El incendio que arrasó el viejo Toronto y aceleró la modernización de la ciudad

El 19 de abril de 1904, hace 116 años, un incendio iniciado por causas no determinadas arrasó buena parte del casco histórico de Toronto. El devastador fuego aceleró, sin embargo, la reinvención y modernización de la ciudad y el inicio de una próspera etapa económica.

Incendio Toronto
Mirando hacia el norte por Bay Street. Fotos: Archivo de la Ciudad de Toronto)

Aquel 19 de abril de 1904 hacía un frío del demonio en Toronto. Era uno de esos típicos días de inicios de la primavera canadiense, cuando el invierno todavía no había dicho la última palabra y el buen tiempo apenas se asomaba con timidez. Era una noche heladora con viento y ligeras precipitaciones de nieve. Así lo recordaron siempre quienes fueron testigos del atroz fuego que se inició sobre las 8pm y que horas después dejó en ruinas prácticamente toda la ciudad. Un infierno de frío y llamas para dibujar unas imágenes apocalípticas.

Se cumplen 116 años del incendio que arrasó la ciudad de Toronto y que, paradójicamente, impulsó su modernización y reconstrucción a partir de unos criterios urbanísticos y de seguridad mucho más racionales y humanos. Nadie sabe a ciencia cierta qué provocó aquél devastador incendio. Se especuló en su día con un cable defectuoso o una estufa, las causas que habitualmente a principios de siglo XX provocaban con gran frecuencia incendios en centros urbanos. Pero nadie lo pudo confirmar oficialmente.

Sobre de las 8 de la tarde de esa terrible noche del 19 de abril de 1904, un agente que patrullaba por el centro de Toronto vio las primeras llamas surgiendo de una fábrica de corbatas en Wellington Street, al oeste de Bay St. (donde se sitúan ahora las torres negras de Toronto Dominion Center). Cuando el oficial se apresuró a hacer sonar la alarma, las llamas ya se habían expandido ferozmente por las manzanas del alrededor.

En una hora, todos los bomberos de la ciudad intentaban desesperadamente contener el incendio. Pero estaban perdiendo la batalla. Las violentas ráfagas de viento hacían inútil el trabajo de las mangueras; el aerosol se congeló en el aire y cubrió todo de hielo. Los gruesos nudos que conformaban los recién instalados cables de telégrafos, teléfonos y electricidad hicieron imposible que las escaleras alcanzaran las llamas. Las adversidades se acumulaban una tras otra.

Las fábricas textiles, los vendedores de libros, las empresas de suministro de papel y los fabricantes de productos químicos ocupaban en aquellos años el centro de la ciudad: era una bomba de relojería que iba a facilitar la rápida propagación del fuego ante la impotencia de los bomberos, que estaban siendo cegados por el humo. A la nieve de abril se unió una lluvia constante de leña, vidrios rotos y cenizas.

Las llamas atravesaron el corazón de la ciudad, desplazándose hacia el sur desde Wellington hasta Esplanade y por el este hacia Yonge. Más de 80 hectáreas del centro de Toronto y más de cien edificios quedaron arrasados en pocos minutos. Las grandes lenguas de fuego se podían ver a varios kilómetros.

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El entonces alcalde de Toronto, Thomas Urquhart, envió telegramas urgentes a otras ciudades pidiendo ayuda. Durante toda la noche llegaron bomberos de Hamilton, London, Peterborough, Niagara Falls y Buffalo. En pocas horas había doscientos cincuenta camiones lanzando millones de litros de agua sobre las llamas. En las oficinas de Evening Telegram en Bay Street, los empleados pasaron horas rociando agua desde las ventanas para salvar el edificio. En el Queen Hotel (que se encontraba en el lugar donde ahora se encuentra el Royal York), los invitados y los empleados organizaron brigadas de cubos y colgaron mantas empapadas de agua en las ventanas: lograron controlar las llamas, salvaron el edificio y contribuyeron a detener el avance del incendio hacia Yonge.

Poco antes del amanecer y tras más de 9 horas de terrible lucha, el fuego quedó controlado. El resultado de la catástrofe fue demoledor: ciento veinticinco negocios quedaron destruidos y 5.000 personas perdieron su trabajo. Se calcula que el incendio causó más de diez millones de dólares en daños materiales. Afortunadamente, nadie murió.

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Durante las siguientes dos semanas las ruinas continuaron ardiendo bajo el control de los bomberos y se declararon nuevamente pequeños incendios que pudieron ser sofocados pero que mantuvieron a las brigadas en un estado de alerta permanente. Para acabar definitivamente con aquella situación se decidió dinamitar todos los edificios que todavía permanecían en pie pero que no eran más que ruinas calcinadas. De esta manera, con la fuerza de los explosivos, se quería convertir esas peligrosas estructuras maltrechas en montañas de escombros.

John Croft era un dinamitero experimentado: había trabajado en minas en Inglaterra antes de mudarse a Canadá. Él y su equipo se pusieron a trabajar en las ruinas de Toronto, encendieron fusibles largos y luego corrieron a protegerse. Más de dos docenas de explosiones lograron que los edificios en ruinas se derrumbaran.

John Croft
Una placa de Heritage Toronto instalada en 2006 en Croft Street cuenta la historia de por qué esta calle angosta, que corre hacia el norte desde College Street hasta Harbord Street, fue bautizada con el nombre del famoso dinamitero.

Croft tuvo mala suerte: uno de los explosivos falló y cuando fue a comprobar qué es lo que pasaba se detonó de manera fatal: la explosión retardada le atravesó el brazo, le rompió una costilla, le cortó el cuero cabelludo y lo cegó en un ojo. Murió a las pocas horas. Fue enterrado en el cementerio Mount Pleasant. Cuatro años después, la antigua avenida Ulster, cerca de College y Bathurst, fue renombrada en su honor. Un siglo después se creó un mural conmemorativo y una placa instalada por Heritage Toronto recuerda su dramática contribución.

Toronto pronto se reconstruyó con mucha más energía y dinamismo. El fuego fue el combustible para iniciar una nueva etapa llena de prosperidad y progreso. Donde alguna vez estuvieron las ruinas del ya conocido como “Gran Incendio”, se levantaron nuevos edificios de ladrillo (muchos de esos ladrillos suministrados por el ahora en auge Don Valley Brick Works) que perfilaron un nuevo horizonte. Las nuevas construcciones tenían que cumplir con un nuevo código de incendios, materiales ignífugos y un nuevo sistema de agua a alta presión, todo diseñado para garantizar que el mayor incendio en la historia de Toronto no volviera a repetirse.