LITERATURA HISPANA EN CANADÁ
En la soledad de un cielo muerto

La primera novela del escritor mexicano Laury Leite, que vive en Toronto desde hace ocho años, es una reflexión sobre su país de origen desde la distancia física y emocional del expatriado. Sus reflexiones tratan sobre el desarraigo y la falta de “un lugar en el mundo”, desconcierto existencial que siente un mexicano que emigró primero a España y después a Canadá.

El escritor mexicano Laury Leite vive en Toronto desde hace ocho años. Su primera novela “En la soledad de un cielo muerto” ha sido editada por La Pereza Ediciones. Foto: Facebook

He oído que la diferencia entre migración y exilio está en las causas, que un emigrante deja su tierra por razones socioeconómicas y un exiliado por circunstancias políticas. Como distinción más o menos operativa, vale, aunque para mí la verdadera diferencia estaría en los efectos, especialmente en la posibilidad de retorno. Un emigrante tiene un espacio al cual regresar, y a menudo lo hace cargado de anécdotas y regalos. Un exiliado no tiene adonde volver. Sea por certidumbre de cárcel, tortura o bala, sea por dignidad, malestar o amenaza, un exiliado renuncia al estado actual de su tierra y casi nunca regresa, si alguna vez lo hace, hasta que cambie.

Para rebatirme el concepto, luego están quienes emigran como si les fuera la vida y retornan con ánimos de exiliado a un lugar que cambió, sí, pero que sigue siendo el mismo donde no se hallaban. En buena medida, esa es la historia que propone En la soledad de un cielo muerto, (La Pereza Ediciones, 2017), de Laury Leite.

Tras estudiar, emprender y fracasar en Madrid, “la ciudad de los muertos”, André Urrutia regresa a una Ciudad de México que llama una y otra vez “la cloaca”, entre comillas muy suyas. Lo recibe su madre, quien no tiene nombre (¿para centrarla en la maternidad?), y cuyo pensamiento abunda en paréntesis (¿para distinguirla formalmente del hijo?). Juntos lidian con el proceso de reinserción y búsqueda de empleo. Hay rechazos, desencuentros, muertes y hasta sexo (no entre ellos), pero el grueso de la novela es menos lo que pasa y más lo que piensan. A decir verdad, la leí como una inversión de Lucas 15:11-32, como una curva de reflexiones y revelaciones que a la postre neutralizan el deseo de romperle la madre al hijo pródigo. Ah, y alterna narradores, personas y progresiones temporales. A ver, ¿cómo lo digo para no espantar a los amantes del tren rápido y la línea recta? Sin ser literatura experimental, tampoco es lectura de playa.

Literariamente hablando, En la soledad forja una aleación de existencialismo con nouveau roman. Pesimismo, ritmo pausado, cuestionamientos vitales + desorden cronológico, escasa acción y objetividad distante. Eso me quedó de miedo. Voy de nuevo.

No es que el autor no desarrolle los personajes y avance la trama, es que (sospecho parentéticamente, como la madre) prefiere explorar estilos y problematizar nociones como el regreso, la pérdida, la familia y los monumentos que la memoria levanta para preservar sólo el pasado que permite tolerar el presente. Dicho en citas, estamos frente a narradores-personajes que se rehúsan a “conmemorar su propia ineptitud para erigir una nueva vida de forma independiente”, a mantener “una relación mercantil con su entorno”. Ya eso suena mejor, aunque si lee las primeras páginas y se engancha, adicto lector, tiene usted todo mi respeto, mi aprecio y mi sugerencia de ir al médico a que le atiendan la depresión. En la soledad no es una novela que deba leerse a la ligera ni juzgarse por el inicio lento. Toma bastante comprender por qué el narrador del primer tercio necesita justificar su omnisciencia.

En la soledad de un cielo muerto no es una novela que deba leerse a la ligera ni juzgarse por el inicio lento.

Entonces, ¿nos gustará? (me consultan potenciales multitudes de ambos continentes). ¡Qué sé yo! (respondo rechazando el manto oracular). Quizás la manera más certera de predecir si le gustará la obra de Laury Leite es preguntarse si le gusta Proust. Salvando las consabidas distancias, En la soledad exhibe el influjo de À la recherche du temps perdu: fraseo largo y poético, introspección, insomnio y más introspección, padre sin mucha importancia, comentarios musicales, obsesión con el tiempo, con los recuerdos, y un etcétera que excluye seducciones lésbicas y magdalenas.

Otro influjo (a rather peculiar one, for a Proustian) sería el idioma inglés. En ocasiones la prosa incurre en usos y términos que llamaré anglófilos, en lugar de anglicistas. Venga un ejemplo. “Era una persona privada”, nos dice el primer narrador de André, y si bien la expresión evoca una figura legal (¿o una persona que pertenece a sí misma?), en el contexto no es difícil determinar que se trata de un calco lingüístico: he was a private person, es decir, una persona reservada. Como hispanohablante inmerso en Norteamérica, comprendo y reconozco instancias similares. Como profe neurótico, temo el día en que deje de notarlas, de advertirlas (y no de “remarcarlas” = subrayar ≠ to remark). ¿Quién sabe?, a lo mejor ese día fue ayer y no me percaté.

Obsesiones privadas aparte, En la soledad de un cielo muerto anuncia un escritor a considerar. Me consta que trabaja en una segunda novela y, tras leer este debut prometedor, tengo ganas de ver adónde lleva esa doble migración que es hacer literatura, en español, desde Canadá.

Freelance translator, professional gamer, Spanish professor and McGill alumnus (PhD'16). Has published a bunch of gratuitous essays and a book of short stories, Oscuros varones de Cuba (Armada, 2017), worth its weight in atoms. Lives in Montreal.