Fabricio Alvarado

Fabricio Alvarado, líder del partido evangélico Restauración Nacional y candidato a la presidencia de Costa Rica, durante una jornada de oración en el Templo Bíblico, en San José, el 3 de febrero de 2018. Foto: Wikimedia Commons

[…] Una constante que se ha extendido por toda América Latina, donde la doctrina evangélica se expande a un ritmo vertiginoso. En una región donde hay 425 millones de católicos (el 40% de la población católica mundial), en un contexto en el que la Iglesia católica está dirigida por el primer papa latinoamericano, los evangélicos suman el 20%, cuando hace seis décadas apenas llegaban al 3%, según datos del Pew Research Center.

El ascenso ha propiciado que se hayan convertido en un actor político determinante, a costa de imponer en la agenda valores retrógrados y a riesgo de hacer retroceder libertades que, en la mayoría de los países, apenas asoman la cabeza. Brasil, Colombia y México, las tres grandes potencias que este año celebran elecciones, serán el termómetro para evaluar el poder de esta doctrina más allá de los centros donde se practica. Si en los dos primeros es notable, en México, enclavado entre un país (Estados Unidos) y una región (Centroamérica) donde los evangélicos cuentan cada día con más poder, es un enigma el papel que van a jugar. En los tres casos, los candidatos, sean de izquierda o conservadores, han hecho guiños, cuando no alianzas, para garantizarse su apoyo.

Los grupos evangélicos han sido capaces de abrir de manera intermitente el debate sobre qué es la familia y atacar cualquier atisbo de legalización del aborto o de matrimonios igualitarios. Más allá, estos grupos apelan a la fe para erigirse en activos en la lucha contra la corrupción, la lacra que carcome la región de norte a sur. Con esta premisa estuvo a punto de alzarse con el poder Fabricio Alvarado en Costa Rica hace dos semanas.

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