El autor durante la presentación de la obra colectiva “Historias de Toronto”, en la que también ha participado. Foto: Imagina

Por buen amigo leí El lugar más triste para soñar (Lugar Común, 2013), de Claudio Palomares Salas, y casi me muero de la risa. Explico:

Suena el teléfono y es mi querido François que habla castellano con acento de la Nueva España y gramática de la Nouvelle-France. ¿Quihubo, güey, es-que no sabes qué vengo de terminar de leer?, pregunta retórico y mienta el título de marras.  ¿Y eso?, inquiero extrañado porque no es de lecturas hispanas. Resultó que su novia mexicana lo había leído en un curso de Literatura Latino-Canadiense (no me pregunten), y que el autor había ido al aula a comentarlo, y que a todas las estudiantes le había parecido “muy guapo, muy talentoso y muy muy”, a todas menos a ella, según ella, que sólo tiene ojos para Fran, y a Fran no le había hecho gracia el cuento, porque él también tiene ojos y ella está muy buena mientras que él… digamos que tiene espejo y buen corazón.

Así predispuesto, Fran había visto en el libro un crimen de lesa humanidad peor que Mein Kampf, pero quería el Núremberg de un imparcial, y como yo me las doy de juez, ¿es-que podría leer al pinche Claudio y darle mi opinión? Con amigos como François, para qué quiero biblioteca.

El prefacio lo dejé a medias. Usted puede saltárselo completo. Es innecesario, por amor al Aute, un prefacio circunstancial de compadre famoso, un prepucio a circuncidar.

El lugar más triste es una novela, en principio. Ronda las doscientas páginas de prosa, tiene personajes y hasta visos de trama. También tiene un lirismo que puede resultar agobiante o encantador, dependiendo del gusto. Voy con la muestra. Para ubicarnos en septiembre de 2001 el narrador nos indica que la historia comenzó: “cuando el filtro ajado de las noches se había vuelto cobalto, como el color de algunos huracanes antes de azotar las costas. Era el tiempo del humo en que las torres caían llenándonos de espanto”.

Si esto es lo suyo, estimado lector, está usted de suerte. Salga corriendo a comprarla porque la novela es así de cabo a rabo, en cada letra y recurso, de la alegoría al zeugma. ¿No me cree? Abro al azar y copio: “Aparecieron después algunos proyectos que al no caber más en la casa, rompieron las ventanas y se enredaron en los cables de luz, como se enredaron también ciertas ilusiones rebeldes. Al techo del baño le salieron estrellas, tantas que una vez se nos vinieron todas encima y tuvimos que barrerlas y sacudirlas en el balcón”.

Los inquilinos de tan peligrosa morada son Abi y Nau, una de las dos parejas protagonistas, que viven un “amor de continente”, es decir, denso y extenso en contraposición con el “amor de isla”, ligero y breve de Valeria y Mextli. La trama va de eso, el eterno conflicto entre el amor duradero y el deseo pasajero en paisajes urbanos de exilio feliz con resquicios académicos. El alma mater transpira en parodias del academicismo, en referencias intertextuales y en opiniones espolvoreadas por un narrador que ha leído toda la poesía del siglo veinte. Y necesita que usted lo sepa.

Dice Vargas Llosa que toda novela es testimonio cifrado de un mundo al que el autor añade nostalgia y crítica. En esa clave, El lugar más triste es testimonio de doctorando nostálgico de seducciones poéticas y crítico del realismo directo. Lo lírico asoma hasta en la estructura. Está dividida en 3 partes de 49, 16 y 1 capítulo, respectivamente, que hacen un 69 de extensiones cortas, oralidades simultáneas y penetración nula. La generosidad de dar para recibir y de concentrarse en otro para sentirse uno. Vaya, se me pegó.

¿Y qué es qué tú piensas?, me preguntó François a la semana. No te preocupes, respondí, el autor está felizmente casado y recién parido. Sospecho que no me creyó, porque le ha dado por escribir verso libre y prosa poética para impresionar a la novia. Algunos prefieren celarse.

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Lizandro Arbolay Contributor
Freelance translator, professional gamer, Spanish professor and McGill alumnus (PhD’16). He has published a bunch of gratuitous essays and a book of short stories, Oscuros varones de Cuba (Armada, 2017), worth its weight in atoms. Lives in Montreal.
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