Las residencias escolares, o la gran vergüenza de Canadá

Se calcula que unos 150.000 niños aborígenes, inuit y métis fueron durante décadas arrancados de sus comunidades y forzados a asistir a escuelas residenciales de reeducación, donde fueron sometidos a abusos físicos, sexuales y sicológicos.

escuelas residenciales
Las escuelas residenciales se establecieron con el supuesto de que la cultura aborigen no podía adaptarse a una sociedad canadiense en rápida modernización. Imagen: Library and Archives Canada

En el primer tercio del siglo XIX, el gobierno de los territorios que conformaban el dominio británico de Canadá puso en práctica un sistema de residencias escolares para integrar a los niños que pertenecían a las comunidades aborígenes en un modelo educativo basado en el aprendizaje del inglés, los preceptos del cristianismo y las costumbres de los colonizadores europeos.

La metrópoli asumió como una responsabilidad la reeducación de esos alumnos de acuerdo a unos códigos de conducta y un estilo de vida completamente ajenos a sus orígenes. En el trasfondo existía un proyecto bien planificado para que las tradiciones nativas desaparecieran en unas pocas generaciones. Ese plan fue asumido a partir de 1867, tras la fundación de la Confederación, por el nuevo gobierno autónomo.

Las residencias se convirtieron en verdaderas cárceles para miles de niños aborígenes, muchos de los cuales sufrieron abusos y otros arrastraron para siempre traumas sicológicos, físicos y de inadaptación.

Con la creación desde 1830 de instituciones anglicanas, metodistas y católicas en el Alto Canadá (Ontario) se establecieron los cimientos de la estructura educativa. La escuela residencial más antigua en funcionamiento fue el Instituto Mohawk, ubicado en lo que ahora es Brantford. Allí se puso en marcha una escuela diurna para niños de las Seis Naciones, pero en 1831 comenzó a aceptar también a estudiantes internos. Estos experimentos coloniales establecieron el patrón para las políticas posteriores a la Confederación.

Ottawa vio en esos niños una fuerza más manipulable y moldeable que sus adultos, con los que vivía en permanente conflicto desde mucho antes de la fundación del país en 1867. Para ello financió una política de “asimilación agresiva” que dejó en manos de la iglesia para su ejecución. Así nacieron las escuelas residenciales, que durante décadas se convertirían en verdaderas cárceles para miles de niños aborígenes, muchos de los cuales sufrieron abusos y otros arrastraron para siempre traumas sicológicos, físicos y problemas de inadaptación.

Residencias de reeducación y adaptación

Estas escuelas residenciales eran administradas por el gobierno federal a través del Departamento de Asuntos Indígenas. La asistencia era obligatoria para los niños pertenecientes a las comunidades que no tenían escuelas diurnas. El gobierno empleó a agentes para garantizar que todos los niños nativos asistieran a la escuela.

A partir de la década de 1870, tanto el gobierno federal como los pueblos aborígenes qusieron incluir disposiciones escolares en los tratados, aunque por diferentes razones. Los líderes indígenas esperaban que la escolarización eurocanadiense ayudara a sus jóvenes a aprender las habilidades de la sociedad recién llegada y les facilitara una transición exitosa a un mundo dominado por los nuevos pobladores. Con la aprobación de la Ley Británica de América del Norte en 1867, y la implementación de Indian Act (1876), el gobierno tenía que proporcionar educación a los jóvenes indígenas y asimilarlos a la sociedad canadiense, pero sin renunciar a su cultura, lengua y tradiciones.

El gobierno federal apoyó la escolarización como una forma de hacer que las Primeras Naciones fueran económicamente autosuficientes. Su objetivo subyacente era disminuir la dependencia indígena de los fondos públicos.

El gobierno de Ottawa apoyó la escolarización como una forma de hacer que las Primeras Naciones fueran económicamente autosuficientes. Su objetivo subyacente era disminuir la dependencia indígena de los fondos públicos. Por lo tanto, el gobierno colaboró ​​con misioneros cristianos para alentar la conversión religiosa y la autosuficiencia económica indígena. Esto condujo al desarrollo de una política educativa después de 1880 que dependía en gran medida de las escuelas de custodia. Este no era el tipo de escuelas que los líderes indígenas esperaban crear.

Imagen: Library and Archives Canada

Al principio del programa se contabilizaron unos 1.100 estudiantes distribuidos en 69 escuelas por todo el país. En 1931, en la cima del sistema escolar residencial, había unas 80 escuelas operando en Canadá. En total, más de 130 residencias funcionaron entre 1831 y 1996, año en el que se cerró la última de ellas, Grollier Hall, ubicada en Inuvik, un pueblo de los Territorios del Noroeste de Canadá, y conocida por ser una de las más terribles y severas. Cuatro de sus supervisores fueron condenados por abuso sexual entre 1958 y 1979: el padre Martin Houston, Jerzy George Maczynski, Joseph Jean Louis Comeau y Paul Leroux. Según las cifras oficiales, unos 150.000 niños de las Primeras Naciones, inuit y métis fueron arrancados durante décadas de sus comunidades y obligados a asistir a estas escuelas. Hay otro dato sobrecogedor: cerca de 6.000 alumnos murieron en ellas. La ignorancia y desidia de los funcionarios de las escuelas residenciales sobre muchas enfermedades fue un factor importante que explica la elevada mortandad.

La razón intelectual que promovía ese sistema se basaba en idea de que la cultura aborigen no podía adaptarse a una sociedad en rápida modernización como la canadiense del siglo XIX. El gobierno promovió la teoría de que esos niños nativos solo tendrían futuro si asimilaban las costumbres de la nueva sociedad, entendían sus códigos y leyes de convivencia, aprendían inglés y francés y adoptaban el cristianismo como religión. Paralelamente, los profesores hacían todo lo posible para afear a los alumnos el uso de sus lenguas maternas y les sometían a un continuo abuso sicológico para que renunciaran a sus tradiciones.

Residencias a medio camino entre la cárcel y la escuela

En este proceso de alienación y reeducación se incorporaron también castigos físicos que se aplicaban cada vez que los profesores observaban que los alumnos incumplían los severos códigos escolares. Aquellas residencias se transformaron pronto en un infierno para miles de niños, que habían sido arrancados abruptamente de sus entornos familiares y culturales para ser sometidos a una hostil tiranía educativa.

A lo largo de los años los estudiantes vivieron en condiciones deficientes y sufrieron abusos físicos, sexuales y emocionales. En lugar de ser educados fueron torturados sicológicamente y arrastrados a una espiral de autodestrucción que derivó, en muchos casos, en suicidios, adicciones o traumas irresolubles. Crecieron con falta de autoestima y un catálogo interminable de complejos, prejuicios e inseguridades. No hay que olvidar que los alumnos permanecían en la residencia 10 meses al año y que sus únicos referentes emocionales eran los que experimentaban cada día en las aulas. Apenas tuvieron la oportunidad de crecer y madurar en un entorno familiar, protector y saludable.

Imagen: Library and Archives Canada

Toda la correspondencia de los niños estaba escrita en inglés, que muchos padres no podían leer. Los hermanos y hermanas en la misma escuela rara vez se veían, ya que todas las actividades estaban segregadas por género. Como explicaba la CBC en un reportaje sobre la historia de las residencias, “cuando los estudiantes regresaban a la reserva, a menudo descubrían que ya no pertenecían a ese mundo. No tenían las habilidades para ayudar a sus padres y se avergonzaban de su herencia nativa. Las habilidades enseñadas en las escuelas eran generalmente deficientes. A muchos les resultaba difícil funcionar en un entorno urbano. Los objetivos de la asimilación significaron devastación para aquellos que fueron sometidos a años de abuso”.

Hasta finales de la década de 1950, las escuelas residenciales funcionaban con un sistema de medio día, en el que los estudiantes pasaban media jornada en el aula y la otra en el trabajo. La teoría detrás de esta prática era que los estudiantes aprenderían habilidades que les permitirían ganarse la vida como adultos. Sin embargo, la realidad era que el trabajo tenía que ver más con administrar la escuela a bajo costo que con proporcionar a los estudiantes formación profesional. Eran utilizados como esclavos. Las niñas eran responsables de la limpieza (cocina, limpieza, lavandería, costura), mientras que los niños estaban involucrados en carpintería, construcción, mantenimiento general y trabajo agrícola.

Abusos físicos, psíquicos y sexuales

La impunidad con la que ejercieron su labor los religiosos derivó en conductas inapropiadas y delictivas que, sin embargo, no saldrían a la luz pública hasta muchas décadas después. En 1990, Phil Fontaine, entonces líder de la Asociación de Jefes de Manitoba, conminó a las iglesias involucradas a reconocer el abuso físico, emocional y sexual sufrido por los estudiantes en las escuelas. Un año después, el gobierno convocó una Comisión Real sobre Pueblos Aborígenes que reunió miles de sobrecogedores testimonios de las víctimas. Como resultado de ese trabajo, en 1996 la comisión presentó un informe en el que recomendaba una investigación pública separada sobre las escuelas residenciales. Esa recomendación nunca fue seguida.

En 2007, siendo primer ministro Stephen Harper, el gobierno federal formalizó un paquete de compensación de casi 2.000 millones de dólares para aquellos que se vieron forzados a asistir a escuelas residenciales.

Pese a ello, diferentes gobiernos federales trabajaron durante años con las iglesias anglicanas, católicas, unidas y presbiterianas, que administraban las escuelas residenciales, para diseñar un plan para compensar a los antiguos estudiantes. En 2007, siendo primer ministro Stephen Harper, el gobierno federal formalizó un paquete de compensación de casi 2.000 millones de dólares para aquellos que se vieron forzados a asistir a escuelas residenciales.

A estas indemnizaciones se las denominó “Pagos de experiencia común” y contemplaban un abono de 10.000 dólares por el primer año de estancia en la residencia más 3.000 por cada uno de los siguientes años. En el acuerdo se incluía también una clausula por la cual la aceptación de ese dinero por parte de los afectados liberaba al gobierno y a las iglesias de toda responsabilidad adicional relacionada con la experiencia de la escuela residencial, excepto en casos de abuso sexual e incidentes graves de abuso físico.

Imagen: Library and Archives Canada

Años de perdón y redención

Junto al reconocimiento de los abusos y el pago de las indemnizaciones, muchas iglesias implicadas se disculparon públicamente en la década de los 90 del pasado siglo. El arzobispo Michael Peers pidió perdón públicamente en nombre de la Iglesia Anglicana de Canadá en 1993, declarando que lo sentía “más de lo que puedo decir, que fuimos parte de un sistema que se llevó a usted y a sus hijos de su hogar y familia”.

Cuatro líderes de la Iglesia Presbiteriana firmaron una declaración de disculpas en 1994. “Es con profunda humildad y gran dolor que nos presentamos ante Dios y nuestros hermanos y hermanas aborígenes con nuestra confesión”, señalaron. La Iglesia Unida de Canadá se disculpó formalmente ante los miembros de las Primeras Naciones de Canadá en 1986, y ofreció una segunda disculpa en 1998 por el abuso cometido en las escuelas residenciales.

El 1 de junio de 2008 se constituyó la Comisión de la Verdad y la Reconciliación con el objetivo de documentar y dar a conocer el alcance y el impacto de las experiencias escolares residenciales.

El 29 de abril de 2009, el Papa Benedicto XVI expresó su “dolor” a una delegación de la Asamblea de Primeras Naciones de Canadá por el abuso y el trato “deplorable” que sufrieron los estudiantes aborígenes en las escuelas residenciales administradas por la Iglesia Católica Romana.

El 1 de junio de 2008 se constituyó la Comisión de la Verdad y la Reconciliación con el objetivo de documentar y dar a conocer el alcance y el impacto de las experiencias escolares residenciales y proporcionar un entorno seguro para que los antiguos alumnos compartieran sus historias. Ese año Harper hizo pública una disculpa formal del gobierno canadiense por haber promovido el sistema de residencias escolares y por todos los abusos e irregularidades que se cometieron durante décadas. La Comisión elevaría tiempo después un informe al gobierno federal sobre el legado del sistema escolar residencial.

En octubre de 2019 fueron revelados los nombres de 2.800 niños que murieron en las residencias escolares y que habían permanecido en el anonimato durante casi un siglo. A los investigadores les llevó más de una década identificarlos. El Centro Nacional para la Verdad y la Reconciliación, en asociación con Aboriginal People’s Television Network, creó un pergamino rojo de más de cincuenta metros de longitud en el que estaban inscritos los nombres de los niños fallecidos. “Hoy es un día especial no solo para mí, sino para miles de personas en todo el país. Para finalmente brindar reconocimiento y honor a nuestros amigos de la escuela, a nuestros primos, a nuestros sobrinos, a nuestras sobrinas, que fueron olvidados”, señaló solemnemente Barney Williams, un superviviente de una escuela residencial y miembro de las Primeras Naciones Tla-o-qui-aht en la Isla Meares, Columbia Británica.

Juan Gavasa
xquadramedia.com, juangavasajournalist.wordpress.com | Contactar
Journalist, entrepreneur, writer and Spanish publisher with more than twenty-five years of experience in the field of communications: radio, print and digital. He is a founding member of Lattin Magazine and co-founder of XQuadra Media, a Toronto-based communications startup dedicated to developing creative and strategic content. He has been Editor-in-Chief of PanamericanWorld, a bilinual online information platform created in Toronto with the aim of establishing links between Canada and the Americas. In 1996, he co-founded the communication company Pirineum Multimedia in Spain, dedicated to the development of communication strategies, management of communication projects for private and public companies, web development, cultural events and publishing and advertising production. He specializes in editorial management and is the author, co-author and coordinator of more than twenty books and travel guides.