La victoria supone un tsunami político. Morena, el partido de López Obrador, gobernará también la Ciudad de México y obtiene el poder en varias gobernaciones.

Para los mexicanos, los últimos dos días han estado llenos de emociones intensas. A la fiebre futbolera, que se nos ha pasado gracias al triunfo de Brasil sobre nuestro equipo de soccer, se sumó la fiebre electoral, que por varios meses elevó las temperaturas de las conversaciones, enfrió amistades y contagió a más de uno de desconfianza y hartazgo por iguales dosis. La jornada electoral transcurrió en paz, si por paz se entiende que no hubo disturbios dignos de comentarse ni heridos ni muertos (mientras que durante la contienda sí hubo decenas de candidatos asesinados, secuestrados, amenazados…).

Para quienes votamos desde el extranjero y observamos el proceso desde fuera, el proceso fue, para decir lo menos, sorprendente. Andrés Manuel López Obrador, conocido como AMLO, líder de MORENA (Movimiento de Regeneración Nacional), obtuvo una aplastante mayoría de votos, cosa que las encuestas más confiables ya nos habían anunciado hacía semanas. Pero, dado que si hay algo que me queda claro es que no hay que confiar ni en lo más confiable cuando de política mexicana se trata, no quise creer en las encuestas sino esperar al conteo final. Temía, lo confieso, que el PRI, que tan suciamente ha gobernado a México, primero por siete décadas ininterrumpidas y luego durante los últimos —y muy sangrientos—seis años, hiciera un fraude espectacular, como ha sucedido antes, para imponer a su candidato. Mi sorpresa mayor fue, entonces, no que ganara AMLO sino que el PRI no hiciera fraude. Eso dice mucho de la forma en que veo a mi país desde acá, o mejor dicho, a los corruptos que lo tienen entre sus garras.

Para quienes deseamos fervientemente que en México la situación mejore en todos los sentidos, en especial los más urgentes (seguridad y justicia social son mis prioridades inmediatas), constatar que nuestras instituciones funcionan, como ha demostrado el Instituto Nacional Electoral (INE), es un alivio enorme. No se puede reconstruir el tejido social del país si estos pilares básicos para sostenerlo muestran flaqueza. Eso es un signo muy positivo. Para quienes odiaban a AMLO y piensan que México va de picada directito a convertirse en una segunda Venezuela, el hecho de que el INE funcione es flaco alivio. En cambio, para los millones que votaron por AMLO, Venezuela está muy lejos y la felicidad es palpable. Sus voces fueron escuchadas en una gesta democrática y el deseo de cambio impuso el camino a seguir.

El gobierno entrante recibe un país herido de gravedad y tendrá que ver cómo ir sanando sus heridas.

Yo, desde Canadá, no puedo sino desearle lo mejor al nuevo presidente electo de mi país natal. Conozco desde mi infancia, y la quiero como a una tía, a Olga Sánchez Cordero, quien será la Secretaria de Gobernación en el próximo gabinete, y saberla parte del equipo de este cambio me da mucha tranquilidad. Es una mujer intachable, culta y honesta, y no es la única persona brillante que se ha unido a AMLO. Esto, para mí, es aliciente y una esperanza. El gobierno entrante recibe un país herido de gravedad y tendrá que ver cómo ir sanando sus heridas. El éxito que tengan será éxito para México, cosa que en tiempos de Trump no es solo necesaria sino de vida o muerte.

Algo de lo que ha dicho AMLO me acompaña en este histórico momento. Dijo que por el bien de México, deben ir primero los pobres. No podría estar más de acuerdo. La deuda que tiene el país con sus campesinos, y con los millones que viven en extrema miseria, es inmensa y urge saldarla. En temas de seguridad, Olga está a favor de lograr una reconciliación, a través de amnistía en ciertos casos, que ayude a sanar a la nación. Si hay alguien que pueda lograr esto, es ella, no me queda duda. Y AMLO quiere, como lo dijo al aceptar su triunfo, pasar a la historia como un buen presidente.

No recuerdo haber oído a ninguno de los anteriores decir esto. En todo caso, es lo de menos: ninguno ha pasado a la historia en términos favorables. Reciben enormes e inmerecidas pensiones que se pagan del bolsillo de la ciudadanía, una ciudadanía que ha sido asaltada, secuestrada, vejada, lanzada al olvido, desaparecida, enterrada en fosas comunes, obligada a arriesgar su vida cruzando la frontera para vivir mejor. AMLO ha prometido eliminar estas pensiones y eso es algo que me dará mucho gusto ver y celebrar, especialmente cuando el bocón de Vicente Fox se quede sin la suya. Ningún expresidente de México, mucho menos Enrique Peña Nieto, merece recibir un centavo más del país que tan mal representaron.

Como ciudadana venezolana que fui (pasaporte al que renuncié a mis dieciocho años, cuando México no admitía doble nacionalidad), y habiendo pasado todos los veranos de mi infancia en Caracas y Margarita, dudo mucho que México siga los pasos de este hermoso y golpeado país sudamericano, cuya gente ha sufrido de más y muy injustamente los últimos años. Hay diferencias que no podemos obviar y en general no me gustan los discursos que avivan los miedos. Pero para asegurarnos de que no sea así, tendremos que estar muy pendientes de lo que AMLO haga una vez en el poder, y nunca más permitir que sea “el gobierno” quien tome todas las decisiones.

Anhelo un México con estabilidad económica y crecimiento, por supuesto, pero no a costa de mantener en la miseria extrema a millones de personas.

Así como salimos a votar, tendremos que involucrarnos en la vida política del país para llevarlo hacia donde queremos. Anhelo un México donde no dé miedo salir a la calle, donde la gente no se vaya a dormir con hambre o carezca de vivienda y servicios básicos, donde los niños tengan acceso a una educación pública decente, los jóvenes, oportunidades y los adultos mayores (eufemismo amloístico para ancianos) no se queden desprotegidos. Anhelo un México con estabilidad económica y crecimiento, por supuesto, pero no a costa de mantener en la miseria extrema a millones de personas.

No sé si AMLO podrá cumplir todas sus promesas, es probable que no. Pero si al menos cumple las más urgentes y lucha eficazmente contra la pobreza y la inseguridad, habrá hecho mucho más que sus predecesores. Esta es su oportunidad. Luchó por ella y se la ha ganado en buena lid. No queda más que esperar, darles apoyo a él y a su equipo, y poner México—no a nuestros intereses o gusto particulares—primero. Poner a los desprotegidos primero. Es algo que no se ha hecho antes. No se ha hecho nunca. A lo mejor no sale tan bien como esperamos, pero de entrada, no me parece un mal comienzo. México habló, y esta es su voluntad. Espero que se cumpla.