Desde 2007 Creimer forma parte como editor y colaborador del colectivo literario hispano-canadiense “The Apostles Review”, una de las revistas de literatura en lengua española con mayor regularidad y longevidad.

Lo primero que leí de Diego Creimer fue Río abajo, un cuentito matricida publicado en The Apostles Review número 18. Me impresionó el tono y más el tema porque matar al padre es obligación desde Sófocles, pero las madres suelen quedar para la virtud o el incesto. Qué bueno, me dije, ya tenemos nuestro cuentista extraño. De Argentina, para rematar, tierra fecunda del subgénero. Luego vi que tenía una colección, Reconstrucción de hechos (Lugar Común, 2016), y  contradiciendo mi prédica decidí no comprarla. A veces hago eso, ora por superstición y a deshora por supervivencia. Gasto demasiado en librerías. Además, es un hecho muy cimentado en mi experiencia que si uno da lata por suficiente tiempo sobre un libro, algún familiar o amigo termina por regalárselo.

Así fue; llegó el mes pasado vía François, quien obviamente lo había manoseado bastante aunque lo trajo envuelto y con lazo, como si fuera nuevo. A caballo regalado, supongo. No me malentienda, suspicaz lector, adoro los libros usados y más cuando vienen anotados. Lo singular es el gato por liebre. Las anotaciones de Fran eran discretas, a lápiz tenue. Sur la trace de Maupassant, rezaba la última. A medias, escribí a continuación.

Portada del libro editado por “Lugar Común”.

Más que la extrañeza de Quiroga, del primer Cortázar o de Samanta Schweblin, algunos cuentos de Creimer recuerdan el naturalismo de Maupassant. Su éxito no depende del lenguaje ni de atmósferas, sino de tramas interesantes, de contar sin artificios un drama extraordinario en la vida de personas ordinarias. Quizás el gran ejemplo y uno de los mejores cuentos sea Yanko, el cuento de “un niño obligado a comerse su propio caballo”, como pone la contraportada, arruinando la sorpresa. Visto y comprobado: el mayor enemigo de un texto puede ser su paratexto.

Y hablando de paratextos adversos, me pregunto por qué Mariposas en el estómago incluye dos notas a pie de página (las únicas de la colección, por suerte), para explicarnos que porteño significa “originario de la ciudad de Buenos Aires”, y que mis viejos se refiere a “mis padres”. En la publicación original, The Apostles Review 6, no aparecen y el cuento no las necesita. ¿Qué lector modelo tienen en mente esas notas, un aprendiz perezoso del castellano? Acaso sugieren algún pragmatismo que se me escapa. Misterio.

Volviendo al estilo, no todo el libro sigue la huella de Maupassant. Un tercio  lo componen fábulas más o menos morales como Puntualidad inglesa, tan fábula que comienza con el consabido Había una vez en pretérito. O El recto proceder, la historia del malvado rey Poltrov y su virtuoso ingeniero Espiralov, que pareciera inspirada en la lectura con vidrio kafkiano de Los dos reyes y los dos laberintos, de Borges. O como  Mil quinientas chavetas, el cuento menos extenso y más moralista de la colección: ciento noventa y seis palabras para denunciar que el hombre es el lobo del hombre en el capitalismo industrial —y en cualquier otro régimen, agregaría yo. Aquí no está la cifra de máxima efectividad de Creimer. Sean fábulas o facecias, los textos muy cortos requieren un balance de síntesis y alegoría sumamente difícil de conseguir.

Su éxito depende de tramas interesantes, de contar sin artificios un drama extraordinario en la vida de personas ordinarias.

Tampoco ayuda pregonar la inclinación ideológica. Y no digo, Diego, que la literatura no pueda o deba ser arena de compromiso político. Digo que este tipo de textos sólo funciona desde la austeridad verbal y la abundancia simbólica. Digo que lo político, si arquetípico, dos veces bueno. Digo que Monterroso no escribió Cuando despertó, resintiendo los palos sufridos en la manifestación pero resuelto a seguir luchando por la dignidad proletaria, el dinosaurio todavía estaba allí.

Superiores son las piezas donde el autor combina naturalismo y crítica social con desapego y humor. Hablo de cuentos como El club o Puntos y comas, narrados con ironía agridulce, sine qua non de nuestros tiempos para conservar la cordura. Laurel aparte merece el espectacular La fiesta de los topos, que pasa del erotismo a la sevicia en cuestión de párrafos.

Otro mérito: a pesar de los altibajos exploratorios, Reconstrucción de hechos es un libro cohesivo. Diecisiete cuentos conectados entre sí por personajes que son secundarios o figurantes de unos y protagonistas o narradores de otros. Estas relaciones otorgan sentido adicional a los textos e incitan la relectura. En ocasiones el yo narrativo se asemeja tanto a un yo autoral que los hechos se perciben como un largo exorcismo o un ajuste de cuentas. Lo cual siempre es preferible a un panfleto o una monserga. Ignoro si el autor trama otro libro de cuentos. Yo tengo ganas de recibirlo y leerlo.

  • Latest Posts
Lizandro Arbolay Contributor
Freelance translator, professional gamer, Spanish professor and McGill alumnus (PhD’16). Has published a bunch of gratuitous essays and a book of short stories, Oscuros varones de Cuba (Armada, 2017), worth its weight in atoms. Lives in Montreal.
follow me