Jorge Alejandro Vargas Prado y el influjo de Montreal

El joven escritor peruano, una de las voces más prometedoras de la literatura de su país, participó en 2018 en Montreal en el festival literario Bleu Metropolis, y dejó estas reflexiones sobre su encuentro con la ciudad en una carta personal dirigida a Ingrid Bejerman, una de las directoras del festival.

Jorge Alejandro Vargas
El escritor Jorge Alejandro Vargas Prado en la presentación de su libro ‘T’ikray’. Imagen: Vimeo

Jorge Alejandro Vargas Prado, prosista, poeta y músico, es uno de los nombres propios de la literatura peruana del momento. Escribe en español, en inglés y en quechua, lengua que hablan diez millones de personas en su país natal. La periodista Ingrid Bejerman, una de las directoras del festival literario Bleu Metropolis que se celebra en mayo en Montreal, lo invitó en 2018 a participar. Fue la primera vez que el quechua formaba parte de este evento que se conoce mundialmente por ser el mas diverso y el más sensibilizado con las lenguas minoritarias. El español, de hecho, tiene un programa propio dentro del certamen, que dirige Bejerman.

A su regreso a Cuzco, donde reside, Vargas Prado escribió una carta dirigida a la periodista en la que ponía en orden sus impresiones y reflexiones sobre lo que él califica como “su primera visita al primer mundo”. El escritor lleva años reivindicando la necesidad de “reindigenizar el mundo”, un grito de combate, como lo es su literatura, que él observa como una necesidad de recuperar la conexión con nuestra Madre Tierra. Su compromiso con el quechua lo ha llevado a participar en diferentes festivales literarios en los que ha compartido voz con otros autores y autoras indígenas, como ocurrió en 2019 en el “Hay Festival” de Arequipa, en el que habló junto a los escritores canadienses de origen indígena Carleigh Baker y Garry Gottfriedson,

En esta carta personal dirigida a Ingrid Bejerman, Vargas Prado escribe con la mirada del pionero que descubre un nuevo mundo cargado de misterios y de sorpresas, algunas de ellas agradables pero otras perturbadoras e inexplicables. Tras esa epifanía inicial ocurre lo de siempre, el equilibrio se impone después de la colisión entre esos dos mundos y el escritor comprueba finalmente que en Montreal, tan diferente a Cuzco, ha encontrado algunas de las respuestas a los misterios de su tierra de origen. Porque como advierte en su carta, el frío de Montreal no es como el de los Andes.

Querida Ingrid:

No sé bien qué me ha ocurrido en Canadá, pero por ahora sólo tengo una certeza: he regresado al Perú más indio. El maestro sallqa Américo Yábar me ha dicho que está muy bien que haya regresado al Perú más indio. Yo he ido a Canadá a conocer. Quería saber cómo era de verdad el primer mundo. Me recorrí innumerables veces la calle Saint-Laurent de arriba abajo y luego me enteré que Saint-Laurent también se llamaba el río. Fui a ver el río y fui a Canadá a verlo todo con atención y lo hice. Observé detenidamente la arquitectura del primer mundo. Observé detenidamente el orden masivo y conté con impaciencia los 15 segundos que el semáforo te pide amablemente esperar antes de cambiar de luces. En Canadá me emborraché con mi chullo frente a los escritores nórdicos del festival, borracho como cuando a veces estoy en el Ukukus en Cusco y tenía puesto mi ch’ullu de Q’eros y bailé Despacito, hasta abajo bien sensual causa, rico me meneaba y el bar era, según me dijeron después, como cualquier bar de jóvenes que uno se encuentra en Tokio, huasca, bailé reguetón y todos me miraban raro, pero con placer.

En Montreal hacía mucho frío, pero era un frío diferente al que sentimos en los Andes. El frío de Montreal estaba detenido. El frío en Cusco es más bien inestable. Me sorprendió mucho también que todos los lugares tuvieran calefacción. Imaginé la cantidad de energía que se necesita para calentar todos los edificios de Montreal. Y luego pensé, pero seguro no todos tienen calefacción en Montreal solo los que son un poco ricos. ¿Hay pobres en Montreal? Aún no entiendo bien lo que vi, pero bajo cualquier cálculo, al menos en el centro de Montreal, vi más canadienses pidiendo limosna en situación de indigencia que peruanos en el centro de Cusco y eso me confundió.

“Aún no entiendo bien lo que vi, pero bajo cualquier cálculo, al menos en el centro de Montreal, vi más canadienses pidiendo limosna en situación de indigencia que peruanos en el centro de Cusco y eso me confundió”.

Vi cómo conectaban algunos autos a cargadores eléctricos en las calles y vi cómo se usaban las tarjetas de crédito en todas partes incluidos los taxis y las maquinitas expendedoras de golosinas que te encuentras en la calle. Me sorprendió muchísimo la estación Beaudry del metro a la cual se accede por un inmenso túnel futurista que parece que te estaba llevando a las instalaciones de Tokio 3 en el núcleo de la tierra. Me sorprendió ver tantas personas bajo los efectos del crack-cocaine. Me sorprendió escuchar todos los idiomas del mundo. Me sorprendió sentir que los canadienses no-occidentales, es decir, los canadienses indígenas son igualitos a nosotrxs en Perú. Me sorprendió el cariño, respeto y consideración con que me trataron todos.

Creo que yo soy resultado de un proceso importante que se vive en el Perú. Un proceso quizás aún no bien entendido o, mejor dicho, todavía menospreciado. Los peruanos nunca seremos europeos y poco a poco nos estamos dando cuenta de eso, estamos asumiendo que eso es verdad. Hay una corriente importante en todos los sectores de la población que he podido observar: hemos comenzado a querernos tal cual somos. Y los peruanos nunca seremos europeos. Creo que existe un sector que aún sueña con convertir al Perú en un país europeo, pero ese sector está en proceso de extinción. Parece que el imaginario social del Perú se está descolonizando por fin con rumbos alentadores. Han sido 5 siglos de resistencia.

“Los peruanos nunca seremos europeos y poco a poco nos estamos dando cuenta de eso, estamos asumiendo que eso es verdad. Hay una corriente importante en todos los sectores de la población que he podido observar: hemos comenzado a querernos tal cual somos”.

Lo que siempre ha pasado con la música en el Perú es extraordinario. La música ha sido uno de los epicentros más importantes de resistencia y nos ha permitido a las nuevas generaciones entender de dónde venimos. La música es uno de los vehículos más efectivos que en el Perú se está usando para la descolonización del sentir, es decir, para el reconocimiento sincero de uno mismo, es decir, para la aceptación y posterior alegría de ser lo que uno sencillamente es. Por eso en el Perú, muy poco a poco, se está despertando. La lucha feminista en el Perú está cambiando las cosas porque es el pachakuti. Además, la selección peruana de fútbol ha desatorado la inmensa sensación de frustración que sentía el o la peruanx promedio justamente cuando ya no hay blanquitos entre sus jugadores.

Hoy pensaba en Montreal. Montreal es perfecta y hermosa principalmente para la cosmovisión occidental. Y el barrio Chino y el Monte Real y el inmenso y poderosísimo río Saint-Laurent. Más de una vez pude satisfacer la necesidad de comer gracias al bubble tea. Creo que el bubble tea es algo que realmente extraño. Extraño también caminar con Luna Miguel, que es un diablito, por los barrios de más arriba de la calle Saint-Laurent hacia el Monte Real, pero más al fondo. Tuve la suerte de compartir una charla con la maestra Lee Maracle. Creo que ella consiguió que el festival además de literario, fuera de sanación. A ella la escuché decir repetidamente: cuida la tierra, cuida el agua, aprende de las mujeres y mantente conectado. El Blue Metropolis es un gran puñetazo a todos los machirulos de mierda que yo también he sido. El Blue Metropolis es como una jugada de cubo de Rubik hacia la nueva época que ya se anuncia porque está hecho enteramente por mujeres. Todas las mujeres vinculadas al Blue Metropolis son verdaderas magas y a ellas mi inmensa gratitud. El mundo tiene que darse la vuelta y volverse mujer. Las tropas de los perritos en la calle. La conexión. La transparencia. Y el amor.