Remembrance Day nos ofrece unos minutos preciosos a las once de la mañana para guardar silencio y valorar la paz en la que vivimos y que, por desgracia, no cobija a todo el mundo. Foto: Wikipedia.

Cuando llegué a vivir a Canadá en el verano de 2003, no sabía lo que era el Remembrance Day ni conocía el famoso poema In Flanders Fields, del teniente coronel médico John McCrae, que se recita aquí en el mes de noviembre. Como mexicana privilegiada nacida en la década de los setenta, viví mis primeros años con la noción de las guerras y los ejércitos a distancia considerable de mi persona, a no ser por el desfile anual que nunca miré siquiera por televisión. Al crecer fui escuchando historias, sin embargo, de la Guerra Civil española, pues México abrió sus puertas a quienes quisieron escapar de ella y del franquismo, y luego descubrí que en casa rondaba el fantasma de la Segunda Guerra Mundial, en la que peleó mi abuelo materno como parte de las tropas de Stalin, y también fue soldado el segundo esposo de mi abuela, pero en las tropas británicas. Descubrí que mi madre se crió asfixiada bajo el silencio del trauma de la postguerra, de aquello que experimentaron en el frente de batalla tanto su padre como su padrastro, de lo que vivieron su propia madre y su abuela en las calles de la ciudad de Polonia que la vio nacer y de la que huyeron a pie solamente con lo que llevaban puesto: en resumen, de lo que nadie en su familia quería hablar pero había marcado las vidas de todos. Y al haber crecido ella inmersa en esto, algo de aquella zozobra se me contagió, aunque cobré plena conciencia apenas entrada en la adolescencia, cuando empecé a devorar historias de la guerra con sed insaciable, en libros y documentales y lo que hallara a mi paso, sin que mi abuela quisiera jamás tocar el tema.

Una seria investigación científica logró comprobar hace poco que los descendientes de aquellas personas que sobrevivieron experiencias brutales como el Holocausto encierran en sus genes el desasogiego de aquella pesadilla. Los cuerpos nuevos nacen, entonces, con ese terror, con ese dolor añejo tatuado en cada célula, con efectos que pueden causar, por ejemplo, una mayor propensidad a la depresión, entre otros males. Al enterarme de esto entendí muchas cosas que no había sido capaz de comprender antes pero ya intuía con la piel y con el hígado.

Emigrar me hizo revisar la historia familiar más de cerca, y encontré, entre los papeles de mi abuela, sus libretas de racionamiento, los recibos por comida, la P de tela que tuvo que coserse al abrigo durante los tiempos de la invasión Nazi en su país, y otros documentos que guardó celosamente pero nunca mencionó. Después de ver El pianista, magistral película de Polanski, y fotos de Varsovia a ras de suelo en 1945, una ciudad por completo destruida por las bombas, pude imaginar, con la fuerza de un golpe al estómago, lo que debe haber sido ver, oír, oler aquello. Sentir el polvo de las casas y edificios destruidos entre los labios secos. El estruendo de explosiones y gritos. Millones de muertes, de gente desplazada, de vidas que hubo que reconstruir como se reconstruyeron las ciudades europeas, ladrillo a ladrillo, paso a paso, con fachadas capaces de engañar pero conscientes de su esencia. Tuve que dejar mi propia patria para entender, al fin, la nostalgia perenne de mi abuela, su aferrarse a las tradiciones polacas al tiempo que despedía una energía a todo vapor yendo y viniendo por las calles de Caracas, con lo que ahora entiendo como urgencia, porque la vida es imprevisible y frágil y hay que apresurarse a vivir cada día sin mirarse las heridas.

Pero aquí en Canadá, gracias al Día del Veterano de Guerra, aprendí que uno no solo puede sino que debe detenerse a examinar ese pasado porque, entre otras cosas, en muchos lugares del mundo la guerra no es parte del ayer sino del hoy.  

Pero aquí en Canadá, gracias al Día del Veterano de Guerra, aprendí que uno no solo puede sino que debe detenerse a examinar ese pasado porque, entre otras cosas, en muchos lugares del mundo la guerra no es parte del ayer sino del hoy. Y la gente que va al frente de batalla a luchar en esas guerras, algunas de las cuales protegen y defienden nuestra forma de vida, merece que se reconozca su valentía y se le agradezca el sacrificio que hace no solo al arriesgarse a morir sino, lo que es más aterrador todavía, a sobrevivir con la psique fracturada y ser incapaz de hacer eso que mi abuela sí logró pero mi abuelo, como tantos soldados, no: reconstruir su vida. Incluso en este país tan avanzado y privilegiado es todavía insuficiente el apoyo que se les brinda a los soldados que vuelven de los diferentes frentes de acción o batalla. Como sociedad, incluso hoy en día, no estamos listos para recibirlos y entender que, aunque no les falten piernas ni brazos, por dentro sus heridas son abismos. No me quiero imaginar el infierno que fue para tantos volver de las trincheras de la Primera Guerra Mundial, y de los tantísimos horrores inenarrables de la Segunda, a un mundo que no entendía nada del trauma vivido y los obligaba a “ser hombres” y seguir adelante como si nada.

Sin embargo, de no haber sido por ellos, por esos valientes soldados (tanto los civiles que se enlistaron como los soldados entrenados profesionalmente), nuestro mundo luciría muy distinto hoy. Por eso ahora, cuando veo a algún veterano de la guerra que cambió para siempre el rumbo de mi familia y la trajo a este hermoso continente, siento una profunda gratitud. Remembrance Day nos ofrece unos minutos preciosos a las once de la mañana para guardar silencio y valorar la paz en la que vivimos y que, por desgracia, no cobija a todo el mundo. Guardar silencio para recordar a los millones de personas muertas en las guerras creadas por la insaciable avaricia del hombre. Guardar silencio para agradecer a todos y cada uno de los soldados que ofrecieron su vida en sacrificio para que nosotros podamos vivir en relativa tranquilidad. Pero sobre todo, guardar silencio para agradecerles a los que volvieron y reconstruyeron sus vidas; y a los que volvieron pero no pudieron reconstruirlas, pedirles que perdonen nuestras limitadas comprensión y solidaridad. Tenemos que hacer mucho más, porque nuestra deuda con todos ellos es inmensa.

A pesar de los retos que enfrentan nuestras naciones, muchos latinoamericanos que vivimos en Canadá nos sentimos ajenos a este pasado bélico. Felizmente, cada año tenemos la oportunidad de revisitar nuestras posturas y acercarnos al espíritu que anima este día. Vistamos orgullosamente una amapola prendida en el abrigo. Recitemos al menos un verso de In Flanders Fields. Bridémosles sonrisas a los veteranos que encontremos por las calles, démosles las gracias. Uno no necesita ser descendiente de alguien que haya vivido o luchado en una guerra para entender la magnitud de las catástrofes que estos valientes han enfretado, o enfrentan, cara a cara. No permitamos que el afán consumista de la Navidad les robe su necesario y merecido momento nacional de reconocimiento. A mí me gusta hacer una pausa deliberada y llena de significado para escuchar el canto de la trompeta mientras se iza la bandera de este país que ahora es mi casa. Me gusta dar las gracias, en voz alta y en silencio, porque de entre todos los regalos y privilegios que obtenemos al vivir aquí, los más valiosos, no me cabe la menor duda, son la paz y la libertad. Y es a estos veteranos a quienes les debemos la fortuna inmensa de gozarlas.

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Martha Bátiz Contributor


@ marthabatiz.com

Nació en la Ciudad de México y vive en Toronto desde 2003. Es autora de las colecciones de cuentos A todos los voy a matar (Ed. Castillo, 2000, con prólogo de Daniel Sada) y De tránsito (Ed. Terranova, 2014, mención honorífica en el International Latino Book Award), la compilación de artículos y textos publicados desde 1993 hasta 1999 en el diario mexicano Uno Más Uno y su suplemento cultural, Sábado, La primera taza de café (Ed. Ariadna, 2006), la novela corta premiada por Casa de Teatro en Santo Domingo Boca de lobo (2008), traducida por Exile Editions como The Wolf’s Mouth (2009), y una nueva colección de cuentos en inglés bajo el título Plaza Requiem, que saldrá publicado por esta misma casa editorial canadiense en noviembre de este año. Es doctora en literatura por la Universidad de Toronto, fundadora del programa de Creación Literaria en español y profesora en la Universidad de York.

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