pese a las evidentes diferencias que separan a ambos gobernantes en materias tan polémicas como la cuestión de los refugiados sirios o la acogida de nuevos inmigrantes procedentes de Oriente Medio, Trudeau optó por un perfil moderado y afirmó que “lo último que esperan los canadienses es que yo vaya a dar conferencias a otro país sobre cómo eligieron gobernarse a sí mismos”. Por su parte, Donal Trump utilizó en su intervención ante los medios de comunicación un tono inusualmente comedido en el que enfatizó los estrechos lazos que unen a ambos países. “Vamos a tener una gran relación con Canadá”, remachó, el presidente estadounidense, y resaltó la “amistad histórica” entre ambos países.

Muchos analistas ya han destacado el efecto balsámico que pueden tener estas declaraciones en la inquietud que se había instalado en Ottawa desde la llegada de Trump a la Casa Blanca. Canadá tiene una dependencia económica y comercial de Estados Unidos absoluta, y todos los esfuerzos diplomáticos se han dirigido desde el primer momento a establecer el mejor escenario posible para contener posibles daños.

Sin embargo, aunque la cordialidad presidió el primer cara a cara entre los dos mandatarios, sus diferencias quedaron expuestas de manera manifiesta ante los medios de comunicación: Trump defendió sus políticas en materia de inmigración y refugiados asegurando que “no podemos dejar entrar a la gente equivocada”, mientras que Trudeau, sostuvo que Canadá sigue “persiguiendo nuestras políticas de apertura”.

Uno de los puntos más conflictivos y sobre el que se esperaban firmes pronunciamientos fue el relacionado con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que Trump se ha comprometido a revisar. “Haremos algunas cosas que serán positivas para ambos países”, dijo, y agregó que el problema del TLCAN “es mucho menos grave de lo que pasa en la frontera sur, donde durante muchos años las transacciones no fueron justas”. Para Canadá, la relación comercial con su vecino del sur es fundamental puesto que dos tercios de las exportaciones canadienses se dirigen a EE UU, el mayor ratio de dependencia del G-20. Es decir, dos de cada tres dólares que su economía exporta se dirigen al mercado estadounidense.

La clave está en cuál será el papel que desempeñe México en la inminente revisión del Tratado y, sobre todo, cuál será la posición de Canadá respecto a su aliado latinoamericano. En las últimas semanas han circulado numerosas informaciones que apuntan a que la prioridad absoluta de Trudeau es mantener una alianza estable, cercana y sólida con Estados Unidos, incluso a costa de sacrificar en cierta medida sus relaciones con México.

Aunque todavía no se ha pasado de los pronunciamientos más o menos sólidos, lo cierto es que la puesta en escena y los discursos de hoy en Washington abonan esa hipótesis: que Canadá y México no van a buscar una alianza contra Estados Unidos sino que cada uno va a intentar defender sus intereses unilateralmente. El volumen de comercio de Canadá con el país que preside Peña Nieto es insignificante comparado con la primera potencial mundial.