Plaza de la Constitución en Ciudad de México. Foto: Creative Commons

Estoy segura de que todos los mexicanos que vivimos el terremoto del 19 de septiembre de 1985 recordamos con exactitud aquel momento en que el país cambió para siempre. Recordamos no solamente el sitio preciso en el que nos encontrábamos (rumbo al trabajo o la escuela o alistándonos en casa, porque eran apenas unos minutos después de las siete de la mañana), sino quién estaba con nosotros, lo que vestíamos, quizás, y cómo se movían los edificios, las lámparas, los muebles y todo a nuestro alrededor. La Ciudad de México, ciudad corazón de agua acostumbrada a inundaciones y aguaceros, está en una zona sísmica y los temblores son cosa frecuente, pero el de aquella lejana mañana hace treinta y dos años fue aterrador. Y esa sensación, amén de la impotencia ante la fragilidad de la vida y de todo lo que uno suele dar por sentado, se nos quedaron grabados a flor de piel, ahí donde también se guardan los recuerdos de los grandes amores y los momentos felices, listos para revisitarse ante la menor provocación. Es por eso que los dos terremotos que acaban de azotar a mi país han sido devastadores, porque no solo volvieron a destruir edificios y a arrancarnos a seres amados de entre los brazos, sino que nos han hecho enfrentarnos a aquellos terribles recuerdos y darnos cuenta de cuánto hemos cambiado como personas, y cuánto sigue igual como país.

No pretendo, por supuesto, anteponer mi sentir y mi experiencia a los de aquellos que están en México enfrentando la catástrofe de primera mano. En 1985 yo tenía catorce años y no podía siquiera imaginar el terror ante la pérdida de un hijo atrapado en los escombros de su escuela. Hoy, madre de tres, he sido incapaz de contener las lágrimas ante las noticias de los muchos pequeños muertos en una escuela al sur de la ciudad, un plantel que al parecer fue construido violando las leyes para ahorrar costos sin importar que se arriesgara la vida de quienes ahí estudiaban y trabajaban. Hoy, mexicana viviendo fuera de mi país amado, he pasado noches en vela siguiendo las noticias, sintiendo que debería estar ahí, ayudando a llevar víveres y medicinas y abriendo mi casa a quienes han perdido la suya. Y es imposible sentir una especie de culpa por estar lejos, una angustia mezclada con nostalgia porque quienes estuvimos allá en el 85 sabemos, porque la traemos también a flor de piel, a qué sabe la solidaridad del pueblo mexicano, del ciudadano de a pie que sale a regalar sus tacos y tamales para que la gente que se juega la vida entre los escombros recupere la fuerza, del ciudadano de a pie que abraza a un desconocido y le sonríe y le extiende la mano porque así somos nosotros, gente buena que ha sobrevivido no solo terremotos sino décadas de gobernantes corruptos, de indiferencia y, últimamente, criminalidad, y que a pesar de eso (o quizá precisamente por eso) sabe cuánto significan los pequeños gestos, el estar hombro a hombro en la calle, las lágrimas que brotan cuando uno oye “ya no vengan, hay demasiados voluntarios aquí” o “ya no traigan comida a este lugar” porque nos hemos desbordado en generosidad y se nos ha ido la vida en estos dos días en ayudar. En dar lo mejor de nosotros mismos, que es mucho y ya casi ni nos acordábamos de tanto que hemos estado desconfiando unos de otros. Acaso sea este el bien que venga de tantos males: que así como recordamos el terror que imprime la Madre Naturaleza en sus peores momentos, también hemos logrado revivir nuestro espíritu solidario, nuestro orgullo por ser mexicanos, nuestra profunda necesidad de sabernos hermanos.

Para quienes estamos lejos y vemos las fotografías y los reportes de las cadenas humanas removiendo escombros bajo lluvias torrenciales, brazos en alto con el puño cerrado pidiendo silencio y con el corazón latiendo fuerte con la esperanza de encontrar vida, mujeres de la tercera edad cargando cajas de víveres y todos esos gestos y actitudes solidarios (yo llevo las cobijas, tú preparas los sandwiches, vamos en mi moto, relevemos el turno de las dos de la mañana), la sensación de orgullo invade como una enorme ola que anega la mirada y golpea con la fuerza de la impotencia por no poder estar allá, donde se nos ha ido el alma.

No quiero hacer de estas líneas un panfleto político. Está claro para todos, allá y acá, que una vez más los héroes del momento han sido los civiles, los ciudadanos que se han organizado de inmediato para canalizar ayudas y poner manos a la obra. Nosotros, la población civil, tenemos el poder y la obligación de reconstruir México una vez más y convertirlo, ahora sí, en el país que merecemos y nos merece. En el 85 el lema era “México sigue en pie”. Estoy convencida de que en 2017 es así también: no hay catástrofe que logre derrumbar el espíritu del pueblo mexicano. Al contrario. Reconstruyamos, pues, teniendo siempre presente el recuerdo de esta hermandad recuperada que nos ha hecho sentir tan orgullosos, tan llenos de esperanza, tan con ganas de llorar de alegría y de orgullo en medio de tanta tristeza. Estoy segura de que hablo por muchos cuando digo que hoy más que nunca me siento agradecida por ser mexicana. Por llevar en mi ser esta sangre generosa y esta esperanza terca que impide la derrota. Por comprender en cuerpo y espíritu lo que significa para nosotros estar juntos “en las pedas y en los pedos”, y que es verdad eso de que a la patria el cielo un soldado en cada hijo le dio, porque hoy todos militamos en el mismo bando y a favor de México. Es tanto lo que quisiera decir, pero se me nubla la mirada y me arde la distancia. Gracias, compatriotas, por todo lo que están haciendo allá. Gracias por arriesgar sus vidas buscando entre los escombros a quienes quedaron atrapados, vivos o muertos, porque todos los lloramos. Gracias por compartir su comida, sus sonrisas, su naturaleza generosa. Gracias por hacer cadenas humanas que atraviesan fronteras y nos tocan el corazón hasta tan lejos.  Gracias por devolvernos la esperanza y recordarnos de lo que somos capaces. Gracias, mi México amado, por la más sencilla de mi gente, porque es por ellos que seguiremos en pie. Siempre.