El gobierno de Justin Trudeau es el primer gabinete paritario de la historia de Canadá.

Cuando el primer ministro canadiense Justin Trudeau fue preguntado por las razones que lo habían llevado a formar el primer gabinete paritario de la historia del país, respondió al periodista de forma tajante: “porque estamos en 2015”. Aquella frase concisa y lúcida inauguraba un nuevo tiempo en la historia reciente del segundo país más extenso del planeta, que este año celebra el 150 aniversario de su fundación, y revelaba un nuevo estilo en la forma de hacer política. Ese equipo ministerial, entre los que están un aborigen, un miembro de la minoría sij o una refugiada musulmana de origen afgano, refleja bien la multiculturalidad canadiense, probablemente una de sus señas de identidad más reconocibles. “Mi gabinete se parece a Canadá”, afirmó Trudeau el día de su presentación.

Justin, hijo del fallecido Pierre Trudeau (primer ministro de Canadá entre 1968 y 1984 y seguramente el político canadiense más influyente del siglo XX), de 45 años, casado y padre de tres hijos; se declara defensor de los derechos de las minorías y del aborto, progresista, integrador, tolerante, multicultural y feminista. “No debemos tener miedo de la palabra feminista. Los hombres y las mujeres deben utilizarla para describirse a sí mismos en cualquier momento que quieran”. Estas declaraciones durante una sesión sobre el progreso hacia la paridad en el Foro Económico Mundial de Davos retumbaron en un auditorio poco acostumbrado a manifestaciones tan audaces. “Debemos criar hijos feministas“, remató.

Canadá se ha puesto de moda porque su primer ministro representa la antítesis del discurso xenófobo, machista y supremacista de Donald Trump, su homólogo vecino del sur. Trudeau encarna a la perfección esa imagen estereotipada de país con fama de tolerante, abierto, generoso, inclusivo e discreto, quizá el menos escandaloso entre las grandes potencias. Es el resultado de una sociedad multicultural que se ha ido moldeando durante un siglo por grandes oleadas de inmigrantes y sus descendientes, determinando su compleja composición étnica y cultural actual.

Uno de cada cinco ciudadanos canadienses ha nacido fuera del país, un 20,7% de los cerca de 35 millones que habitan en un gigantesco territorio casi veinte veces más grande que España y profundamente desvertebrado. Además existe un factor que incide en esa heterogénea radiografía del país y que ilustra su hecho diferencial: las poblaciones aborígenes. Hay más de 600 comunidades pertenecientes a las Naciones Originarias de Canadá, las cuales han sido sometidas históricamente a diferentes formas de opresión y exclusión por parte de la población blanca, con especial violencia sobre las mujeres.

El último Informe Global de la Brecha de Género elaborado por el Foro Económico Mundial sitúa a Canadá en el puesto 35. En el último año ha descendido cinco puestos.

Aunque Trudeau insiste en que la igualdad de género es una de sus prioridades, la realidad de Canadá respecto a la mujer ofrece algunos desajustes que producen inquietud en la opinión pública. El país ocupa el puesto 25 en el último Índice de igualdad de género de Naciones Unidas. Lo más grave es que en 1995 se situaba en el primer lugar. ¿A qué se debe esta debacle? Ann Decter, directora de defensa y políticas públicas de YWCA, una organización que trabaja en proyectos de seguridad personal, económica y de bienestar de la mujer, señala que “hemos tenido unos gobiernos federales que desde los años 90 no han generado políticas de apoyo a las mujeres en diversos ámbitos”.

El informe de Naciones Unidas es demoledor: “Canadá no respeta, protege y cumple los derechos sociales y económicos de mujeres y niñas”. No es el único: el último Informe Global de la Brecha de Género elaborado por el Foro Económico Mundial sitúa a Canadá en el puesto 35. En el último año ha descendido cinco puestos. Este indicador anual mide el tamaño de dicha desigualdad en la participación de la mujer en la economía y el mundo laboral cualificado, en política, acceso a la educación y esperanza de vida.

Aunque Anne Kothawala, presidenta de la poderosa Asociación de distribuidores de tiendas de cercanía de Canadá, cree que el país “está haciendo actualmente grandes progresos para alcanzar la igualdad hombre-mujer”, reconoce también que factores como la “educación, la maternidad o la independencia económica” son lastres en el camino a una igualdad real. En este sentido Ann Decter aporta un elemento que es una constante en cualquier análisis de género en Canadá: “el acceso a la educación varía más entre los grupos raciales, afectando negativamente a las mujeres de color y a las mujeres indígenas”.

Gabriela González, hija de inmigrantes cubanos y ex-asesora de comunicaciones y operaciones del Ministerio de Economía y Desarrollo de Ontario, considera que las capas de multiculturalidad en Canadá inciden decisivamente en este problema. “Entramos en complejidades específicas de algunas comunidades que impiden hacer análisis generales o aplicar políticas generalistas”, apunta.

Esta distorsión es especialmente visible en la violencia de género. Canadá Women´s Foundation denuncia que la mitad de las mujeres canadienses ha tenido al menos un incidente de violencia física o sexual a partir de los 16 años. Aproximadamente cada seis días una mujer es asesinada en Canadá por su pareja. Estas estadísticas adquieren tintes todavía más siniestros si se enfocan en las mujeres aborígenes.

Según Tanya Talaga, periodista del diario Toronto Star especializada en las comunidades indígenas canadienses, “las mujeres y niñas aborígenes sufren unos de los índices más altos de suicidios del mundo, violencia sexual y sobre-representación en cárceles”. Pam Palmer, presidente de gobernanza indígena en la Universidad Ryerson de Toronto, explica que estas cifras son la herencia “de años de colonización y sometimiento” o, como definió la antigua presidenta de la Asociación de mujeres nativas de Canadá, Beverly Jacobs, “los efectos retardados de la colonización”.

El caso es que esta violencia de género es un problema claramente transversal que afecta con distinta intensidad a todas las capas de la población femenina canadiense. La diputada de Calgary Michelle Rempel hizo público el pasado año una carta a través del diario The National Post en la que denunciaba las situaciones de “sexismo diario” a las que debía enfrentarse con sus colegas masculinos: “debo convivir con el epíteto ‘zorra’ cuando no cumplo automáticamente con la petición de alguien”, escribía. Su denuncia provocó una cascada de testimonios de otras políticas canadienses que compartieron historias similares de acoso verbal.

La influencia femenina en la vida política canadiense es una evidencia. A la paridad en el gabinete ministerial de Trudeau se une el hecho de que 88 mujeres fueron elegidas para la Cámara de los Comunes en las elecciones de 2015, la cifra más alta de la historia.

Pese a ello, la influencia femenina en la vida política canadiense es una evidencia. A la paridad en el gabinete ministerial de Trudeau se une el hecho de que 88 mujeres fueron elegidas para la Cámara de los Comunes en las elecciones de 2015, la cifra más alta de la historia. Tres mujeres, Christy Clark, Rachel Notley y Kathleen Wynne, son primeras ministras respectivamente de British Columbia, Alberta y Ontario, tres de las provincias más poderosas y pobladas de un país con una sólida estructura federal y amplia descentralización. Wynne además es la primera política canadiense que ha reconocido abiertamente su homosexualidad, abriendo el camino a otras colegas y normalizando una situación que ya no es motivo de debate en Canadá.

Las mujeres canadienses disfrutan de unas generosas políticas de permiso de maternidad que alcanzan los doces meses, en la mayoría de las casos remuneradas, aunque a un ritmo reducido y dependiendo de la provincia y la empresa. “Muchas cosas han cambiado en las últimas dos o tres décadas. Hoy, las mujeres constituyen la mitad de la fuerza de trabajo en Canadá y más mujeres que hombres se gradúan en la universidad”, sostiene la periodista del Toronto Star Marina Jiménez, de padre español.

Esta nueva realidad en los campus canadienses no se ha traducido, sin embargo, en una transformación proporcional del mercado laboral, que sigue teniendo un marcado acento masculino. “Esto tiene que ver con los diferentes ámbitos de poder y privilegio que todavía permanecen en función del origen de la mujer”, señala la abogada de origen colombiano Paola Gómez, reconocida activista en favor de los derechos humanos en Canadá.

Sólo tres de los cien directores ejecutivos más importantes de Canadá son mujeres y la brecha salarial en el mercado laboral marca barreras todavía insalvables: ganan un 28% menos que los hombres. Tanya Van Biesen, directora ejecutiva de Catalyst, una organización sin ánimo de lucro que promueve el progreso de las mujeres a través de su inclusión en el ámbito laboral, prefiere destacar que la representación de las mujeres en los consejos de las 100 empresas más grandes ha crecido del 15 al 25% entre 2011 y 2016. “Las empresas están comprobando las ventajas de tener mujeres en cargos ejecutivos”, señala.

Las mujeres aborígenes, historia de una infamia

Durante buena parte del siglo XX 150.000 niños indígenas canadienses fueron arrancados de sus familias y forzados a integrarse en colonias financiadas por el estado y residencias fundadas por la iglesia. Los niños se vieron obligados a hablar inglés, aprender por la fuerza las costumbres occidentales y renunciar a sus tradiciones culturales. Muchos de ellos fueron sometidos a abusos sexuales. Como señala la periodista Tanya Tagala, “esas escuelas arruinaron a generaciones enteras de familias indígenas, dejando a los graduados a menudo en la pobreza o luchando con las adicciones y otros problemas. Muchas mujeres —el corazón de sus familias como hijas, madres y abuelas— han tenido un camino difícil por delante”.

La otra tragedia latente es la de las desapariciones de mujeres indígenas. Según un informe de la Real Policía Montada de Canadá, entre 1980 y 2012 se registraron 1.181 asesinatos o desapariciones de mujeres y niñas de las comunidades aborígenes. Algunas organizaciones y el mismo Ministerio de la Mujer de Canadá elevan esa cifra hasta las 4.000. Existe la sospecha, y así lo han denunciado con insistencia las comunidades afectadas, que la policía no ha destinado en este tiempo todos los recursos ni las energías necesarios para investigar estos crímenes que, a fecha de hoy, se siguen produciendo con dramática frecuencia.