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Todo país se compara con sus vecinos. El imaginario salvadoreño concibe a la nación norteamericana como sinónimo de progreso, esperanza y oportunidad frente a la ausencia local de posibilidades. El peso de la historia reciente condiciona esta visión; también el relato de cada migrante, de cada individuo que buscó refugio en tiempos de la Guerra Civil, tras los terremotos de 2001 o secundados por el estallido de inseguridad generalizada que domina las calles salvadoreñas desde hace casi dos décadas. Son historias siempre cercanas: de ahí su poder de convicción, la fuerza transmisora de su mensaje. Todo el mundo parece contar con un familiar en Estados Unidos al que las cosas le han ido bien.

Muchas de esas historias de éxito podrían concluir abruptamente. Hablamos de los cerca de 190.000 ciudadanos salvadoreños beneficiados por el Estatus de Protección Temporal (TPS, por sus siglas en inglés), un recurso legal que los protege de la deportación desde que dos terremotos asolaran la nación salvadoreña en 2001. Los conocidos como “tepesianos” han gozado de la posibilidad de trabajar en territorio norteamericano durante todos estos años, contribuyendo positivamente a la economía nacional. También han establecido lazos de futuro con sus comunidades: un 30% de ellos cuenta con una hipoteca, muchos han creado sus propias empresas, forman parte de asociaciones, grupos sociales y entidades religiosas, y su descendencia se estima en 192.000 personas, quienes poseen ciudadanía estadounidense.

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Por José María Tiscar García. Leer el artículo completo en ctxt.es