La mayoría de los jóvenes abandonan sus estudios poco después de la secundaria en el municipio de General Escobedo. Foto: Carlos Arellanes

En una parada de camión de la avenida Aztlán, en el municipio de General Escobedo, donde la mayoría de los taxis se niega a entrar de noche, un joven disimula su incesante cabeceo frente a una muchedumbre que hace fila para abordar el transporte público. Seis veces a la semana se levanta a las cinco de la mañana, desayuna y pone pie fuera de casa para comenzar su día. Elías, de 17 años, es el mayor de tres hermanos. Es delgado, bajito y está orgulloso de su positivo estado de ánimo, que no interrumpe pese a la difícil situación que vive su familia.

A las 6:03 horas consigue abordar el primero de cuatro autobuses que lo llevarán a la construcción en donde trabaja. Después de tomar asiento, Elías coloca su mochila sobre sus muslos, saca su libreta de matemáticas y aprovecha el trayecto para terminar su tarea.

“Las derivadas están siendo mi coco éste semestre”.

Las jornadas son largas. Pareciera que sus días tienen más de 24 horas. Con mucho esfuerzo se las arregla para combinar su trabajo como albañil y sus labores como estudiante. “Estoy trabajando en la obra y no alcanza para la comida. En mi casa me dicen que soy la gran esperanza de la familia porque soy el único de mis hermanos que continúa estudiando, comenta Elías mientras batalla con una ecuación”.

Por su mente han desfilado distintos escenarios. Pasar el resto de su vida siendo un obrero, terminar siendo una víctima de la violencia en su barrio o ganarse la lotería, pero no le gusta dejar su vida al azar. El escenario que más le gusta es aquél en donde no se rinde. Madrugar todos los días para ir a trabajar, apoyar a su familia con su salario, no delinquir en una de las zonas más violentas de Monterrey, ser el único de sus amigos que no consume drogas y continuar con sus estudios de preparatoria; es un caso insólito en su círculo inmediato.

Elías es uno de los pocos jóvenes mayores de 15 años en General Escobedo que continúa con sus estudios. Según datos arrojados por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, el grado de escolaridad promedio en el municipio es de 9.4, lo que significa que la mayoría de los jóvenes abandonan sus estudios poco después de la secundaria.

“Tengo el sueño de entrar a una carrera y graduarme. Así los demás también van a ver que sí se puede y no se van a rendir”.

Día tras día, Elías se ve atrapado por un entorno del cual le es bastante difícil liberarse. En muchas de las casas en Fomerrey 116, colonia donde reside, no hay drenaje, ni luz, ni banquetas. Ahí conviven alrededor de mil 800 jóvenes pertenecientes a unas 400 pandillas que a veces son reclutados por el crimen organizado, afirma el periódico El Universal. Tan solo la semana pasada asaltaron a tres de sus vecinos y, hace no mucho, su mamá fue víctima de un atraco a mano armada mientras se dirigía a su trabajo.

Debido al alto índice delictivo en la zona, resulta extraño ver a los niños jugando en la calle, son más bien los miembros de las pandillas quienes se han apoderado del espacio público y han mandado a casa a las familias. “Hay mucha inseguridad y demasiados asaltos. Hace poco asaltaron a mi mamá en su camino al trabajo. Eso me da mucho coraje y me preocupa mucho que le vuelva a pasar algo”.

Después de cuatro autobuses y un trayecto de más de dos horas, Elías llega a la construcción donde labora. No dan las nueve de la mañana y el sofocante sol de Monterrey ya comienza a asomarse. En las inmediaciones del complejo, circulan hombres cabizbajos que regresan a trabajar después de un vía crucis en el transporte público, sin embargo, su estado de ánimo cambia cuando ven a Elías. Algunos saludan desde lejos y entre risas advierten que él es una mala influencia:

“Oiga, no se junte con este huerco, está bien curado. No hace otra cosa más que cantar y siempre anda contando chistes, se le va a pegar lo loco, menciona un tal ‘Chuy’.

Es el más joven de todos los que trabajan en la construcción, pero a sus 17 años de edad tiene más madurez que el resto de sus compañeros y entiende que la felicidad da luz en un mundo tan sombrío como en el que vive. “Soy muy feliz con la vida que tengo, no me falta nada. Me gusta relajarme y contar chistes, procuro ser divertido y hacer reír a los demás. Creo que aquí las personas necesitan reírse más y olvidarse de todas las preocupaciones que tienen en su vida. Aquí necesitamos más sonrisas”.

Desde lejos se escucha el rugido de las máquinas que empiezan a mover materiales. La desgastante jornada de Elías sigue su marcha. No regresará a casa hasta las diez de la noche. Pasado el mediodía tomará otros tres camiones que lo lleven a su preparatoria, donde estudiará hasta las siete de la tarde. De ahí, otros dos autobuses lo dejarán en la misma parada donde en la mañana cabeceaba para combatir el sueño. Su plan es terminar una carrera, conseguir un trabajo y encontrar la manera más eficiente para sacar a su familia para de la pobreza.

“Por eso quiero terminar una carrera, para que ya no tengan que trabajar más. Mi familia lo es todo, ellos son lo más importante en mi vida. Me la voy a partir por ellos”.