El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, junto al primer ministro canadiense, Justin Trudeau, y el presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, este domingo.

La Unión Europea y Canadá han firmado el tratado bilateral de libre comercio —CETA por sus siglas en inglés— después de siete años de negociaciones. Se trata del mayor acuerdo comercial firmado hasta ahora por Bruselas, y supone la  eliminación de la práctica totalidad de los aranceles que gravan los intercambios entre ambas potencias y prevé efectos positivos para el crecimiento y el empleo.

La Unión Europea estima que tendrá un impacto favorable para el PIB europeo de 12.000 millones de euros anuales, mientras que los beneficios para Canadá serán proporcionalmente mayores. No hay que olvidar que Europa es su segundo socio comercial solo por detrás de Estados Unidos —Canadá es el duodécimo para la UE—, y sus empresas mejoran el acceso a un mercado de 508 millones de consumidores.

Sin embargo, el acuerdo rubricado este domingo está todavía bastante lejos de entrar en vigor. La peculiar arquitectura de la Unión Europea, que exige la aprobación del tratado por los Parlamentos de sus 28 países miembros, augura todavía un largo y tortuoso camino que puede estar plagado de espinas. Una única negativa basta para dar marcha atrás y cancelar el acuerdo. Muchas voces ya han alertado en las últimas horas desde Bruselas de que existen posibilidades reales de que el acuerdo nunca se aplique.

En el mejor de los casos, transcurrirán varios años hasta que esto ocurra. La angustia de los últimos días causada por la decisión de la región belga de Valonia de vetar su aprobación, muestra de manera expresa la dificultad de la Unión Europea para actuar como un único interlocutor. Los diferentes y a veces enfrentados intereses nacionales de los miembros de la UE, la coyuntura política doméstica y el cálculo político representan una barrera infranqueable a la hora de agilizar procesos y tomar decisiones.

El documento fue rubricado por el presidente del ejecutivo comunitario, Jean Claude-Juncker, el primer ministro canadiense Justin Trudeau, el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk y Robert Fico, primer ministro de Eslovaquia, que ostenta la presidencia de turno de la Unión. Trudeau, como si de una premonición se tratara, tuvo problemas en su vuelo desde Ottawa a Bruselas; su avión tuvo que regresar al aeropuerto de la capital canadiense por problemas técnicos.

El principal obstáculo al que se han enfrentado los negociadores del acuerdo ha sido la presión de Valonia, una de las tres regiones que conforman Bélgica. La dura posición de los belgas provocó incluso las lágrimas de frustración de la ministra de Comercio canadiense, Chrystia Freeland, cuando a la salida de las conversaciones con Valonia hace algunas semanas, dio por fracasado el acuerdo. Pese a ello, las 1.598 páginas del texto final del CETA y la declaración adjunta que lo acompaña se han mantenido sin cambios. La región valona solo cedió tras obtener garantías sobre el mercado agrícola y los tribunales de arbitraje para resolver litigios entre Estados y multinacionales.