Por Christopher Domínguez Michael

Sergio Pitol

Sergio Pitol

Ha muerto el más singular de nuestros narradores, el único capaz de entenderse, no sólo en ruso o en polaco, sino en todas las lenguas literarias y sus recovecos, con Gogol, Chéjov o Schultz.

No pertenecí al círculo de Pitol y nunca visité, por ejemplo, sus casas en Xalapa. Cuando lo llamé para felicitarlo por el Premio Cervantes, en 2005, a Sergio, exhausto al teléfono, ya se le notaban los prolegómenos de la afasia, pero charlamos un buen rato. Después lo saludé en casa de Juan Villoro, poco después en Bogotá en 2009, y más tarde, por última vez, en Xalapa en 2011 o 2012, cuando ya no era del todo claro que reconociese a las personas pero se resguardaba regalándonos a todos una amorosa sonrisa para esquivar ofensas y equívocos. Pero cuando Sergio regresó de su embajada en Checoslovaquia, en los años ochenta del siglo pasado, y se vino a vivir a La Conchita, no solo fuimos vecinos, sino también amigos.

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