Ramiro Osorio Cristales, de niño. Foto: Canadian Centre for International Justice

Quién: Ramiro Osorio Cristales.
De dónde: Guatemala.
Cuándo: Llegó a Canadá en 1999, tras ser admitido en un programa de protección de testigos.
Por qué: Ramiro tenía 5 años de edad cuando, en 1982, durante la guerra civil guatemalteca, un comando del ejército irrumpió en su aldea y asesinó a toda la población. Cerca 250 personas, entre ellas, sus padres y hermanos, perdieron la vida. Muchas fueron torturadas. Ramiro, uno de los tres únicos supervivientes de la matanza de Las Dos Erres, fue secuestrado por los militares,
y acabó viviendo con uno de sus captores, un soldado acusado de haber participado en la masacre. Según el testimonio del propio Ramiro, el militar le obligaba a llamarle “papá”, se negaba a responder a sus preguntas sobre su origen, le forzaba a trabajar en el campo y le sometió a abusos físicos durante años. En 1999, gracias a muestras de ADN, Ramiro logró finalmente reunirse con sus abuelos y otros familiares. Poco después pidió asilo en Canadá. Ahora, 34 años después, Ramiro se ha declarado dispuesto a regresar a Guatemala para testificar contra el ex soldado Santos López Alonzo, su ‘padre adoptivo’, quien fue extraditado el pasado mes de agosto por Estados Unidos al país centroamericano. Su historia, y la de la masacre, ha sido recogida en un documental estrenado en 2016.


 

“Escuché que llamaban a la puerta”. Así comienza Ramiro Osorio Cristales el relato, tantas veces repetido (a las autoridades, a periodistas, a investigadores, sin duda a sí mismo), de aquella noche aciaga de hace 34 años que iba a marcar el resto de su vida; los terribles recuerdos de aquella noche de diciembre de 1982 en que la relativa tranquilidad de su aldea, la pequeña localidad campesina de Las Dos Erres, en el departamento guatemalteco de La Libertad (Petén), se vio interrumpida por la brutal irrupción de un comando del ejército de Guatemala. Era el periodo más duro de la guerra civil que asoló el país centroamericano entre 1960 y 1996, y Ramiro tenía entonces tan solo cinco años de edad.

En la conocida hoy como “la masacre de Las Dos Erres”, una carnicería silenciada durante años, los militares violaron a mujeres y niñas, y torturaron y asesinaron (a tiros e incluso a mazazos) a entre 200 y 250 personas, incluyendo a los padres y a los seis hermanos de Ramiro. La matanza fue uno de los episodios más sanguinarios del conflicto, y permanece grabada a fuego, no solo en el recuerdo de Ramiro, sino también en la dolorida y, poco a poco, recuperada memoria de todo un país. “Su mayor error”, afirmaría Ramiro años más tarde, “fue dejarme con vida”.

Esa vida, en cualquier caso, ha sido de todo menos fácil. Tras la masacre, Ramiro fue secuestrado por los militares y acabó bajo la custodia de Santos López Alonzo, uno de los soldados acusados de haber participado en los asesinatos, con cuya familia permaneció hasta los 17 años, según el testimonio del propio Ramiro, en condiciones de total abuso. Actualmente, López Alonzo está encarcelado en Guatemala. Ramiro vive refugiado en Canadá, junto con su esposa y sus dos hijos. En las raras ocasiones en que habla con la prensa siempre pide que no se mencione ni su ciudad de residencia ni los nombres de su familia.

En una de esas entrevistas, concedida a GlobalPost en 2010, Ramiro, uno de los cuatro supervivientes de la matanza de Las Dos Erres, y el único, junto con Oscar Alfredo Ramírez Castaneda (también un niño en 1982) aún con vida, rememora su infancia en la aldea antes de la masacre: la familia Cristales (el padre, Víctor; la madre, Petrona; y sus siete hijos) se había mudado a Las Dos Erres para establecerse como granjeros. Ramiro recuerda “las dos palmeras detrás de la casa, el abrevadero donde jugaba con mi hermano mayor cuando llegaban las lluvias, el carácter afable de mi madre, el trabajo duro de mi padre…”. Con el mismo detalle, Cristales evoca también, en toda su crudeza, las vivencias de aquella noche del 6 al 7 de diciembre de 1982 en que todo cambió para siempre.

Ramiro Osorio Cristales, en 2011. Foto: CPR Urbana (captura de vídeo)

“Les torturaban, les mataban y les arrojaban al pozo”

Pasada la medianoche, cuando la familia estaba ya durmiendo, Ramiro escuchó los golpes en la puerta. Según relata en su testimonio, recogido asimismo por el Canadian Centre for International Justice, así como en otra entrevista concedida en 2013 al diario The Toronto Star, los soldados entraron en la casa, maniataron, tras golpearles, a su padre y a su hermano mayor, y llevaron a toda la familia al centro del pueblo. El padre y el hermano mayor fueron trasladados a la escuela; a Ramiro, a su madre y al resto de sus hermanos les llevaron a la iglesia, junto con otras mujeres y niños.

El comando militar que irrumpió aquella noche en Las Dos Erres estaba formado, principalmente, por los llamados Kaibiles, una “fuerza de élite” cuyos miembros llegaron a definirse a sí mismos como “máquinas de matar”. Al parecer, el origen de la misión se encontraba en el robo de un cargamento de armas por parte de rebeldes en la zona.

“Los hombres estaban armados, la gente lloraba, aterrorizada”, cuenta Ramiro: “La iglesia estaba custodiada y no podíamos salir. Desde afuera llegaban los gritos: ‘Por favor, no nos maten; no sabemos nada, no nos maten’”. Cuando los militares ‘acabaron’ con los hombres, empezaron a sacar a las mujeres de la iglesia, incluyendo adolescentes y niñas. A muchas de ellas, arrastrándolas del pelo. Comenzaron entonces las violaciones. Ramiro podía ver lo que ocurría a través de las rendijas entre las tablas de madera que conformaban las paredes del templo.

“Vi cómo mataban a las mujeres y torturaban a los hombres. Les golpeaban. Había muchos colgados de los árboles. Les rebanaban el cuello con un cuchillo o con los bordes afilados de una pala, les disparaban en la cabeza… Luego los arrojaban a un pozo”, cuenta Cristales. Años después, los investigadores desenterrarían un total de 162 cuerpos en un pozo del poblado, y las evidencias forenses coincidirían con el relato de los hechos realizado, tanto por Ramiro Osorio, como por Oscar Alfredo Ramírez.

En 2009, la Corte Interamericana de Derechos Humanos concluyó que “la crueldad de los soldados llegó hasta el punto de provocar abortos a mujeres embarazadas, golpeándolas o incluso saltando sobre su abdomen”. (El informe completo, en pdf, puede consultarse aquí).

Cuando le llegó el turno a la madre de Ramiro, el pequeño se agarró a sus piernas, tratando de impedir que los soldados se la llevaran. Los militares le separaron de ella y le volvieron a introducir en la iglesia a la fuerza. Ramiro, de acuerdo con su testimonio, corrió entonces hacia la parte trasera del templo, desde donde podía ver el pozo hacia el que los soldados conducían a su madre, mientras ésta suplicaba por la vida de sus hijos. Finalmente, Ramiro, agotado, se quedó dormido en uno de los bancos de la iglesia. Cuando despertó solo quedaban con vida otros dos niños y él mismo. Eran, junto con un hombre que ese día no se encontraba en la localidad, los únicos supervivientes del poblado. Ramiro había sido seleccionado para ser ‘adoptado’. Cuando, a la mañana siguiente, los soldados le sacaron de la iglesia, el niño vio cuatro hombres colgados en un árbol. Uno era su padre; otro, su hermano mayor.

Exhumación de restos de víctimas de la guerra civil de Guatemala, en Compalapa, Chimaltenango, en 2005. Foto: United States Agency for International Development (Public Domain)

“Como a un perro”

Como recuerda el reportaje que acompaña la entrevista publicada en GlobalPost, durante las guerras civiles ocurridas en Latinoamérica en los años ochenta no era extraño que los grupos militares o paramilitares dejasen con vida a niños durante las masacres, con el fin de entrenarlos como futuros soldados. Grupos de derechos humanos hablan de cerca de 450 secuestros infantiles de este tipo ocurridos en Guatemala a lo largo de todo el conflicto. En algunos casos, los niños eran entregados a familias de militares donde eran bien tratados, pero, a veces, como acabó comprobando Ramiro, su destino era una vida en condiciones cercanas a la esclavitud.

Según el relato de Ramiro, tras la masacre de Las Dos Erres los soldados emprendieron con los niños una marcha por la selva que duró varios días. Ramiro asegura que en el grupo iba asimismo una adolescente que fue violada en repetidas ocasiones. Finalmente, un helicóptero les condujo hasta la base de los Kaibiles conocida como “El infierno”, donde Ramiro perdió el contacto con los otros chicos. Santos López Alonzo, un militar que vivía en la pequeña localidad de San Sebastián, se llevó a Ramiro consigo, lo registró como su propio hijo y le cambió el nombre. Ramiro ha asegurado que, tanto López Alonzo como la esposa de éste, le trataron “como a un perro”, y que sufrió “abusos físicos” durante años. Tenía que lavarse él mismo la ropa, le forzaban a realizar trabajos en el campo y le golpeaban. López Alonzo obligaba a Ramiro a llamarle “papá”, y se negaba a responder a las preguntas del niño sobre su origen. “El haberme cambiado el nombre, el haberme hecho llamarle ‘papá’; eso no puedo perdonarlo”, afirmaría Ramiro años después.

López Alonzo ofrece una versión distinta. Entrevistado por la agencia AP el pasado mes de agosto, justo antes de ser deportado desde EE UU a Guatemala, el ahora ex militar (de 64 años de edad) aseguraba que él era panadero en el ejército y que lo habían mandado a hacer guardia (“a vigilar”) mientras otros perpetraban la masacre: “Los soldados salían con gente y volvían solos”, dijo, “y solo entonces me informaron de que habían matado a los habitantes”. “El que nada debe nada teme. Si yo hubiera hecho algo, si hubiera matado, yo estaría con un temor, pero me siento limpio”, añadió.

Cuando, más de diez años después de la masacre, el Gobierno guatemalteco ordenó iniciar la investigación que condujo finalmente al hallazgo de los 162 esqueletos enterrados en el pozo de Las Dos Erres (entre ellos, los de 67 de menores de hasta 12 años), las autoridades emitieron órdenes de arresto para un total 17 militares, incluido López Alonzo. Los casos, sin embargo, quedaron estancados.

Tras dejar el ejército, López se dedicó a la agricultura en Guatemala, y después emigró a Estados Unidos, donde encontró trabajo en la construcción, en Texas. Sin embargo, al no poseer permiso de trabajo, fue deportado. Posteriormente, en 2010, sería arrestado de nuevo por regresar ilegalmente al país norteamericano. En esta ocasión, sin embargo, el ex militar no fue deportado inmediatamente, sino que permaneció detenido como testigo de cargo en el juicio a un antiguo compañero de armas por mentir acerca de la masacre en la solicitud de naturalización.

Más adelante, López trató de evitar la deportación, pero el tribunal federal de apelaciones de San Francisco denegó finalmente su solicitud, acusando al ex militar de crímenes contra la humanidad, asesinato y sustracción de menores, cargos que López niega. López ha admitido haberse llevado a un niño de cinco años de la comunidad de Las Dos Erres, pero mantiene que fue para salvarle la vida y que lo crió como a un hijo.

Por su parte, Ramiro Osorio ha declarado que no recuerda que López cometiese asesinatos, pero que sí recuerda al militar evitando que los pobladores escaparan cuando los soldados los sacaban de la iglesia para matarlos y lanzarlos al pozo.

Una nueva vida

A los 17 años de edad (18, según algunas fuentes), Ramiro decide ingresar en el ejército, una opción difícil quizá de entender en alguien cuya familia había sido masacrada por los militares. En la entrevista concedida en 2010 él mismo explica que lo hizo por dos razones: huir de su familia adoptiva y tratar de conseguir información sobre la masacre de Las Dos Erres.

En febrero de 1999, tres años después del final oficial de la guerra, Ramiro es contactado por la organización de derechos humanos Famdegua (Asociación de Familiares de Detenidos-Desaparecidos de Guatenala), dirigida por la investigadora Aura Elena Farfán. Gracias al trabajo de esta activista y de su equipo, una labor que incluye el estudio de muestras de ADN, Ramiro podrá al fin reunirse con miembros de su verdadera familia, entre ellos, sus abuelos maternos y un hermanastro, hijo también de su padre. “Fue bonito, pero también triste”, declararía al Toronto Star en 2013: “Apenas les conocía. Me sentía feliz y triste al mismo tiempo”.

Tan solo tres días después del reencuentro, y ante el riesgo para su seguridad que suponía su permanencia en el país, Ramiro abandona Guatemala en un viaje hacia una nueva vida que le llevará hasta Canadá, país donde logra obtener asilo gracias a un programa de protección de testigos y, posteriormente, la ciudadanía.

Con 38 años de edad en la actualidad, Ramiro aseguró a AP el pasado mes de agosto que estaba dispuesto a viajar a Guatemala para testificar en contra de López Alonzo. En una de sus entrevistas, Ramiro recordaba que, durante su salida del poblado en 1982, López le daba “pan y leche condensada”, pero añadía que no creía que el militar le hubiese llevado consigo para protegerlo: “Yo digo que tal vez no fue tanto eso, sino que ya estaba marcado mi destino. No tenía que morir en ese momento. Tenía que estar vivo para ser la voz de quienes no viven”.

Al cine de la mano de Spielberg

La historia de la masacre de Las Dos Erres acaba de ser llevada al cine a través del documental Finding Oscar (Encontrando a Oscar), estrenado el pasado mes de septiembre en el Festival de Telluride, en Colorado, Estados Unidos. La película, centrada en las experiencias de Ramiro Osorio Cristales y del otro superviviente,  Oscar Alfredo Ramírez (quien también fue secuestrado, y que actualmente reside, asilado, en EE UU) está dirigida por Ryan Suffern y tiene a Steven Spielberg como productor ejecutivo.

Según declaró Suffern con motivo del estreno, “era importante contar esta historia para entender el papel que jugó Estados Unidos en lo que sucedió en Guatemala… Esta historia tiene muchos matices, no solo el genocidio, sino también sobre la política exterior estadounidense”.

Durante los años ochenta, la administración del presidente estadounidense Ronald Reagan estaba informada, a través de cables diplomáticos, de las atrocidades que el Ejército estaba cometiendo en Guatemala, a pesar de lo cual Washington mantuvo lazos directos con el gobierno del entonces presidente guatemalteco, Efraín Ríos Montt, quien tan solo un mes después de la masacre de Las Dos Erres pidió al Congreso de EE UU más apoyo económico para sus fuerzas armadas.

Ramiro Osorio Cristales y Oscar Alfredo Ramírez se reencontraron en diciembre de 2015, 33 años después de haber sido raptados.


Efraín Ríos Montt, durante su juicio en Guatemala. Foto: Elena Hermosa / Trocaire (CC)

Un conflicto brutal a la sombra de la Guerra Fría

La guerra civil guatemalteca, enmarcada en el contexto de la Guerra Fría entre el bloque capitalista liderado por EE UU y el comunista liderado por la Unión Soviética, se extendió durante casi cuatro décadas, entre 1960 y 1996, y se cobró la vida de al menos 200.000 personas. De acuerdo con las conclusiones de la comisión independiente designada para la investigación de las matanzas ocurridas durante el conflicto, el ejército guatemalteco —que contaba con el respaldo de EE UU— fue responsable de la mayoría de las muertes. El periodo más letal fueron los años del gobierno de José Efraín Ríos Montt, quien lideró la dictadura guatemalteca entre los años 1982 y 1983 como presidente de facto, posición a la que llegó a través de un golpe de Estado. Considerado uno de los representantes más duros de los gobiernos militares de Centroamérica, Ríos Montt es juzgado actualmente en Guatemala por genocidio. Durante su mandato se perpetraron decenas de masacres en las regiones del occidente y el oriente del país, con miles de muertos. El ejército guatemalteco, comandos paramilitares y grupos guerrilleros perseguían indistintamente a comunidades indígenas, mientras se reprimía y acosaba a líderes sindicales, estudiantes, religiosos y civiles (principalmente, de ideología izquierdista), acusados de “subversion” y de constituir un “enemigo interno”. Entre 1981 y 1983, fuerzas contrainsurgentes promovieron campañas de represión sistemática contra la población civil, incluyendo operaciones de tierra quemada en regiones donde empresas multinacionales tenían fuertes intereses económicos.


Más información y fuentes
Finding Oscar (serie de reportajes en ProPublica sobre la masacre de Las Dos Erres, con algunos artículos en español)
Ramiro Osorio Cristales (dossier en el Canadian Centre for International Justice)
Ramiro remembers: key witness in Guatemala massacre (GlobalPost / PRI)
Massacre in Guatemala: A survivor’s story (The Toronto Star)
Witness at Dos Erres (CBC)
Caso de la Masacre de Las Dos Erres vs. Guatemala (Corte Interamericana de Derechos Humanos, pdf)
Massacre survivor: Soldier who raised him must face justice (AP)
Massacre survivor wants Guatemalan man tried for war crimes in Canada (RCI)
Guatemala: Sobreviviente de masacre la relata tras 30 años (AP / 20 Minutos)
Estrenan un documental, bajo la producción de Steven Spielberg, sobre masacre en Guatemala (AP)
Padre e hijo secuestrado se reencuentran en Nueva York 30 años después (AP)