“En “Colección de tragedias y una mujer”, la primera novela de David Gil Alzate, el protagonista huye a Nueva York escapando del narco.

Anoche volví a escuchar el debate donde Roberto Bolaño rompe una lanza por la literatura universal. “La obra de un gran escritor jamás está ceñida a un país”, dice. “La buena literatura siempre es traducible”, insiste. En la esquina opuesta Raquel Olea hace lo que puede por la literatura nacional. Habla de la relación entre escritura y espacio, de complicidades de habla, de comunidades lectoras. Los comentarios al pie sugieren una mayoría que piensa, o al menos se piensa, como Bolaño. Yo tengo mis dudas. Quevedo hizo muy buena literatura y no conozco a nadie que aprecie Gracias y desgracias del ojo del culo en inglés o francés. Igual con Cabrera Infante y Tres triste tigres. Son escritores, entre tantos, cuya grandeza es prácticamente intraducible. Está ceñida al castellano, a sus contextos. Y enhorabuena.

La polémica tiene raíces fascinantes, pero no lo aburriré con el cuento de cómo Goethe, emparedado entre la hegemonía cultural francesa y el incipiente nacionalismo alemán, se sacó la Weltliteratur de la manga. Ni hablaré de las veinte mil leguas de colonialismo crítico que ha recorrido el concepto. Hilando basto, literatura universal es la accesible desde la categoría humano (sí, en masculino; ese es otro debate) mientras que la nacional apela al ciudadano, a veces al paisano y al vecino, incluso al hablante. Por supuesto, todos los libros tienen de ambas, pero casi todos tienden a favorecer una. Algunos, como El Quijote, la Ilíada o la Commedia, comenzaron siendo profundamente nacionales y con el tiempo desembocaron en la universalidad. Otros, como Cien años de soledad o El siglo de las luces, nivelan el espíritu y el barrio desde el inicio, a sabiendas. Son libros que parecieran zanjar esos debates estériles al balancear la literatura universal y nacional. Hoy quiero nominar a uno de esos equilibristas: Colección de tragedias y una mujer (Cámara de Comercio de Medellín, 2017), de David Gil Alzate.

“Colección de tragedias es una novela que engancha y no suelta hasta la última página”.

El título ¿para qué mentir?, no es muy feliz. Nadie llama a La Celestina por su nombre verdadero, Tragicomedia de Calisto y Melibea. Por algo será.

Título aparte, Colección de tragedias no son cuentos. Es una novela que engancha y no suelta hasta la última página. La leí en tres días de asombro. El protagonista-narrador tiene la voz-tono más pujante que he apreciado en años. Está escrita en una prosa tan nítida como sólida, y tiene un fraseo con dos cojines. ¿Lo más extraordinario? Es lo primerito que el autor publica. Así como le cuento: David Gil, un colombiano afincado en Montreal (temporalmente, pero no tema; desde ya lo reclamo para nuestra literatura cañadiense en nombre de Su Majestad la Reina), ha escrito una ópera prima que parece cosa de escritor consagrado. ¿Suena bien? Es mejor, aunque no puedo decirle que salga corriendo a comprarla, atlético lector, porque la impresión nominal de la Cámara de Comercio se agotó hace bastante. Pero no desmaye, Literatura Random House olió talento y anunció una nueva edición para el mes entrante. Haga su agosto: hágase el favor de comprarla y luego me agradece.

Colección de tragedias cuenta las andanzas de un paisa, profesor de filosofía por más señas, que huye a New York para escapar de un narco, Yesid “Aquiles” Rivera, empeñado en balearlo por haberse acostado con su novia, Yeraldín, quien también es alumna del profe. Dicho así, suena a historia de amor mezclada con picaresca y hasta cierto punto lo es, si bien el objeto del amor es otra mujer, la innombrable del título, y la picaresca es un recurso para contar la historia reciente de Colombia sin echarse a llorar. Ahora suena a novela denuncia, y tampoco. Si me apura, diría que es una novela nudista cuyo narrador se desviste de vanidades y recuerdos hasta quedar desnudo en “la central e incurable futilidad de todo ser humano”, por citar al Borges que siempre tiene a mano, hasta quedar apenas cubierto por el taparrabos afectivo del ciudadano. A leer y releer.

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Lizandro Arbolay Contributor
Freelance translator, professional gamer, Spanish professor and McGill alumnus (PhD’16). Has published a bunch of gratuitous essays and a book of short stories, Oscuros varones de Cuba (Armada, 2017), worth its weight in atoms. Lives in Montreal.
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