NOTAS DE VIAJE
Bitácora de un recorrido por una América dividida, parte 3: EE UU, costa del Pacífico: California

Los Ángeles, San Francisco, Silicon Valley, Santa Rosa, Beverly Hills… California, la tercera parada de este viaje americano en busca de las voces de la gente corriente, es más que la brillantina de Hollywood, más que el eco de grandes escritores, más que la ambición de los gurús de la tecnología. “¿Qué podría decir el océano si hablara?”.

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» Parte 2: EE UU, costa del Pacífico: Oregón

Los Ángeles, California (EE UU). Foto: Adoramassey / Wikimnedia Commons

1. Los Ángeles

Treinta y un mil pies de altura.

La azafata anuncia nuestro próximo aterrizaje en el aeropuerto internacional de Los Ángeles, y a unos minutos del mismo me embarga un sentimiento de nostalgia. No sólo es esta la última parada de la ruta, sino también, un catalizador para la avalancha de recuerdos que azotan el subconsciente con mayor intensidad que la turbulencia que nos ha acompañado durante buena parte del trayecto, y que me hacen concluir que lo que construye una ciudad va más allá de lo que podríamos imaginar. En el caso de Los Ángeles, no son las letras de Hollywood, ni el edificio de Capitol Records; tampoco el Chateau Marmont, ni Disneyland, el llamado lugar más feliz del mundo, ni las olas que con sutileza golpetean la arena de una de las numerosas playas, se llamen Seal, Long, o Huntington. No. Una ciudad, al menos en el corazón del viajero, del buscador, y en los compartimentos donde se guardan aquellos recuerdos más profundos del ser, se compone de memorias. De risas. De tristes despedidas. De encuentros inesperados. De fracasos temporales y de sueños realizados. Los objetos inertes, sean monumentos y castillos o callejones y las tabernas que habitan dentro de los mismos adquieren significado a raíz de lo que vivimos en ellos. Es esto lo que hace un lugar especial, lo que marca la diferencia entre aquello que se queda y aquello que se va.

A pesar de que mi primera visita se dio a los diez años de edad, nunca esperé que Los Ángeles, aquel lugar al que Alan Watts llamó como un “hermoso lugar transformado en desastre por el ser humano”, fuera a ser especial. Estéticamente, me cautivan más las ensenadas y recovecos de La Jolla, los arcos del Bixby Bridge en Big Sur o la magnificencia con la que la niebla abruma sin clemencia las costas del área de la bahía de San Francisco. Pero si algo he aprendido en la vida es que nosotros no escogemos qué lugar nos cautiva, o qué lugar se queda en nuestro corazón. La mayoría de las veces, el lugar nos escoge a nosotros. A través de su gente. A través de sus historias, que se vuelven nuestras. Y así fue que, Los Ángeles, por una pequeña parte de mi vida, me escogió a mí. Y no tuve otra elección que aceptarlo.

Etapa clave del enamoramiento: aceptación.

2. Beverly Hills

He salido a deambular un poco y he terminado perdido. Escribo esto desde el bar del Beverly Wilshire, lo que sólo aumenta la confusión. La última vez que estuve aquí, en este mismo lugar, en esta misma barra, fue en el verano de 2014.

Han pasado ya poco más de cinco años.

En ese entonces, Barack Obama aún era presidente, y coincidentemente, estaba en Los Ángeles. Eran épocas preparativas para las elecciones de medio término, y en las inmediaciones del Beverly Hilton, donde me encontraba hospedado, rondaba un convoy de camionetas que transportaban al equipo de seguridad de la Casa Blanca. En unas horas se estaría llevando a cabo un evento de recaudación de fondos organizado por la cúpula demócrata, que buscaba capitalizar su visita a uno de los principales bastiones liberales del país. 2014. Cuando uno de esos donantes prominentes era un entonces-aún aclamado productor cinematográfico llamado Harvey Weinstein y cuando las campañas políticas iban más allá de un reality show que asemeja una novela populachera. Muchas cosas han cambiado desde entonces.

Otras no.

Aquella tarde, desde este mismo asiento, consumía mi décimo amaretto, y cuando me disponía a ordenar el undécimo, el de la buena suerte, el staff del Four Seasons me informó que estaban por filmar un comercial en las instalaciones, que posiblemente eso me incomodaría, que podía quedarme si lo deseaba pero que si me iba, ellos absorberían mi cuenta. Aún algo reticente a aparecer en televisión, acepté su oferta y me marché unas cuadras al noroeste a Canon Drive, donde en uno de los lugares de moda, Caffé Roma, la hora feliz comenzaría pronto. Y ahí estaría Elise.

Rodeo Drive, Beverly Hills. Foto: Flickr / CC

Siempre he dicho que escucho mejor a Dios cuando me habla a través de una mujer, y en ese caótico verano, mientras mi vida se conmocionaba en todo sentido, me habló a través de Elise Goldberg.

Elise era: bella, por supuesto, y elegante, también. De un palmarés indiscutible, siendo una de las abogadas de mayor renombre en el codiciado sector de relaciones públicas angelino, una socialité distinguida y además la presidenta de turno de uno de los clubs filantrópicos de mujeres de mayor prevalencia en la zona. Era una escena que no le era ajena, pues su ex-esposo es un afamado personaje de la élite de Beverly Hills, siendo el cirujano de preferencia de muchas celebridades y familias reales. Pero yo la conocí sin saber eso, sin saber nada, y quizás por ello es que nuestra conexión fue tan profunda, y que lo que aprendí sobre Elise en aquel mágico encuentro trasciende cualquier detalle estadístico o biográfico que pudieran recitar de memoria todas aquellas personas en el recinto que decían conocerla.

De Malcolm Gladwell, en Talking to Strangers. Uno de dos libros que me acompañan hoy. En muchas ocasiones las mejores conversaciones entre extraños se dan porque ambos permiten que el otro siga siendo un extraño.

Algo hay de verdad en eso, y a eso añadiría que no se puede conocer a alguien de verdad a menos que le permitamos ser un extraño para siempre, no en el sentido de ignorarlos, sino en el sentido de eliminar todos nuestros prejuicios, ideas, percepciones y sentencias que dictan cómo alguien debiera ser basado en lo que sabemos, o en lo que creemos que sabemos. De permitirle a la otra persona ser sí misma sin contemplaciones y mostrar su esencia. Y es ahí donde podemos conectar, lejos de las superficialidades, y cerca de las sorpresas de la vida que permiten que dos almas creativas que en ese tiempo vagaban desorientadas se volvieran a encontrar.

Una tarde de aquel verano. Sin mes ni día. Al arribar a su residencia de North Beverly Park, cerca de donde residen estrellas como Mark Wahlberg y Demi Moore, encontré a Elise dibujando un retrato. Era una magnífica artista.

“El siguiente retrato será el tuyo”, me dijo.

Y recuerdo que le respondí.

“No. Prefiero que me regales el tuyo. Porque así te quedarás para siempre”.

Fue uno de los últimos días que estuvimos juntos.

Dos días después, estuvimos viendo las mismas olas, yo desde Santa Mónica, ella desde Newport. Nuestro cronómetro estaba por marcar final, y fue así que aprendí que la única forma en que podemos conservar a alguien para siempre es si estamos dispuestos a dejarlos ir. Que mucho de lo que creemos que importa no es necesario para ser feliz—Elise y yo nunca nos preguntamos nuestra edad. También aprendí que una relación no es un fracaso si ambos se guían hacia donde deben ir, aunque sean caminos divergentes. Especialmente si son caminos divergentes.

En resumen: los últimos cinco años de mi vida no hubieran sido lo mismo sin las lecciones que aprendí de Elise Goldberg. Punto.

De Julian Barnes, en The Only Story. El otro libro que me acompaña hoy, que curiosamente justo he comprado ayer en la famosa librería Book Soup de West Hollywood. El primer amor cambia una vida para siempre: esto lo he aprendido con los años. Puede no superar a los amores posteriores, pero éstos siempre se verán afectados por su existencia.

Hoy, aunque todo ha cambiado, aunque quien el día de hoy busca recaudar fondos para los demócratas en Hollywood es Joe Biden y no Obama, aunque en la zona metropolitana de Los Ángeles el vagabundismo crece a más de un quince por ciento anual, aunque barrios como Jefferson Park, Inglewood, y Wrigley se gentrifican a pasos agigantados, aunque el skyline del centro de la ciudad muestra indicios claros de una profunda revitalización y rejuvenecimiento, tomo asiento en la misma barra que algún día compartimos, y parece como si todo fuera igual. Como si Elise y sus hijos fueran a llegar en cualquier instante, y platicaré con uno de ellos sobre política, sobre literatura, y con el otro sobre cómo escoger su carrera profesional. Pero hoy, habiendo cambiado de rumbo, quizás le diría algo distinto. Quizás no.

Sigue tu camino, por donde te lleve.

Pero no es tan fácil. Como tampoco lo es regresar el tiempo.

3. San Francisco

Primera parada de la ruta. He desembarcado proveniente del aeropuerto en la estación Powell del BART, y lo primero que cautiva mi atención es el número de personas sin hogar que me dan la bienvenida al instante en que desciendo de uno de los vagones. Algunos de ellos posan con pancartas creativas o disfraces, otros simplemente estiran la mano—mayormente sin pena ni gloria. Todos son víctimas de uno de los mercados de bienes raíces financieramente más prohibitivos del país, donde el precio promedio de una vivienda ronda 1.44 millones de dólares y la renta de un apartamento los 3,700 dólares mensuales.

Estadística básica. En el área de la bahía, de acuerdo al último reporte de las municipalidades que la componen, hay aproximadamente 28,000 personas sin hogar, de las cuáles un alto porcentaje reside en las calles y no en albergues. ¿El número de viviendas desocupadas en la misma serie de circunscripciones? De acuerdo al último reporte de la institución financiera LendingTree, más de 100,000.

En uno de esos edificios sobrevalorados, en un hotel básico en las cercanías de Union Square me espera mi amigo Alberto, una de las amistades más cercanas de mi infancia y a quien no he visto en más de cuatro años. Después de algunas de las visitas obligadas—caminar el Golden Gate Bridge, ida y vuelta; Lombard Street, hacia arriba; y el Pier 39—terminaremos en Giorgio’s, una icónica pizzería familiar en Inner Richmond donde por las siguientes dos horas regresaremos el tiempo, un viaje lleno de anécdotas pasando por la niñez, la adolescencia, y los caminos que cada quien decidió tomar. Cada cerveza rememora alguno de esos cuentos que en algún punto se vuelven leyenda urbana, y que muestran que por un momento, es posible trasladarse en el tiempo, y que muchas preocupaciones tarde o temprano se vuelven una historia divertida que contar. Que el paso del reloj siempre cura las heridas.

San Francisco, California (EE UU). Foto: Paul.h / Wikimedia Commons

Con estas reflexiones partimos a nuestros siguientes destinos, deambulando por la calle Geary y parando en Palmer’s en Fillmore Street, un bar con estilo retro lo cuál se refleja en las butacas de piel de color marrón que ornamentan la mayor parte del espacio, y desde donde decidimos emprender nuestro trayecto de regreso para explorar el área por donde estamos hospedados. Union Square es el corazón de San Francisco y seguro debe haber bullicio en la noche que apenas comienza.

Lo que principalmente me sorprende es que a pesar de que son apenas las nueve de la noche, la mayoría de las esquinas del centro de San Francisco están saturadas de prostitutas, las cuales no escatiman en acercarse a cualquier grupo de hombres a quienes divisan sin acompañante. Alberto y yo no somos la excepción.

Su estilo es agresivo, firme reflejo de la táctica de ventas norteamericana, aquella que satura los buzones de correo con promociones añejas y que califica como fracasados a todos quienes no logren el cierre a cinco minutos de despegado el auricular. Hoy se aplica al comercio del placer.

“Entonces”, me dice una de ellas, afroamericana, ojos firmes al bolsillo donde es evidente que porto mi billetera.

Doy un paso hacia atrás, le digo amablemente que por ahora no me interesa su servicio, pero que estoy dispuesto a pagarle media hora a cambio de escuchar su historia. En un café público y sin compromisos. Siempre me ha intrigado conocer la cronología de una ciudad relatada por aquellos y aquellas que laboran en sus calles.

“Lo siento, pero contarte me tomará más que eso, y en la siguiente esquina, encontraré a un tipo que no durará ni diez minutos, y me pagará la hora completa. Se trata de hacer más con menos, ¿Sabes? Dinero. No es nada personal”.

Y con ello parte, desapareciendo entre la opulencia de luces de la calle Market, donde su siguiente presa lo espera. Posiblemente algún trabajador del distrito financiero, cansado de las largas horas en su oficio a quién le ofrecerá una cura temporal a la soledad característica de ciudad grande.

Tres horas más tarde, Alberto y yo caminamos de regreso al hotel en la esquina de Post y Taylor, donde hay cinco camionetas de la SFPD, en lo que aparenta ser un fuerte operativo de seguridad. Reconocemos tres rostros —las chicas de Union Square. Una de ellas confronta a gritos efusivos al oficial de turno, quien busca tranquilizarla sin éxito. Un par de vagabundos que merodean las premisas se rehúsan a levantarse.

“Casa. Casa”; vociferan al unísono, señalando la acera en la que pernoctan, abarrotada de bolsas negras que aglomeran los residuos de aquellos que sí pueden acceder a los apartamentos en las cercanías de la zona.

A la fuerza, el oficial los levanta y dispersa a todos —y todas— en las camionetas.

¿Cuántas veces se repetirá la misma historia?

O, mejor dicho, ¿Cuántas veces la historia se repite a sí misma?

4

Antes de convertirse en el epicentro de la innovación de base tecnológica, San Francisco ganó notoriedad por ser una base de los movimientos contraculturales, y también, de numerosos avances en lo que concierne a los derechos civiles. 1964: Las protestas como parte del movimiento por los derechos de las comunidades afroamericanas alcanzan uno de los puntos de inflexión con la paralización de Van Ness Avenue, logrando que varias compañías cambiaran sus prácticas discriminatorias. Dentro de los manifestantes se encontraba el a posteriori titular de la alcaldía Willie Brown. 1967: Más de 100,000 personas viajaron al “Verano del Amor” en las inmediaciones del vecindario Haight-Ashbury, celebrando el amor y la paz y protestando ante el escalamiento de la Guerra de Vietnam. 1978: Harvey Milk es electo como uno de los primeros funcionarios públicos homosexuales en el país. 2011: Ed Lee es nombrado alcalde de San Francisco, siendo el primer oficial de origen asiático en alcanzar el cargo, y con ello, completando la reivindicación de una comunidad que aún resentía el Acta de Exclusión que se dictara a la comunidad china en 1882.

1955: 3119 de la calle Fillmore. Cinco poetas—Allen Ginsberg, Philip Lamantia, Michael McClure, Gary Snyder, y Philip Whalen—presentados por Kenneth Rexroth leyeron sus trabajos más recientes en uno de los eventos públicos más notables de la Generación Beat, que también encontró en San Francisco su núcleo de operación. Fue aquí donde por primera vez vio la luz Howl, el emblemático poema de Ginsberg que fuera publicado en 1957 en la cercana librería City Lights y que llevara al arresto de su empleado Shig Murao y de su fundador, el también poeta Lawrence Ferlinghetti.

Librería City Lights, en San Francisco. Foto: Caroline Culler / Wikimedia Commons

Hoy, desde Vesuvio Cafe. Junto a mí está City Lights. Entre ambos lugares está Jack Kerouac Alley, que conecta los vecindarios de Chinatown y North Beach. En el menú puedo ver tragos que rememoran lo que Cassady, Kerouac y compañía solían consumir aquí.

“Uno te bastará. Son tragos bastante fuertes”, me comenta Dino, hombre de origen italiano y compañero de barra que se ostenta como uno de los regulares del lugar desde ya, dice, “hace varias décadas”. Me felicita por visitar uno de los pocos lugares que “aún valen la pena”, que se han mantenido intactos ante la inmensa transformación que ha sufrido San Francisco y me recuerda que Lawrence Ferlinghetti, Michael McClure y Gary Snyder siguen vivos. Me pregunto si aparecerán por aquí. Pero por ahora nada. Igual continuamos. Conocer a los personajes que inspiraron a Lorenzo Monsanto y Pat McLear en Big Sur o a Japhy Ryder en The Dharma Bums vale la pena la espera. El primer café bohemio (con brandy, amaretto, y un poco de limón) aumenta la esperanza, el segundo nos vuelve imbatibles. El tercero nos vuelve a la realidad, y el cuarto me obliga a tomar una decisión. Por más que quisiera esperar, opto por irme. Hay más camino que recorrer. Y en algún día próximo podré volver.

1961: Sausalito, California. El filósofo inglés Alan Watts se muda al S.S. Vallejo, donde residió hasta el final de sus días en compañía de su esposa y del pintor francés Jean Varda.

Hoy, circulando por la US-101. Panoramas espléndidos de la bahía y del Monte Tamalpais, que se divisa a lo lejos. Es fácil entender porque Watts llamó a esta región “lo más comparable al Mediterráneo en América”.

De Lars Aberg, autor de Floating in Sausalito, obra sobre la evolución de la ciudad de Marin County, célebre por ser una comunidad vibrante y bohemia de casas flotantes donde predominaban el arte, la convivencia y la espiritualidad y lugar de residencia de numerosos personajes que como Watts jugaron un papel clave en el San Francisco Renaissance. “Hoy, además de los típicos rebeldes y pensadores libres, se pueden encontrar abogados, doctores, profesores de literatura retirados, que aprecian el estilo de vida alterno y más relajado, y también, jóvenes oficinistas que conmutan vía ferry a sus trabajos en la ciudad, todos conviviendo con algunos viejos residentes que lucharon duro por tener esta Utopía que era dura de encontrar”.

Junto con Alberto terminamos la tarde desde Bar Bocce, contemplando el atardecer en la bahía mientras practicamos un poco del típico juego que tiene sus orígenes en el Imperio Romano, y donde las palabras de Aberg cobran valor. Sausalito, a pesar de su poca diversidad étnica, es un crisol donde se mezclan individuos de muchos caminos de la vida, desde aquellos que aún residen en sus botes desde la época de los sesentas y se rehúsan a irse, hasta la nueva oleada de millonarios que se ha establecido en la contigüidad.

A tan sólo treinta minutos en ferry del Puerto de San Francisco, parecen dos mundos distintos.

5

Por cuestión de trabajo me he trasladado hoy a San José, uno de los puntos focales de Silicon Valley y a solo veinte minutos de Mountain View, donde en 1968 Robert Noyce, Gordon Moore, y posteriormente Andy Grove fundaron Intel, uno de los precursores de los gigantes tecnológicos de hoy y que en 1971 creara el primer chip microprocesador para uso comercial. Mi conductora de hoy es Jasmine, de origen filipino, y a medida que avanzamos por ciudades cuyo crecimiento es casi totalmente dependiente de alguna empresa de tecnología que ahí tenga sus oficinas centrales (Yahoo! en Sunnyvale, Google en Mountain View, Apple en Cupertino, la misma Intel en Santa Clara y Facebook en Menlo Park), me cuenta sobre lo que era la vida en el área, pre-Silicon Valley, cuando ella y su entonces esposo desembarcaron a finales de los años setenta procedentes de Manila junto con un grupo de refugiados de la dictadura de Ferdinand Marcos.

Contrario a la mayoría de sus connacionales que optaron por Los Ángeles o San Francisco, que junto con Nueva York son las sedes de las comunidades de filipinos más grandes del país, Jasmine cuenta que junto con su familia se decantaron por San José, pues representaba ese punto medio que les permitía un poco de libertad para adaptarse a la vida norteamericana sin una influencia desmesurada de sus compatriotas. A la vez, contaba con una comunidad asiática creciente, que se diferencia mucho del perfil de inmigrantes que la zona recibe actualmente.

“En ese entonces la mayoría buscábamos refugio. Nuestros países estaban gobernados por dictaduras, era una opresión terrible. Veníamos aquí buscando libertad. Era eso primero, y el dinero segundo. San José, incluso, era una zona relativamente agrícola, con una influencia mayormente conservadora. Hoy, los asiáticos que llegan mayormente vienen con un grado en computación, de Singapur, o de alguna universidad de élite, o vienen a obtenerlo en instituciones como Stanford. Están dispuestos a cualquier cosa por un trabajo en una de las grandes firmas. Trabajan hasta veinte horas al día, y cuando no, consumen. Y lo hacen en grande. Curioso como la libertad, que es lo primero que buscábamos, es lo que ellos están dispuestos a regalar a cambio de algo que se vea bien en sus hojas de vida”.

Me basta caminar cinco minutos por Santana Row, uno de los lugares más pretenciosos que he visto en California, para comprobar que lo que dice es verdad. La comunidad asiática joven domina la demografía en tiendas como Tesla, Gucci, y Lululemon, y del bolsillo de sus pantalones cuelga el gafete de identificación de alguna de esas firmas con logos ubicuos.

A raíz de esto es imposible no preguntarse: ¿Por qué aquí? ¿Por qué a esta área llegan decenas de miles de personas año con año, de todos rincones del planeta a buscar su definición del éxito?

Silicon Valley. Foto: Coolcaesar / Wikimedia Commons

En su viaje a Silicon Valley, el periodista Andrés Oppenheimer detalló en su libro Crear o Morir algunas de sus observaciones, y una de sus conclusiones fue que los factores de éxito de Silicon Valley como un lugar generador de innovaciones estaban principalmente en su fábrica social y no, como se pensaba, en la creación de parques tecnológicos y de innovación, los cuáles cada vez son más en América Latina, pero aún fallan en dar los resultados esperados. Oppenheimer dice: “Una de las cosas que más me llamó la atención durante mis visitas a Silicon Valley fue la naturalidad con la que la gente habla de sus fracasos. Muchos de los emprendedores que conocí allí me contaron voluntariamente sobre sus fracasos y sus éxitos, con la misma sonrisa en el rostro. En algunos casos hablaban de sus fracasos casi con orgullo”. Continúa Oppenheimer: “La mayoría de los países de América Latina podrían estimular la innovación mediante campañas de difusión para cambiar la percepción social del ‘fracaso’. En la mayoría de países de la región, los emprendedores que fracasan se convierten en parias sociales, y draconianas leyes de bancarrota les prohíben comenzar un nuevo negocio durante muchos años. Esto se podría cambiar con reformas legales y campañas públicas para difundir el mensaje de que no hay gran innovación que no esté precedida por una cadena de fracasos”.

Esto lo platico con mi amigo Liam McKinley, de origen irlandés pero a quien conociera en Toronto y quien recientemente se ha mudado al área de Silicon Valley a fin de desarrollar su startup en el ramo de tecnología financiera/fintech. Es hoy en día un ecosistema complejo, sobre todo para aquellos que no cuentan con la nacionalidad norteamericana y que deben de navegar las crecientes medidas anti-inmigrantes de la administración Trump, que han causado que las tasas de rechazo de las visas H1-B se hayan incrementado en más de un diez por ciento en cuatro años. Esto a pesar de que más de la mitad de las empresas de tecnología estadounidenses con una valuación superior a un billón de dólares cuentan con al menos un inmigrante en su equipo de fundadores.

Liam, que divide su tiempo entre su compañía y trabajando en la industria de la construcción —sin papeles— a fin de sostenerse económicamente, aspira a ser uno de esos fundadores, y a la vez, está consciente de la polaridad que existe en el espectro cultural de las empresas que forman parte del ecosistema. Mientras algunas son progresivas y han logrado implementar medidas para responsabilizarse del impacto que generan en los diferentes estratos sociales, muchas otras, propulsadas por ambiciosos capitales de riesgo, siguen abrazando la filosofía del crecer a toda costa independientemente de las consecuencias, algunos motivados por el dinero, y otros, por algo más. Antonio García-Martínez, exempleado de Facebook y autor del libro Chaos Monkeys, cuenta sobre su experiencia trabajando en la firma de Mark Zuckerberg. “Facebook está lleno de verdaderos creyentes que realmente, realmente no lo hacen por el dinero, y realmente, tampoco van a descansar hasta que todo hombre, mujer y niño en el planeta esté pegado a una pantalla con la ventana que muestra el logotipo de Facebook abierta. Que si, lo pensamos de alguna forma, es mucho más aterrador que la simple codicia”.

Independientemente de las motivaciones, 2019 fue un año desastroso para el ecosistema tecnológico. La mayoría de las ofertas públicas iniciales más esperadas —Uber, Lyft, Pinterest— no cumplieron con las expectativas económicas sembradas alrededor de ellas, y otras —resalta el caso WeWork— ni siquiera se llevaron a cabo. La serie de escándalos —Cambridge Analytica, la influencia desmesurada en mensajes de odio y campañas políticas— han puesto bajo la lupa el poder y la información que estas compañías habían acumulado discretamente, constituyendo violaciones inaceptables a la privacidad.

De Ben Tauber, ex-Googler y hoy director ejecutivo de Esalen Institute, ubicado en Big Sur. Esalen es un centro espiritual que promueve la sanación holística y el crecimiento personal mediante la combinación de la introspección y la formación de una comunidad de soporte. “Está surgiendo una conciencia emergente en Silicon Valley a medida que las personas reconocen que su éxito convencional no necesariamente está haciendo del mundo un lugar mejor”.

¿Podrá Silicon Valley, que ha redefinido la forma en que vivimos, redefinir también nuestra definición de éxito, por la cual sus empresas son en gran parte responsables? Muchos de sus principios—Hacer más con menos, el crecimiento y la eficiencia—son importantes y en algunas cosas soy uno de los principales proponentes de los mismos. Pero no a cambio de la dignidad humana. No a cambio de asignar un valor monetario a la vida de una persona.

Liam parece ser un creyente, y por eso se ha mudado aquí. Como emprendedor, quiero poder pensar lo mismo.

6. Santa Rosa

De regreso de San José y tras reencontrarme con Alberto en San Francisco, hemos llegado a Santa Rosa, donde por la siguiente semana descubriré un poco de Sonoma County y las maravillas que tiene para ofrecer —la costa rocosa de Bodega Bay, numerosas rutas de hiking, un pintoresco centro histórico y numerosos edificios que representan el legado de uno de sus residentes más ilustres, el creador de memorables personajes como Charlie Brown y Snoopy Charles M. Schulz.

Hemos alquilado un par de habitaciones en casa de Diane, una agradable y jovial dama californiana de ascendencia austriaca y cuya hija Isabella es una aspirante a celebridad que dividiendo su tiempo entre Santa Rosa y Los Ángeles ha trazado un camino ascendente en la industria de la música. Al llegar de inmediato me ofrecen una copa de vino, la cual pensé en rechazar, pero finalmente acepté, no sin antes advertirles a ambas que una vez aceptada la primera copa, sería difícil que no hubiera una segunda, tercera, y más, y que por eso no me hacía responsable.

“En eso somos iguales”, me dice Diane, sonriendo. Comenzamos al unísono de buenos deseos y el sonido de cuatro copas chocando entre sí.

“Por el placer de conocerlos y tenerlos en casa”.

La antigua estación de tren de Petaluma & Santa Rosa, en Santa Rosa, California. Foto: Wikimedia Commons

Todo lo que se tiene que saber sobre el estatus actual del mercado de bienes raíces californiano se resume en esto: Diane es propietaria de una residencia de cuatro habitaciones, y dados los precios del mercado actual —hay numerosas compañías establecidas en los alrededores, lo que significa una alta demanda de habitaciones principalmente para ejecutivos y empleados de las mismas— renta las cuatro recámaras y opta por dormir en un sofá recién instalado en su garage.

“El dinero es imposible de rechazar, y además, al menos así puedo conocer personas de diferentes orígenes, ya que para mí hoy es complicado viajar”. Parte de esos ingresos, nos relata, ayudan a fondear la carrera artística de Isabella.

A sabiendas de mi afición por la convivencia con la naturaleza y que justo hemos estado en el área de Shiloh Ranch, Diane nos cuenta sobre cómo la severidad de los fuegos que se suscitaron en las inmediaciones recientemente consumieron más de seis mil hogares en la región, reduciendo a cenizas muchas de las reservas naturales que desde entonces han sido reforestadas.

“La naturaleza nos ha enseñado el significado de la resiliencia. Santa Rosa, que ha sido de las zonas más afectadas, es una comunidad muy fuerte. Porque estamos acostumbrados a levantarnos”, exclama Diane, frase que desemboca en una discusión filosófica y profunda entre madre e hija que asumo normalmente tiene lugar cuando no hay invitados. La dialéctica pronto cambia de dirección.

“Lamento interrumpir”, enuncia Isabella, “pero un buen amigo, Dave, es el DJ de turno en una taberna en Sebastopol, no muy lejos, y creo que sería divertido para ustedes”:

Es un día hábil, es la una de la mañana, pero aún así accedemos.

“Bien. Ahora, esto es lo que deben saber!”, asevera Isabella a la par que nos instruye en lo que podemos y no revelar de alguien que en los próximos años se visualiza en los escalafones más altos de Hollywood. “Si alguien pregunta, sigo viviendo en Los Ángeles, mi edad no se menciona, ni tampoco ninguna anécdota de las que platicamos que pueda dañar mi imagen como artista. Eso, y estamos listos para irnos. De acuerdo?”.

Alberto y yo asentimos. Por un lado me entristece ver como nos hemos convertido en una sociedad que pudiera destruir la carrera de una artista emergente con cosas tan triviales. Si su arte es bueno —lo cual también es subjetivo— ¿Por qué debiera importar lo demás?

Pero me cae bien Isabella. Y le digo por qué. Por que a mi también me molestan de sobremanera las preguntas cuyas respuestas la gente cree que revelarán todo, pero que en realidad nos dicen poco o nada. Yo, a pesar de que no soy un artista emergente en Hollywood, también evado o miento cuando alguien me pregunta mi edad, el porqué de mi acento en inglés o en español, mi lugar de nacimiento, o si tengo ascendencia árabe. Creo que eso no revela nada de quiénes somos en verdad.

“Exacto!”, dice ella, agregando, “Toda historia auténtica es rara cuando alguien no es famoso. Pero una vez que lo eres, sólo eres excéntrico. Y entonces la gente te admira más. Entonces, una vez que llegue a donde quiero estar, ahí puedo contarlo todo”.

Guiña el ojo, y con eso nos vamos. Nuestro conductor ha llegado y la madrugada nos espera en Sebastopol.

7

Ha sido una noche interesante. Son las cinco de la mañana, y apenas hemos retornado a nuestro lugar de pernocta. Escribo esto desde el jardín frontal, acabando de haber pasado uno de los momentos más convulsivos de la ruta. Sí, es cierto que el ir ligeramente pasados de copas ha sido factor para que la discusión haya sido acalorada. También el que físicamente he terminado muy desgastado para poder participar dentro de la misma. He simplemente sido un testigo presencial de lo que considero un retrato perfecto de las diferencias de opinión que hoy en día dividen a los Estados Unidos en dos espectros completamente polarizados.

Antes de continuar, una nota: algo que me ha sorprendido de esta región californiana—no así de otras ciudades que he visitado—es que la mayoría de los conductores, sea de Uber, Lyft, o algún otro servicio similar, son hombres de la tercera edad, quienes rondan las calles en la madrugada buscando pasajes largos, como el nuestro, porque claramente, a esta hora se pagan más.

De entrada, Raymond, quien pasadas las cuatro nos ha recogido en HopMonk, se ha comportado agradable, aunque no tardó mucho en quejarse sobre su situación. Raymond nos cuenta sobre las dificultades de su vida, que por su precaria situación financiera como joven debió ir a pelear en Vietnam, y que sus beneficios de veterano ya no son suficientes para sostener un estilo de vida decente que le permita relajarse, por lo que sale a manejar buscando una avenida para complementar sus ingresos.

“Cuando vas al supermercado pensando si el saldo que queda en la tarjeta será suficiente para lo básico”, vocifera Raymond, visiblemente enfadado, “ahí es cuando sabemos que ya estamos mal. Que algo tiene que cambiar”.

Sebastopol, California. Foto: Stephen Gold / Wikimedia Commons

En el vehículo vamos Isabella, Alberto, y yo en el asiento trasero, y Dave en el asiento de copiloto.

Dave cuestiona de inmediato.

“¿Y considera usted que las cosas están cambiando?”.

Raymond no demora en responder.

“Sí. Creo que Donald Trump está haciendo un gran trabajo. Nos está devolviendo nuestra dignidad. Si yo fuera él, ya habría corrido a todos los extranjeros. Están acabando con nuestro país”.

Quizás no está consciente que atrás habemos dos, y su comentario me ha tomado un poco de sorpresa, y quizás por eso, quizás por alguna otra razón, en ese momento elegí no responder.

Tanto Dave como Isabella son de corte completamente liberal, y Dave no tarda en responder a gritos ante las exclamaciones de nuestro conductor de turno. El debate rápidamente sube de tono, con amenazas de un altercado físico, pero en el asiento de atrás, impera el silencio. Dicen que el alcohol, cuando no nos ciega, nos pone más en contacto con nuestros sentimientos. Y posiblemente por ello entiendo la rabia que Raymond debe sentir cuando en la fila del autoservicio se tensa por saber si su plata le alcanzará o no. Cuando las cosas no nos salen, es muy fácil buscar a un tercero que sea responsable. En este caso el extranjero. Y cuando el extranjero no esté más, será otra persona, otra cosa, todo con tal de evadir enfrentar la impotencia.

Pero algo que no nos dicen tan seguido es que cuando ese odio no encuentra odio en dicho tercero, se detiene ahí, quedando suspendido en el vacío. Y es ese el primer paso para disolverlo.

A una velocidad récord, guiada por la rispidez de las interacciones, hemos llegado de Sebastopol a la comunidad de Larkfield-Wikiup, nuestro hogar temporal. Al descender del Honda Accord de Raymond, simplemente le digo, firme, en español.

“Gracias”.

Por los siguientes minutos se queda estupefacto, su carro inmóvil en el cul-de-sac de Tunney Place. Hasta que de la ventana se puede apreciar como re-enciende el motor, y parte para continuar su jornada laboral por las autopistas californianas.

8. Carmel-by-the-Sea

Hemos salido a manejar desde temprano. Hoy, además de Alberto, me acompañan John y Danny, ambos de origen filipino y vicepresidentes de un reconocido grupo aeroespacial en California. Nuestra primera parada, un poco apresurada por el hambre y otras necesidades fisiológicas, ha sido en un McDonald’s cercano al Embarcadero en Oakland.

Imágenes tristes, pero imborrables—Las tiendas de campaña, una tras otra, en fila india entre cajas, escombros, y restos de comida. La fila delantera con los privilegios de vista a la bahía. Se estima que en campamentos similares, en la demarcación de Oakland hay más de tres mil personas sin casa. Dos Jeep Cherokee de la policía vigilan sigilosamente, y me miran sospechoso al ir conduciendo despacio por la zona, buscando un lugar donde parar. Dan un trago a su café, también con el logotipo de McDonald’s, y vuelven la vista a la costa. ¿Serán los campamentos del Embarcadero otra fortaleza impenetrable, un lugar donde la institución encargada de proteger a los marginados ha quedado marginada de su territorio?

La mayoría de los clientes del McDonald’s donde nos hemos detenido hablan al teléfono en idiomas diversos, y por lo poco que se entiende en aquellas lenguas de las que se tiene comprensión, se quejan del arduo trabajo, del poco dinero que les queda para enviar a sus familiares en sus países de origen, y aún unos meses de concluida la temporada de la NBA, se quejan amargamente sobre la derrota de los Golden State Warriors en contra de Toronto. Sí, es cierto que Curry, Thompson y compañía son una de las generaciones doradas de la historia moderna del baloncesto. Pero la derrota en el cercano Oracle Center pegó duro en los ánimos de una población que, sacudida por todos lados—vandalismo, criminalidad—ve en el deporte un bálsamo, un escape para sentirse parte de algo que, contrario a lo que se infiere de sus vidas personales, no marcha del todo mal.

Monterey Bay, California, en 1972. Foto: US Environmental Protection Agency (original).

Segunda parada de la mañana: Monterey Bay. Anteriormente conocida como “la capital mundial de la sardina”, Monterey es un espectáculo natural, las blancas arenas de la bahía rodeadas de cipreses y sequoias contrastando con las llamativas villas pesqueras de Old Fisherman’s Wharf.

En palabras de John Steinbeck, en Cannery Row: Monterey es un lugar, un ruido chirriante, una calidad de luz, un tono, un hábito, una nostalgia, un sueño.

Nostalgia. Me imagino es lo que deben sentir los habitantes de un pueblo que, siendo considerado un oasis natural, el día de hoy, mientras comemos en el boyante The Fish Hopper, se satura poco a poco de automóviles de lujo y de colecciones de antaño que vienen para el show de turno. Una pena, porque una vez que llegan se siente el efecto nocivo del ruido en el otrora apacible refugio litoral.

Buscando tomar asilo de esta invasión no prevista, al llegar a Carmel he caminado sin parar a Carmel Beach, donde, de paso, me he topado de frente a un personaje político latinoamericano bajándose de un deportivo convertible a la alfombra roja del mismo evento de carros. Aunque no quiero hablar más de él, me intriga el origen de los recursos con los cuales está aquí.

A pesar de la niebla y el leve viento que nos visita, desde la playa se observa todo con otra perspectiva. He corrido sin parar por algunas millas, y puedo observar que, cuando no hay interrupciones, Carmel es un encantador pueblo donde las artes, la espiritualidad, el amor por los perros y la diversión conviven en plenitud, lo que, a lo largo de la historia, ha atraído residentes ilustres como Clint Eastwood, Jack London, John Madden, y Ansel Adams.

Tras un necesario descanso, decidimos regresar.

Camino de regreso: Atropellado, con un exceso de tráfico notorio por los numerosos eventos que se suscitan en las inmediaciones. Sin embargo, vistas aún imponentes. Pebble Beach.

En algún punto de la 101 californiana: El estéreo de la Ford Explorer sonando fuerte. Todos cantando al unísono.

La canción: The Eagles, Love Will Keep Us Alive.

9. Los Ángeles

Estoy por aterrizar en el aeropuerto de Los Ángeles, y aún me quedan algunas impresiones por narrar. Ayer, en Santa Rosa, en el Warm Puppy Cafe. Ubicado en las inmediaciones del Redwood Empire Ice Arena y conocido como Snoopy’s Home Ice, el café adyacente al museo Charles M. Schulz fue sede de una triste interacción, la cual presencié mientras trabajaba desde mi ordenador en una de las mesas, desde donde escuché el estruendo de varios platos estrellarse en el piso. A posteriori, la cajera y uno de los empleados de cocina intercambiaron gritos, insultos, y una vez más tranquilos los caldeados ánimos, quejas sobre su precario salario y pocos beneficios que reciben a cambio de sus arduas jornadas laborales. Me pregunto lo que Charles M. Schulz, que tanta felicidad trajo a muchos con su arte, pensaría al respecto si estuviera vivo.

De camino, al salir de LAX.

Hoy no estará Elise, pero sí estarán mis apreciados amigos Antoine, escritor, y su esposo Robert, con quienes hablaremos sobre la importancia de crear, de poner nuestras historias en papel. Recientemente desembarcados de Toronto, hoy son mis anfitriones y me da gusto verlos con entusiasmo acerca de todas las bondades que atesora California y la vida en esta región.

Cercanos a su residencia de West Hollywood se encuentran numerosos puntos de referencia, y al salir a caminar con Antoine desayunamos en Norm’s, un diner cuyo interior ha sido utilizado en numerosos shows de televisión, y conforme se acerca el ocaso, iremos a ver un evento conmemorativo de Bruce Springsteen en Whisky a Go-Go, un club nocturno que fuera la punta de lanza para numerosas bandas como The Doors, Van Halen, Guns N’Roses, y No Doubt, y donde Antoine cuenta que hace unos días se ha presentado Lady Gaga, impromptu. Recorriendo Sunset Boulevard se pueden observar, afuera de cada establecimiento, las numerosas placas conmemorando a la diversidad de artistas que han dejado huella en los mismos.

Whisky a Go-Go, Los Ángeles. Foto: Mike Dillon / Wikimedia Commons

Dentro de la plática, Robert, quien es un reconocido abogado de inmigración, me platica sobre las complejidades que han surgido para emigrar a Estados Unidos desde la llegada de la actual administración, y cómo esta medida puede dañar la economía norteamericana, pues, relata, “las empresas más afectadas son las empresas pequeñas, lo que afecta la llegada de nuevos emprendedores que tienen ideas que posteriormente buscarán explotar en otro lugar que les abra las puertas”.

A pesar de esto, Antoine me recuerda que West Hollywood es un municipio con un amplio respaldo a las minorías, y que dentro del mismo la comunidad se ha organizado para contrarrestar muchas de las medidas discriminatorias del gobierno federal, tanto comprometiéndose a respetar los acuerdos de París frente al cambio climático como, de la misma forma, en un desafío más simbólico, votando para remover la estrella de Donald Trump del paseo de la fama de Hollywood.

En West Hollywood, ante el autoritarismo, triunfa el poder de la comunidad.

10

A poco más de cuarenta millas de West Hollywood, en el área de Claremont, es donde en 2014 cometiera suicidio el aclamado escritor David Foster Wallace. Su obra maestra, Infinite Jest, habla sobre una sociedad norteamericana que poco a poco muere de adicción al entretenimiento, y es considerado un interesante prefacio a una sociedad que hoy se hunde en demasiado contenido que en su mayoría aporta poca sustancia y profundidad.

Su novela póstuma, The Pale King, que toma lugar en un centro del Internal Revenue Service (IRS) en Peoria, Illinois, por el contrario, narra sobre el tedio de una sociedad que poco a poco languidece de aburrimiento y monotonía.

Una lleva a la otra.

En el autobús de regreso de Century City tengo el placer de conocer a Elaine, una profesionista en el área de bienes raíces que recientemente ha optado por utilizar el transporte público para ir a trabajar, en vez de su automóvil. Reside junto con su hija en el área de West Hollywood, a pesar de que ella labora como profesora en una escuela de la región de Pasadena. Se han mudado juntas después de la terminación de sus respectivas relaciones.

“Mi hija trabaja doce horas al día. Maneja una o dos horas para llegar al trabajo, y en ocasiones, otras dos para volver. ¿Qué hace cuando regresa? Ve Netflix. Todas sus tareas las automatiza para que se puedan realizar sin que ella tenga que salir del hogar. Su supermercado, artículos que necesite, todo está listo en la puerta de su casa para cuando regrese de laborar. Y al día siguiente, repite la misma rutina”.

Además de Infinite Jest y The Pale King, uno de los trabajos más aclamados de Wallace es This is Water, discurso que leyera en la graduación del Kenyon College y que a la postre creciera en popularidad. Esto es agua habla sobre la importancia de ser consciente, y sobre la elección que cada uno tenemos para transformar momentos de hastío y frustración en oportunidades para ser más consciente y para desarrollar nuestra empatía y entendimiento.

Venice, California. Foto: Blake Everett / Wikimedia Commons

Hoy, en mi última mañana en Los Ángeles, he tomado un taxi hasta Santa Mónica y caminado a la orilla del mar hasta Venice. Es un día realmente cálido y húmedo, pero no importa. De la misma forma es un día lleno de encuentros fortuitos, de personas como Lynn Bledsoe quien al escucharme hablar en inglés no duda en vitorear.

“¡Eres de casa!”.

“¿Dónde es casa?”.

“Yorkshire. Cerca de Leeds”.

“Puede ser”.

Y entre sonrisas nos despedimos, para continuar mi camino por el carnaval de artistas y vagabundos que es Venice Beach. En los últimos meses he presenciado este océano desde diversos puntos de vista, el mismo océano que Elise viera desde Newport, el mismo que, desde el área de la bahía de San Francisco, inspirara las palabras de Kerouac, de Alan Watts, de Ginsberg, entre muchos otros. El mismo océano que da tranquilidad, que crea ese centro en el cual es posible procesar lo vivido, para con calma poder pasar al siguiente capítulo.

En la continuidad de la vida, el mar llena esos espacios, los intermedios, con un silencio reconfortante que nos recuerda que el tiempo es relativo, que la solitud no es lo mismo que la soledad. Mañana no estará más desde esta óptica, y quizás por eso trato de describirlo, en un fútil intento de llevarlo conmigo, y mientras lo hago pienso que por eso me agrada ser escritor. El escribir nos permite dejar ir los momentos para enfocarnos en nuevos, sabiendo que los nuevos podrán tener los viejos impresos en papel.

¿Qué podría decir el océano si hablara?

El mundo se acaba y comienza, y el mar continúa, un conjunto de olas donde convergen las historias que se escribieron, las que se escriben en este momento, y las que se escribirán.

“Esto es agua”.

Born in Mexico, re-born in Canada, and a global citizen and part-time digital nomad, Javier Ortega-Araiza is a serial entrepreneur who has founded companies in the tourism, education, and financial technology space, always with the intent of building bridges and increasing the social impact engagement of the business community. He is also an engaged community leader serving on the Board of Directors of several not-for-profits in the GTA and abroad and a Visiting Professor in Social Entrepreneurship in Universities in Canada, the United States and Colombia. Javier Ortega-Araiza is a lifelong traveler, writer and documentarist who contributes on business & innovation, politics, travel, sports, and stories of people being people.