Por Angelina Peraza, escritora

“Los hijos nos hacen mejores si asumimos el rol de madre y lo ejercemos aun a costa de, en muchas ocasiones, no gustarle a nuestros hijos”, señala la autora en este artículo.

En un ensayo llamado Contra los hijos, la escritora chilena Lina Meruane defendía la tesis de que es mejor no tener hijos. Exponía sus razones y yo las respeto, aunque no comparto la mayoría de ellas. Cuando afirmo que “los hijos nos hacen mejores” lo hago desde la premisa que son seres que llegaron al mundo porque las madres los desearon y quisieron tenerlos bajo la óptica realista de lo que son: individuos que les cambiaran la vida y, sin embargo, están dispuestas a correr con las consecuencias.

Los hijos no deberían tenerse para no quedarse sola. O porque para eso somos mujeres. Ni tampoco por la presión de un marido o de terceros. Aunque supongo que, de cualquier manera, tarde o temprano, los hijos siempre se llegan a amar. En mi caso, me hice mamá en el momento en que sentí que quería serlo y que estaba lista para asumir esa gran responsabilidad, por eso sostengo que los hijos nos hacen mejores.

A mi hijo lo amé desde el instante que supe que existía dentro de mí, lo cual hizo que encarara el embarazo con alegría y una buena disposición para enfrentar los cambios y malestares a los que mi cuerpo se sometió durante nueve meses. Al nacer, aquella frágil criatura sacó lo mejor de mis entrañas. Primero, me hizo una mujer más valiente. Recuerdo que mientras estaba embarazada me embargaba la duda: yo nunca he cuidado a un bebé, yo no sé si voy a saber hacerlo, en Canadá no tengo familia, no contamos con la ayuda de nadie… le decía a mi marido atemorizada.

Pero bastó que lo depositaran en mis brazos por primera vez para disipar la incertidumbre y tener la seguridad de que, aunque no iba a ser fácil, lo lograría. Dos años y ocho meses después nació mi hija para colmarme de dicha y mostrarme otra dimensión del amor. Esos hijos también me hicieron menos egoísta, mi vida dejó de ser mía para ser nuestra. Y me hicieron más paciente, sobre todo.

“En mi opinión, ser madre es acompañarlos activamente en la niñez y pasivamente después, manteniendo dentro de la firmeza de nuestras convicciones”.

Los hijos nos hacen mejores si asumimos el rol de madre y lo ejercemos aun a costa de, en muchas ocasiones, no gustarle a nuestros hijos. Porque ser madre es amar, pero la mayor parte de tiempo demanda lo más difícil, que es ejemplarizar, corregir, modular, enseñar, guiar, reprender y repetir lo mismo una y otra vez. En mi opinión, ser madre es acompañarlos activamente en la niñez y pasivamente después, manteniendo dentro de la firmeza de nuestras convicciones, las manos dóciles para acariciarlos, amplias para sostenerlos en las dificultades y fuertes para ayudarlos a levantarse en las caídas.

Los hijos nos hacen mejores cuando les cedemos nuestro tiempo con desprendimiento y  total entrega. Sin embargo, mantenemos un espacio, libre de culpas y de remordimientos, donde podamos desarrollar nuestros talentos y forjarnos una identidad.

Los hijos nos hacen mejores cuando no vienen a llenar las expectativas de los padres. Cuando no vienen a completar las metas que los progenitores no lograron alcanzar. Cuando no se les carga con los anhelos nuestros, y peor aún, con nuestras frustraciones. Y cuando logramos el titánico acto de escudriñarlos menos y amarlos más por lo que son y no por lo que quisiéramos que fueran.

Los hijos nos hacen mejores cuando asumimos que, a pesar de ser nuestros, no nos pertenecen. Cuando dejamos de idealizarlos y aceptamos que son seres humanos que vienen a librar sus propias batallas y que tienen el derecho de ser ellos mismos con todo lo que eso implica: gustos, cambios hormonales, de humor, ataques de rabia… Pero al final, que siempre reine el respeto, la reconciliación y, principalmente, el perdón.

Sobre todas las cosas, los hijos nos hacen mejores porque son motores que nos impulsan a luchar, nos dan la fuerza para crear nuevas realidades, nos sacan sonrisas a pesar del cansancio y del dolor, y tienen la magia de trasplantar nuestro corazón en donde ellos se encuentren.

Mis dos hijos todavía no se hacen adolescentes. Tienen once y nueve años. Estoy viviendo la época de oro, me dicen muchas madres. Yo espero tener la mirada limpia cuando me toque encarar esos años, para releer estas páginas, reaprenderlas y recordarme a mí misma que “los hijos nos hacen mejores”.

Concluyo con las palabras del gran poeta venezolano Andrés Eloy Blanco “Cuando se tiene un hijo, se tiene el mundo adentro y el corazón afuera.”